Stakhanov

Alekséi Stajánov, el primer estajanovista convencido. Y feliz. Imagen: Wikipedia

¿Qué hacemos con Amazon? Es disruptivo, ajeno a 500 años de libro analógico y con una vocación totalizante –que no totalitaria– que pone en peligro algunos de nuestros ecosistemas culturales. Amazon no es opcional y está aquí para quedarse; debemos integrarlo en nuestra realidad industrial, comercial y cultural, comprendiendo cómo trabaja, descubriendo sus puntos débiles para aprovecharlos –tiene muchos– y evitando en lo posible los fuertes.

Es lícito tratar a Amazon como un adversario; lo que no me parece de recibo es encumbrarlo al inalcanzable estatus de enemigo perfecto. No es todopoderoso, no es inconmensurable, no es invencible, ni siquiera ha inventado nada; no es perfecto y por eso me jode escribir un artículo en defensa de Amazon pero más me jodería callarme ante una muestra de impostura intelectual como la que comete Jorge Carrión en su artículo titulado Contra Amazon: siete razones / un manifiesto, publicado recientemente en Jot Down y que, incomprensiblemente, ha despertado tantas muestras de adhesión.

Antes de proseguir y como prevención ante los conspiranoicos habituales, aclaro: no trabajo ni he trabajado nunca para Amazon ni estoy a sueldo de Jeff Bezos; he sido cliente de Amazon pero hace ya tiempo que dejé de serlo porque es una amenaza para el estilo de vida que me gusta, un estilo de vida parecido al preferido por Jorge Carrión.

¡Ojo! Este artículo es muy largo. Si quiere ver el final de la película sin los trozos aburridos, vaya directamente a los últimos tres o cuatro párrafos. Una vez hecho el sacrificio de espacio y tiempo a los dioses del analfabetismo funcional, prosigo.

En los inicios fue el hipermercado

Empieza Carrión lamentando que la editorial Gustavo Gili haya vendido su sede alquilado su antigua sede a Amazon (gracias a Gabriel Gili, socio de la editorial Gustavo Gili, por la aclaración); yo me alegro de que gracias a ello una editorial que recuerdo con admiración de mis años estudiando diseño industrial pueda seguir existiendo. No dudo que dejar un edificio tan singular resultara doloroso para los descendientes del fundador pero les iba el negocio en ello. Jeff Bezos no entró en el edificio de la calle Rosselló de Barcelona como Pancho Villa; no lo expropió, lo alquiló. El hundimiento de la Catalonia que lamenta Carrión fue causado por una mala gestión –como la de Robafaves– que no supo aprovechar el privilegiado lugar que ocupaba. McDonald’s es un prodigio de mal gusto pero no le quitó nada a nadie, alquiló un local disponible.

Prosigue Carrión:

[…] Amazon no es una librería, sino un hipermercado. En sus almacenes los libros están colocados al lado de las tostadoras, los juguetes o los monopatines. En sus nuevas librerías físicas los libros están colocados de frente, porque solo exhiben los cinco mil más vendidos y valorados por sus clientes, muy lejos de la cantidad y del riesgo que caracterizan a las auténticas librerías. Ahora se plantea repetir la misma operación con pequeños supermercados. Para Amazon no hay diferencia entre la institución cultural y el establecimiento alimenticio y comercial.

Abusar de los sobreentendidos permite crear suficiente niebla semántica para transitar por la alegre vereda de lo inefable. La etiqueta con la que Amazon venda libros es lo de menos; los clientes de Amazon no son (tan) idiotas y entienden que su punto fuerte descansa en una colosal oferta al mejor precio y disponible en muy poco tiempo. El resto de percepciones es secundario. El subproducto es una fuente de datos que se reinvierten en mejorar la rentabilidad por cliente y con los que, como nos dice en esas condiciones del servicio aceptamos sin leer, además comercia.

