Hace más de veinte años que compro y leo libros de la editorial Crítica. Eso, en mi caso, es más de media vida. Crítica siempre ha formado parte de mi paisaje doméstico. No hay muchas editoriales por las que sienta apego y Crítica es una de ellas. Por eso me duele su decadencia y decrepitud.

Imagen: National Geografic

Imagen: National Geografic

Gonzalo Pontón fundó Crítica en 1976. Dirigir una editorial de ensayo durante los siguientes 33 años no debió de ser cosa fácil. La editorial cambió de manos –nunca de dirección– varias veces hasta que, en 2009, el Grupo Planeta forzó la jubilación de Pontón. Así lo contaba él mismo en una carta que hizo pública José Antonio Millán:

Todas mis negativas a la jubilación que se me impone (es cierto que acabo de cumplir 65 años), así como la propuesta alternativa que he dirigido a Planeta para comprar sus acciones (es el socio mayoritario de CRÍTICA) han sido inútiles. Planeta ha tomado una determinación innegociable. Sin embargo, no me doy por vencido y seguiré tratando de recuperar mi editorial por todos los medios incluidos los legales o, alternativamente, exigiré la venta de mis acciones a Planeta (estoy obligado a ello por un contrato entre socios que firmé hace diez años), ya que sus directivos me han expresado personalmente que, aun reconociendo que CRÍTICA siempre ha obtenido beneficios, a su juicio pueden incrementarse mucho cambiando la línea editorial.

Pontón no consiguió recuperar su editorial y, además, Planeta le forzó a quedarse en dique seco durante dos años antes de emprender cualquier otro proyecto, como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Afortunadamente decidió fundar Pasado&Presente donde sigue editando libros. En el mismo artículo José Antonio Millán escribía palabras premonitorias:

Su política de sustituir a los editores por responsables de sello recuerda poderosamente lo que André Schiffrin llamó ‘La edición sin editores’. Con esas operaciones no sólo se pone en riesgo la evolución natural de una línea editorial, el futuro, sino también la preservación de un fondo creado a lo largo de décadas: el pasado. Ojalá se logre encontrar alguna fórmula que permita la preservación del sello.

Quizás porque cargarse un sello como Crítica es más difícil que hacerlo con otros más livianos o porque durante un tiempo dejaron trabajar a Carmen Esteban –la directora editorial que siguió al pie del cañón– al principio no se notó el cambio o, al menos, no lo notamos los lectores.

Poco a poco Crítica se fue desdibujando. Aparecían títulos extraños, editaban autores algo más ligeros de lo habitual, se notaba cierta deriva gráfica pero la calidad del contenido se mantenía y eso era lo importante. Durante algunos años Crítica siguió siendo fiable. Ninguno de sus libros se me había caído nunca de las manos. Ninguno. Nunca.

La ruptura de toda relación suele empezar por un incidente al que no se le da la debida importancia. Hace un par de años compré un libro titulado ‘Los itinerarios de la libertad de palabra’, escrito por Santiago Muñoz Machado, un autor de la casa al que todavía no había leído. Desconocer a un autor nunca ha sido motivo de desconfianza si la editorial que lo prescribe goza de crédito. El puñetazo en las narices fue morrocotudo. Una nota del autor, al principio del libro, ya me puso en guardia:

El texto original de este libro sirvió de base a mi discurso de ingreso en la Real Academia Española. Lo publico ahora sin correcciones sustanciales, aunque eliminando la parte introductoria que incluía las formalidades propias de la ocasión […].

Miau. Imposible saberlo antes de comprarlo, el libro estaba retractilado. Compré un ensayo y me encontré con un discurso. No es lo mismo. Ese fue el primer libro de Crítica que no terminé. El primero en más de veinte años.