Amazon es mucho más que un hipermercado pero mucho menos que una librería y denunciarlo es como quejarse de que el agua moja o el fuego quema; simple Perogrullo.

Deberíamos aprender de la organización de los almacenes en vez de caricaturizarlos. Que un libro esté al lado de una tostadora no importa; ni el libro pierde un ápice de ‘libricidad’ ni la tostadora se ‘destostifica’ pero optimiza la gestión de los pedidos. Me sorprende esta nota de pensamiento mágico en una mente privilegiada como la de Carrión. No creo que haya entendido la función de las tiendas de Amazon Books: el principal objetivo es conocer mejor al cliente en una dimensión, la física, que se les escapa; otro de sus objetivos es rentabilizar –como dice Mike Shatzkin– su sistema logístico y su capacidad de impresión bajo demanda. El riesgo no es comercial, reside en la innovación. Otra vez: el agua moja, el fuego quema. La cuestión no es si sus tiendas son o no librerías ‘de las de verdad’ sino lo que podemos aprender de ellas.

¿Qué es una ‘auténtica librería’? yo tengo mi propia respuesta y la de Carrión la encontramos en sus libros y artículos pero uno no se puede poner estupendo esperando que el Orbe añada el contexto necesario. Laie, Nollegiu, la Calders, la Trescatorce, Atticus Finch o Tipos Infames son librerías pero ¿qué hacemos con Casa del Libro, FNAC, El Corte Inglés o Vips? ¿Qué hacemos con las librerías-papelerías que poco aportan en las grandes ciudades pero que son las únicas librerías en los pueblos? ¿Qué sucede en esas zonas remotas del primer mundo, en esos municipios españoles en los que, según el Mapa de Librerías 2013 (pág. 22), más de 11 millones de personas no disponen de un triste comercio de libros? No seré yo quien les diga que vuelvan al siglo XX y renuncien a su única opción de comprar libros –y muchas otras cosas– con cierta comodidad.

Carrión ve gigantes donde sólo hay molinos:

La historia de Bezos es la de una larga expropiación simbólica. Escogió la venta de libros y no de aparatos electrónicos porque vio un nicho de mercado: no todos los títulos disponibles cabían en las librerías y él sí podía ofrecerlos todos. […] Por eso hizo un curso de la Asociación de Libreros Americanos y se apropió en un tiempo récord del prestigio que los libros habían ido acumulando durante siglos.

La realidad es todavía más prosaica: eligió los libros porque son objetos pequeños, ligeros, resistentes, de fácil manipulado y expedición económica. Aprovechó las ineficiencias de la distribución y se concentró en ellas, buscó la formación de la ALA porque de conocimiento empresarial tenia de sobra. Las mismas condiciones e ideas estaban al alcance de otros competidores, también de los distribuidores, libreros y editores de toda la vida. Lo que no suele mencionarse es que Amazon no fue la primera, sólo fue la que lo hizo mejor. La cadena de librerías Barnes & Noble ya vendía libros por la rudimentaria red de finales de los 80 del siglo pasado mediante Trintex, posteriormente conocida como Prodigy –una asociación entre Sears e IBM– y en 1999 todavía era la segunda librería on-line –tienda de libros, si lo prefieren– del mundo.

Hablar de prestigio acumulado es confundir churras con merinas; ¿a qué deben los libros su prestigio, a su contenido o a su continente? Hoy puedo encontrar en muchas librerías y bibliotecas la Epopeya de Gilgamesh; de origen sumerio, es la obra épica más antigua conocida y fue fijada sobre arcilla hace cuatro mil quinientos años usando la escritura cuneiforme. Si ha llegado a nuestros días es porque nunca se ha roto la cadena de transmisión cultural entre formatos. Empezó en arcilla y ha pasado por el papiro, el pergamino y el papel, por decenas de lenguas y diversos alfabetos. Puede encontrarse como libro digital. ¿A qué prestigio alude Carrión? ¿Sólo el papel tiene prestigio? ¿Todos los libros, incluso los peores y más abyectos, participan de dicho prestigio? ¿El libro pierde ‘libricidad’ en Amazon?