Un traspiés lo tiene cualquiera y mi costumbre de comprar libros guiándome por mi instinto –raramente me ha fallado: acaso sean diez libros los que no he terminado en toda mi vida– me había jugado una mala pasada. Fueron pasando los libros de Crítica y se fue instalando la sensación que, si bien la letra era la misma, la música desafinaba. Supongo que eso lo nota todo aquél que ha leído más de cien libros del mismo sello. Yo lo notaba.

Las colecciones que más he frecuentado en Crítica han sido Serie Mayor y Drakontos y algo menos Memoria Crítica. En Drakontos empecé a ver algunas cosas raras. El paso de la tapa dura a la rústica cosida no sólo fue comprensible, incluso era cómodo aunque le restara prestancia a los libros. Los volúmenes empezaron a divergir en formato y calidades. Me supieron mal, puede que por mi formación profesional en diseño, los bandazos gráficos de la colección. Todo el mundo tiene derecho a reinventarse y que yo me hubiera acostumbrado a un diseño de cubierta y colección no implicaba que fueran los únicos ni los mejores posibles.

Cuando falla lo esencial

Ahora contaré una de aquellas experiencias que convierten en doloroso el simple acto de sentarse. El año pasado compré –por 38€– ‘La gran divergencia’, de Peter Watson (1ª Edición, 2012). La tesis del ensayo es atrevida, discutible, pero bien fundamentada. Otro libro retractilado –algo que normalmente agradezco– y otra sorpresa al abrirlo: traducción bicéfala, una firma para la primera y la segunda parte, otra para la tercera y cuarta. Mal presagio.

El libro entero está a medio cocer, como si tras la primera traducción nadie se hubiera ocupado de él. Está lleno de frases de construcción peculiar, de calcos y de un nomenclátor extraño; no estoy hablando de ‘americanismos’ –expresión que repudio, nunca he tenido ningún problema en leer ensayos procedentes de América Latina– sino de una traducción sin pulir.

En la página 26 encontré algo sorprendente. El primer párrafo empieza como sigue:

Y este es el objetivo de ‘La gran divisoria’: [en cursiva en el original] desenterrar y recrear, analizar e investigar ese desarrollo paralelo […]

¿Recuerdan el título de la obra? ‘La gran divergencia’. Encabeza todas las páginas pares con tan mala fortuna –para el editor– que ‘La gran divisoria’ está justo debajo de ‘La gran divergencia’ en la primera línea de la mencionada página 26. Vean esta imagen:

Fotografía de la página 26 de 'La Gran Divergencia', Ed. Crítica.

Fragmento de texto de la página 26 de ‘La Gran Divergencia’, Ed. Crítica.

Si el patinazo del título –que se repite varias veces durante toda la Introducción– les parece sorprendente el que ahora verán es el gazapo más salvaje –desde el punto de vista de la llamada ‘cultura general’– que he visto en mi vida. Página 384, primer párrafo:

Como correspondía a un pueblo pastor seminómada, los israelíes no tenían un santuario central y llevaban con ellos el Arca del Convenio de un santuario a otro y de un templo a otro, como los de Shechem, Gilgal, Shiloh, Bethel, Sinaí y Hebrón.

Dejemos de lado la confusión entre israelíes –ciudadanos del Estado de Israel, inexistente antes de 1948– e israelitas –pertenecientes al pueblo del antiguo Israel– que es lo que debería decir. Fijémonos en el ‘Arca del Convenio’. Sé que sospechan de qué estamos hablando. Sé que no se lo pueden creer. Efectivamente, es el Arca de la Alianza pero la han traducido directamente del inglés ‘Ark of the Covenant’.

En Internet encontrarán algunos lugares en los que se usa ‘Arca del Convenio’ pero es tan marginal que emplearlo en un ensayo es injustificable. Lo más sorprendente es que en el índice onomástico aparece ‘Arca de la Alianza’ y se refiere a las mismas páginas en las que aparece ‘Arca del Convenio’. Cuesta imaginar cómo se hace un índice onomástico correcto de un texto incorrecto.

Drakontos, o cómo dilapidar el valor de una colección

Hace pocos días me di un garbeo por una buena librería de Barcelona. Los lectores de ensayo tenemos la mala suerte de contar con una oferta digital anémica, al menos en castellano. Si fuera un lector de best-sellers podría leer (casi) sólo en digital, pero con el ensayo es imposible. Soy un lector anfibio.

Trasteando en la sección de divulgación científica me encontré con los libros de Drakontos. Me costó reconocerlos, el dragón ha desaparecido y en su lugar no hay ningún símbolo remozado, sólo la palabra ‘Drakontos’ tan pequeña que pasa desapercibida. Me llamó la atención un título de Stephen Jay Gould y lo tomé entre mis manos. La primera sorpresa fue lo endeble del volumen pese a su grosor. La segunda, ver que la encuadernación era rústica fresada, no cosida. Los libros de Anagrama tienen un papel que amarillea con solo mirarlo y la encuadernación siempre ha mostrado un comportamiento errático, pero los de Crítica en general y los de Drakontos en particular no. Comparé el diseño de cubierta de varios títulos; el diseño de la colección se estaba yendo a paseo, me cercioré más tarde en la web de la editorial. Ahora ya es casi imposible identificar un título de Drakontos sólo con ver la cubierta, un valor que esta colección había conquistado gracias a su constancia. El capital de marca –algo que Manuel Gil remarcaba hace pocos días– tirado por el retrete.

Lo peor llegó al abrir el libro –afortunadamente no estaba retractilado– y comprobar que parecía impreso en mi impresora doméstica y se le estuviera terminando la tinta negra. Pensé que sólo le ocurría a las páginas de un solo pliego –pasa en las mejores imprentas– pero no: todo el libro estaba como desvaído. Letra gris, un gris medio, desdibujado, ni siquiera gris oscuro. Tomé otro título de la colección y lo abrí. La letra era negra pero temblona, como si, una vez más, hubiera impreso el libro en mi casa pero los cabezales de la impresora estuvieran desalineados. Todo el libro estaba igual y la calidad del papel era pésima. No compré ninguno de los dos.

El precio estaba en el mismo rango que antes. Como lector de ensayo estoy acostumbrado a libros algo más caros –o mucho más caros– que los de narrativa. No me cuesta pagar 20, 25 o 35€ por un buen libro pero no me gusta que me tomen por pardillo. Quizás a los nuevos lectores puedan darles gato por liebre –lo dudo– pero es insultante ofrecer menos –o mucho menos– por el mismo precio a los lectores avezados que cuentan por décadas la lectura de sus libros.

Así no se detiene la digitalización ni se combate la autoedición

Ya sé que el Grupo Planeta se resiste a la digitalización. No es muy inteligente degradar la calidad física de los libros hasta ofrecer un producto más propio de una copistería que de una imprenta. Si encuentro el mismo título en digital ahora ya no dudaré en comprarlo –con Drakontos todavía prefería el libro en papel– pues la relación calidad/precio caerá del lado del ebook. Si el libro de papel es una porquería –porque es de eso de lo que estamos hablando– le será imposible competir con su trasunto digital. A mi me importa más bien poco, mi intención es leer en digital todo lo que pueda, pero muchos siguen leyendo en papel y les gustaría seguir haciéndolo.

La degradación en la calidad del contenido es mucho más grave. Acorta la distancia entre la edición de una editorial y la autoedición o, mejor dicho, la edición independiente a cargo del autor. Puede que el ensayo resista durante más tiempo la erosión comercial de los autores independientes –el buen ensayo sigue siendo más caro y difícil de editar– pero con el tiempo, si no se andan con ojo, incluso esa ventaja desaparecerá; un libro mal hecho es un libro mal hecho, lo edite una editorial profesional o su propio autor. Cada vez veo más ensayo independiente muy bien editado.