Explotadores nuevos, explotadores antiguos

La segunda ‘razón’ de Carrión se titula ‘Porque todos somos cíborgs, pero no robots’. O bien ha decidido olvidar algunas cosas fundamentales –conveniente para sus tesis– o, peor todavía, las desconoce:

El trabajo que deben realizar los empleados de Amazon es robótico. Lo ha sido desde el principio: en 1994, cuando eran cinco personas trabajando en el garaje de la casa de Jeff Bezos en Seattle, ya estaban obsesionados con la rapidez. Lo ha sido durante veinte años, llenos de historias de estrés laboral y de acoso y de trato inhumano para lograr la maldita eficiencia extrema que solo es posible si eres una máquina.

Que el ambiente de trabajo en Amazon es taylorista con siniestras notas de estajanovismo lo demostró Jean-Baptiste Malet en su libro En los dominios de Amazon. Relato de un infiltrado ¡que la propia Amazon vende! Ojo, en el mundo del libro la explotación no es nada nuevo; en la antigua Roma se producían libros en serie y, a falta de imprenta, se usaban esclavos que sabían leer y escribir. Ático, el acaudalado amigo de Cicerón, fue el ‘editor’ de varias de sus obras y producía centenares de ejemplares de cada una de ellas (lo cuenta magníficamente Alfonso Reyes en Libros y libreros en la antigüedad, Ed. Fórcola, 2011). No lo pasaban mucho mejor los amanuenses medievales: algunos apenas sabían leer pero copiaban lo que veían con gran fidelidad (A. Manguel, 1998). Quien crea que Gutenberg nos trajo una Arcadia editorial se equivoca: las imprentas fueron lugares muy duros, sucios y ruidosos hasta principios del siglo XIX; a partir de entonces lo fueron tanto o más porque, aunque buena parte del trabajo estaba mecanizado gracias al vapor y más tarde a la electricidad, muchas tareas eran manuales a una escala industrial inédita. Ya ni siquiera era imprescindible saber leer para hacer libros, los obreros eran piezas tan intercambiables como las de las imprentas. El siglo XX sólo mejoró porque los de arriba decidieron dejar de dispensar un trato inhumano a los de abajo –al ver que un obrero muerto bajaba dramáticamente su productividad ya sólo los maltrataban– y porque la tecnología permitió mejorar y aligerar, automatizándolos, muchos procesos de producción. La remuneración del autor era nula en la antigüedad, precaria el resto de la historia y hoy… bueno, hoy ya saben como andan los autores. ¿Es este el cuento de concordia, amor y paz al que alude Carrión cuando habla del prestigio del libro acumulado durante siglos?

Amazon ha eliminado el factor humano como ya hizo el resto de la industria desde que Gutenberg inventó la imprenta, la diferencia es la rapidez. La primera imprenta de topis móviles tardó cincuenta años en llegar a las ciudades europeas importantes mientras que a los nuevos procesos de transmisión de la cultura escrita les ha bastado apenas una década para llegar a cualquier rincón del planeta con conexión a Internet.

¡Qué escándalo¡ ¡He descubierto que en este local se juega!

La tercera razón de Carrión se titula ‘Porque rechazo la hipocresía’. Empieza así:

La gran vergüenza de Barcelona, ciudad de muchas y muy buenas librerías, ha sido la existencia durante veinticuatro años de la librería Europa, […] centro relevante de difusión de ideología antisemita. […] En Amazon hay a la venta multitud de ediciones de Mein Kampf, muchas de ellas con prólogos y notas la mar de cuestionables. De hecho en 2013 el Congreso Mundial Judío alertó a la empresa de las decenas de libros negacionistas de que disponen sin cortapisas. Es decir, la librería Europa es cerrada por, entre otros delitos, incitar al odio, pero Amazon no.

Sorprende –o quizás ya no– la contradicción entre esta afirmación y la alusión al prestigio del libro; ¿se supone que el libro de papel (concepto) tiene prestigio pero que ciertos libros de papel (texto) no lo tienen? La clásica reductio ad Hitlerum es propia de quien se queda sin argumentos o, como en el caso de Carrión, prefiere pasar de puntillas sobre océanos de matices. Es evidente que el Mein Kampf es un libro aborrecible pero también lo es que su contenido, bien empleado, es más una vacuna que un acicate; así lo ha considerado la institución alemana cuyo objetivo es documentar la historia del nazismo, el Institut für Zeitgeschichte, con su edición crítica Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition. No es tan evidente lo que sucede con otros libros políticamente controvertidos como El capital, de Marx; el Libro Rojo, de Mao; el Libro verde, de Gadafi; toda la obra de Milton Friedman o toda la literatura del creador de la cienciología, L. Ron Hubbard, por no hablar de otras obras fundamentales para cientos de millones de personas como el sanguinario Antiguo Testamento, el texto en el que muchos basan todavía su racismo, xenofobia y homofobia. Yo no tengo ningún problema con todos estos libros porque su bondad o maldad sólo depende de la interpretación y el uso que se haga de ellos.

Como el capitán Renault en el Rick’s Cafe de Casablanca, Carrión descubre que en este local se juega:

[…] lo cierto es que censura o privilegia los libros según le interesa. Durante su controversia con el grupo editorial Hachette de hace un par de años, la escritora Ursula K. Le Guin denunció que sus libros fueron más difíciles de encontrar en Amazon mientras duró la disputa.

¡Cielos! ¡Una empresa privada mantiene un conflicto con uno de sus grandes proveedores y decide usar su poder de recomendación para presionarlo! No diré que me guste pero es el mismo mecanismo que lleva a muchos libreros a cuidar de la obra del propio Carrión mientras que ningunean la de otros; como él sabe suelen hacerlo en función de los gustos de su público y, a veces más importante, del margen comercial que consigan. Es legítimo. Amazon no estaba extorsionando a un infeliz e indefenso editor independiente, estaba negociando con Hachette, uno de los diez grupos editoriales más grandes del mundo que, por cierto, lo notó en su cuenta de resultados. De hecho Amazon ni siquiera pierde el tiempo extorsionando a los pequeños, se limita a publicar sus condiciones; lo toman o lo dejan. Sólo negocia con los grandes.

Todos tenemos nuestras contradicciones pero algunas brillan como supernovas en una noche de verano cuando nos ponemos estupendos. Dice Carrión:

Pero detrás de todas esas operaciones individuales existe una gran estructura económica y política. Una estructura que presiona a las editoriales para obtener el máximo beneficio del producto, como hace con los fabricantes de monopatines o con los productores de pizzas congeladas. Una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia: que está moldeando nuestro futuro.

Si acudimos a los artículos que ha publicado Carrión veremos que ha colaborado con medios como El País (PRISA), La Vanguardia (Godó) o MujerHoy (Vocento) pertenecientes a grupos que forman parte de una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia y que pretenden moldear nuestro futuro.

El paleoimperio contraataca

El cuarto punto de Carrión se titula ‘Porque no quiero ser cómplice del neoimperio’ y el quinto ‘Porque no quiero que me espíen mientras leo’ de parecidos tema y desbarre. Ya hemos visto que no le ha importado trabajar con los medios del ‘paleoimperio’, veamos ahora cómo lo suyo con Amazon degenera en monomanía:

En Amazon no hay libreros. La prescripción humana fue eliminada por ineficaz. Por torpedear la rapidez, el único valor de la empresa. La prescripción está en manos de un algoritmo. El algoritmo es el colmo de la fluidez. La máquina convierte al cliente en prescriptor. «Los clientes que compraron este producto también compraron…».