No sé si, como suponían los optimistas directivos de Planeta, estos cambios han incrementado mucho los beneficios. Lo dudo. Me duele la decrepitud, la decadencia, de Crítica y sus colecciones. Crecí con ellas. En parte aprendí a pensar con ellas. Eran libros que nunca defraudaban. El autor o el tema podía gustarme más o menos pero los libros eran soberbios. Fiables. Sólidos. No sé cuánto dinero habré invertido en sus libros pero tengo más de setenta y cinco –y, como ya he dicho, he leído más de cien. Me temo que no compraré muchos más.

 

FIRMA 150

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

9 Comments

  1. Otro artículo brillante y muy interesante, como siempre. He de agradecerte que desde tu página estés denunciando esta práctica, desgraciadamente cada vez más común, como es la de prescindir de calidad para ganar en beneficios. Los correctores y traductores son sólo una de las piezas que empiezan a ser desechadas. Luego está la presentación del libro o la misma elección de autores. Hace poco, en el VII Congreso Internacional de la Lengua Española, Eduardo Mendoza ha afirmado que la mayoría de libros del mercado son pura “birria” y si uno se pasea por cualquier librería esa parece ser la sensación general.
    Tal vez los lectores estamos poco acostumbrados a quejarnos cuando un libro está mal hecho (no digo ya mal escrito), incluso devolverlo o mandar una queja formal a la editorial.
    Sea como sea, este y otros muchos blogs ayudan a denunciar esta situación.
    Gracias de parte de una lectora preocupada.

  2. Gracias Bernat por tu comentario, siempre lúcidos. Absolutamente de acuerdo y además aplicable a las editoriales Paidós y Martínez Roca, también gestionadas por Planeta. Qué pena la deriva de ambas. Creo que son dos ejemplos aún más sangrantes de la deriva y del “efecto Planeta” que el caso de Crítica.
    Lo mío no es escribir y nuevamente agradezco poder leer tus entradas.

  3. La lectura del artículo ha sido entetenidísima.
    Como lector de ensayo, comparto algunas quejas específicas; como lector, las comparto todas.
    Es insultante que los editores (algunos, quizá la mayoría) hayan dejado de cuidar los contenidos, pero es absurdo que, dado que venden objetos físicos, hayan dejado de prestar atención al producto.

    ¡Una panda de iletrados!, eso es lo que son.

    Gracias.

  4. Ocurre con Crítica y con otros muchos sellos del Grupo Planeta (quizá también de otros). Se debe a un procedimiento establecido de producción para (casi) toda la casa que sigue tres premisas: poco tiempo, poquísimo dinero, y conseguir esas dos condiciones a base de eliminar fases del proceso de elaboración de un libro y de reducir la remuneración de los profesionales. Un buen corrector de estilo habría detectado y solucionado la discrepancia del título, la confusión entre israelíes e israelitas y la burrada del Arca del Convenio; pero para eso hay que hacer corrección de estilo (en muchos libros solo se hace una ortotipográfica y marchando) y encargársela a un buen profesional, es decir, pagar lo suficiente para que acepte el trabajo alguien que sepa detectar esos errores y que le compense reparar en ellos. Eso, como es obvio, no está ocurriendo (y voy a ahorrar los detalles de tarifas, condiciones, subcontratación, etc.).
    Claro que, antes de llegar al corrector, un buen traductor no habría cometido esos errores y, si al traductor se le hubieran pasado, un buen editor de mesa los hubiera detectado y solucionado.
    Muchas editoriales decidieron hace tiempo que le rinde más un euro gastado en propaganda que invertido en hacer bien los libros. Hay que devolver los libros mal hechos, como se devuelve un taburete si no encajan las patas o un pantalón con tara. Es la manera de decir que queremos productos bien acabados.
    Gracias por el artículo.