Leyendo a Carrión ya no sé si la prescripción humana fue eliminada por ineficaz porque torpedeaba la rapidez y por eso se puso en manos de un algoritmo o bien ese algoritmo, cual Prometeo del Big Data, lo devolvió a los humanos, en concreto al cliente, que se convierte en prescriptor.

De hecho el principal prescriptor ha sido siempre el lector. Antes de Amazon era así, es así con Amazon y sospecho que seguirá siendo así tras Amazon.

El algoritmo es un facilitador, un simplificador y agregador de procesos. Está diseñado por seres humanos. Lo que hace el algoritmo junto con una buena gestión de bases de datos es acumular experiencia sobre las compras, consultas y gustos del cliente para devolverle una experiencia de usuario lo más personalizada posible. ¿Acaso no hacen lo mismo los libreros con sus clientes más fieles? La diferencia entre el algoritmo y el librero es de sistematización, de capacidad de gestión de datos. Si un cerebro humano está limitado por cosas como el Número de Dunbar, el límite del algoritmo es su desarrollo y la potencia de procesamiento. Algoritmo y librero persiguen el mismo objetivo: ofrecer la mejor experiencia, el mejor servicio, para que el cliente compre y repita. Vender. La diferencia cualitativa más relevante es que puedo hacerme amigo del librero pero no del algoritmo; a mucha gente eso no le importa.

Los algoritmos y bases de datos también permiten a los editores conocer mejor a sus lectores –de forma directa e indirecta– lejos de las entelequias a las que estaban obligados hasta hace cuatro días. La lástima es que pocos están trabajando en perfilar sus audiencias.

El resto del cuarto punto es una mezcolanza de medias verdades y alusiones inconcretas; no mejora el quinto, que empieza así:

Todo empezó con un dato.

En 1994 Bezos leyó que la World Wide Web crecía a un ritmo mensual de nuevos usuarios del 2300%, dejó su trabajo en Wall Street, se mudó a Seattle y decidió empezar a vender libros por internet.

Desde entonces los datos se han ido multiplicando, se han ido agrupando orgánicamente en forma de monstruo con tentáculos o de nube tormentosa o de segunda piel: nos hemos ido convirtiendo en datos. Los dejamos en las miles de operaciones cotidianas que dibujan nuestras huellas dactilares por internet. Los emiten los sensores de nuestro móvil. Estamos escribiendo constantemente nuestra autobiografía con nuestros teclados, con nuestras acciones, con nuestros pasos.

¡Cáspita! ¡Córcholis y recórcholis! ¡Jeff Bezos, pérfido entre pérfidos, inventor del Big Data! Falso, claro está. El ‘desde entonces’ del tercer párrafo se olvida de más de un siglo de proceso sistematizado de datos; ya la monarquía ptolemaica creó un sistema de indexado –los llamados pinakes– para ordenar el caos potencial en el que podría haber degenerado la Biblioteca de Alejandría pero es en el siglo XIX en el que damos, por primera vez, con los primeros sistemas de almacenamiento de datos realmente ambiciosos, desde la banca –cómo no– pero también –una vez más– desde la biblioteconomía. Este no es el lugar para un curso de historia del procesamiento de datos –ni yo soy quién para darlo– pero detengámonos en las tarjetas perforadas que Herman Hollerith usó en el censo estadounidense de 1887 o las del sistema bancario en sus primitivos ordenadores. Una cartulina con agujeritos contenía los datos básicos de los ciudadanos o los clientes y sus cuentas corrientes haciendo posible un seguimiento centralizado; con la tarjeta de crédito ya fue posible saber qué, donde y cuándo compraba cada cliente. Desde entonces hemos vivido en un aumento constante de la gestión de datos en un acuerdo tácito –contenido, una vez más, en esos pliegos de condiciones que nunca leemos– que a cambio de nuestros datos nos ofrecen cada vez más servicios.

No hay un año cero del mal encarnado en el Big Data. Jeff Bezos no inventó nada. Amazon no hace nada distinto a Google, Facebook, Twitter, Telefónica, Vodafone, El Corte Inglés, la FNAC, Planeta, Penguin Random House, los Gremios de Libreros mediante su sistema LibriRed, la Agencia Tributaria, los ayuntamientos o las redes públicas de bibliotecas que registran los préstamos de sus usuarios. Puede que lo haga mejor y haya conseguido, además, que intelectuales como Carrión les hagan la rosca convirtiéndoles –sin querer y erróneamente– en bestias negras de inenarrable poder y dimensión.

El quinto punto termina en desbarre:

[…] Por eso el Grupo Planeta —corporación multimedia que aglutina a más de cien empresas y que es el sexto grupo de comunicación del mundo— está invirtiendo en escuelas de negocios, academias e instituciones universitarias: porque quiere mantener niveles altos de alfabetización que aseguren las ventas en el futuro de las novelas que hayan ganado el premio Planeta. A ver quién gana.

El Grupo Planeta no es el sexto del mundo y nunca ha estado entre los diez primeros; a finales de 2015 andaba en el puesto 83. Puede que Carrión se refiera al ranking de grupos editoriales mundiales en el que hace tiempo sí fue el sexto; hace un lustro que esto ya no es así: en 2016 era el décimo grupo editorial mundial, subiendo un puesto desde 2015, aunque la tendencia acumulada de los últimos diez años es descendente. Si un error en un dato como este tiene una importancia relativa, sorprende mucho más su peregrina idea acerca de la estrategia de digitalización de los contenidos de formación del Grupo Planeta.

Dice Carrión que Planeta quiere mantener niveles altos de alfabetización para asegurar las ventas de sus futuros premios. En Planeta se habrán partido de risa. La inversión de Planeta en el entorno de la formación formal e informal no tiene nada que ver con el premio y su implicación en los entornos académicos es cada vez más digital. El grupo con sede en Barcelona ha hecho mal muchas cosas en el terreno de la literatura y el ensayo comerciales, no así en sus sellos y empresas dedicados a los negocios y la formación: entendieron, algo más tarde que otros –pero hace tiempo– que el futuro pasaba por el desarrollo de plataformas de contenidos que permitieran, entre otras muchas cosas, que cada alumno, profesor y escuela se hiciera un traje a medida.

Haced lo que yo os diga, no lo que yo haga

Los puntos sexto y séptimo demuestran que Jorge Carrión es un urbanita a medio camino entre los apocalípticos y los integrados que echa de menos un tiempo analógico al que, sin embargo, no está dispuesto a retroceder; algo así como ‘haced lo que yo os diga, no lo que yo haga’. Dice que ‘ha llegado nuestro momento’ y bajo el título ‘Porque defiendo la lentitud acelerada, la relativa proximidad’ prosigue:

Amazon se apropió de nuestros libros. Nosotros nos apropiaremos de la lógica Amazon. Primero, convenciendo al resto de lectores de la necesidad del tiempo dilatado. El deseo no puede ser inmediatamente colmado, porque entonces deja de ser deseo, se vuelve nada. El deseo debe durar. Hay que ir a la librería; buscar el libro; encontrarlo; hojearlo; decidir si el deseo tenía razón de ser; tal vez abandonar ese libro y desear el deseo de otro; hasta encontrarlo; o no; no estaba; lo encargo; llegará en veinticuatro horas; o en setenta y dos; podré echarle un vistazo; lo compraré finalmente; tal vez lo lea, tal vez no; tal vez deje que el deseo se congele durante días, semanas, meses o años; ahí estará, en el lugar que le corresponde en la estantería correspondiente; y siempre recordaré en qué librería lo compré y cuándo.