    1. Comparto tu comentario, pese a que discreparé (de una parte) del final (lo que pretendo compensar apuntándome como seguidor de tu blog, que me ha parecido lleno de interés y muy necesario, para mí, preocupado en corregir mi estilo).
      En fin, antes de que divague demasiado y pierda la esencia de mi discrepancia: lo triste del asunto es que no es un mal propio del negocio editorial; en la mayoría de los sectores se ha prestado más atención (y recursos) a la promoción que a la producción. Así nos luce el pelo.
      Mira lo que pasa en los dos ejemplos que has puesto:
      1 – nos dan las patas separadas de los asientos y somos nosotros los que tendremos que ocuparnos de hacer que encajen.
      2 – estropean, desgastan, cortan, agujerean, destiñen y hacen que estén de moda cuando se compran estropeados, desgastados, cortados, agujereados o desteñidos. No existen pantalones con tara. Son pantalones modernos.

      Gracias.

  5. Hacía tiempo que no leía tus artículos, a pesar de estar suscrita a tu blog, pero hoy me ha llamado la atención el título de tu post. Yo no soy lectora de ensayo, soy lectora de novela, pero me formé en el mundo de la edición en Editorial Crítica. Mis maestros fueron Gonzalo Pontón y Carmen Esteban y me siento orgullosa de haber formado parte de Crítica durante un año, el primero de mi carrera. Actualmente no me dedico a la edición ya que los derroteros de la vida me han llevado a otra parte, pero sigo sintiéndome editora en gran parte y sigo apreciando el gusto por las cosas bien hechas que aprendí trabajando en Crítica con Gonzalvo, Carmen, Sílvia y Mercè. Estábamos en Planeta pero era como formar parte de una pequeña isla independiente en la que las cosas se seguían haciendo según el (buen) gusto de Gonzalo y el saber hacer de su equipo. Cuando Planeta forzó la jubilación de Gonzalo me cayó la noticia como un jarro de agua fría. Y me sentí inmensamente feliz cuando me enteré de que se lanzaba a un nuevo proyecto editorial.

    Después de trabajar en Crítica estuve trabajando en Minotauro, que sufrió un proceso similar al que ahora relatas en Crítica. Me duele más lo de Crítica porque para mí también tiene unas connotaciones muy profundas. Sin embargo, no dudo que muchos lectores que crecieron con las novelas de Minotauro habrán sentido la misma decepción que relatas en tu post. Y yo no dudé ni un momento que esto acabaría ocurriéndole a Crítica.

    Lo que Planeta no tiene en cuenta es que los lectores de buen ensayo y los lectores de buena literatura fantástica no son tontos. Y si la editorial de siempre les falla, no dudarán en ir a buscar la calidad a otra parte.

    Gracias por tu blog, Bernat. Consigue mantenerme cerca de un mundo que ahora está lejos de mi panorama profesional pero del que me siento todavía parte.

  6. Antes que nada voy a comenzar confesando que nunca he leído un ensayo (bueno, nunca es exagerar… puede que haya leído alguno, pero no en los últimos diez años). Por desgracia el mercado actual está haciendo que poco a poco editoriales que antes eran el referente en calidad y contenido se estén viniendo abajo, al tener que competir en un mercado para el cual no están preparados.
    Todo sería más sencillo si se planteasen actualizarse al nuevo sistema de mercado, en el cual puedes seguir ofreciendo calidad y contenido pero debes hacerlo de otra manera. Hay veces que vale la pena tener pequeñas «perdidas» en un sello si todos los demás van bien y consiguen arrastrarlo correctamente, pero por desgracia ese no es el caso. Las grandes casas editoriales están desechando la calidad en pos de la «comercialidad». Ya no es un editor el que te atiende, es un comercial; y como tal, solo está preocupado en vender. Ojalá esto cambie. Ahora mismo nos encontramos en una época de transición de lo físico a lo digital. Sinceramente, creo que cuando todo esto se estabilice volveremos a tener editores que se preocupen más por la calidad que por las ventas puesto que estarán acostumbrados a trabajar en la era digital y podrán vender sus productos igual que se ha hecho siempre.

  7. […] pasa lo que ya conté hace unos días o lo que me encontré hace poco en un libro de la editorial Pòrtic. El sello catalán, […]

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