Sí, yo también he pensado en Agustín de Hipona y en el taoísmo. Intelectualmente estoy de acuerdo pero la vida a veces es otra cosa y nos recomienda el carpe diem de Horacio, la capacidad de gozar del aquí y el ahora, como hago una vez al año en la orgiástica bibliomanía a la que me entrego en la Feria del Libro de Madrid ¡que bendición y qué prodigio tener a un montón de buenos editores perfectamente ordenados y entregarse a la compra concupiscente de libros que quizás –sólo quizás– nunca tenga tiempo de leer!

Lo del deseo congelado queda fetén en un poemario con pupila azul incluida pero dudo que conmueva a alguien que vive en un pueblo junto a algunos cientos o pocos miles de vecinos. Díganle que se lo tome todo con lentitud acelerada y relativa proximidad y puede que les responda, como me contaba un librero de un pueblo de cuatro mil habitantes, que hay quien debe desplazarse doce kilómetros para comprar una simple goma de borrar. Si no queremos que la España vacía se quede todavía más vacía y sea todavía más grande de lo que Sergio del Molino nos contó en su magnífico libro más nos vale fomentar ciertos servicios. En cualquiera de las ciudades españolas de más de cien mil habitantes se vive con una abundancia de la que uno sólo es consciente cuando se aleja varias semanas.

A medida que avanza el sexto punto Carrión pierde contacto con la realidad y, lo que es peor, con lo que ha dicho anteriormente:

O, mejor aún, olvidemos las categorías nacionales como olvidamos los géneros aristotélicos. No existen ya las unidades de tiempo ni las de espacio. En el siglo XXI no tienen sentido las fronteras. Ordenemos los anaqueles temáticamente, mezclemos en ellos los libros con los cómics, los DVD con los CD, los juegos con los mapas. Apropiémonos de la mezcla de los almacenes de Amazon, pero creando sentidos. Itinerarios de lectura y de viaje. Porque, aunque dependamos de las pantallas, no somos robots. Y necesitamos las librerías de cada día para que sigan generando las cartografías de todas esas lejanías que nos permiten ubicarnos en el mundo.

¿No habíamos quedado que Amazon mezclaba alegremente los libros con los juguetes y eso era un síntoma de su maldad? Pues resulta que debemos hacer lo mismo aunque sin un sistema parecido al de Amazon –¡rayos y truenos! ¡el algoritmo, la gestión de bases de datos, el almacén informatizado!– será una suicida pesadilla logística y comercial.

El séptimo punto es de traca; Carrión nos regala un espectáculo de luz y color en el que abraza al diablo, nos dice que no pasa nada, que tiene unos principios pero, que cuando le conviene, puede tener otros:

No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también. […]. Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más.

Jorge Carrión es un antisistema de salón; hace el mínimo esfuerzo para sacar a pasear su romanticismo mientras se permite el lujo –sobre todo moral– de señalar el mal que anida en un Lado Oscuro en el que retoza cuando le conviene.

¿Se puede competir con y contra Amazon? Sí, se puede. En su terreno lo están consiguiendo las alemanas Tolino y Thalia; Google y Apple, dos gigantes de similar vocación totalizante pero de estilos muy distintos la siguen de cerca. Rakuten y Alibaba, dos gigantes del comercio electrónico, se lo ponen difícil en Asia. En el entorno del libro digital Kobo –propieda de Rakuten– le disputa algunos mercados importantes, creciendo poco a poco, recortando distancias.

Esto en lo digital.

En lo más cercano, en las librerías de toda la vida, es donde Amazon lo tiene más difícil porque su modelo de negocio está basado en enormes factores de escala y se pierde en lo pequeño, incluso en lo mediano. Por eso florecen nuevas librerías en muchos países del mundo en los que hace sólo seis o siete años parecía imposible cualquier recuperación. Nuevas librerías muy distintas de sus predecesores, más pequeñas, con menos libros, menos personal, menos facturación pero con un potencial de creación de público mediante la cultura y la gestión de medios sociales que permiten abrigar esperanzas. Compiten ofreciendo lo que Amazon no puede ofrecer.

FIRMA 150

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

10 Comments

  1. Hay un tema del que no habláis ninguno de los dos artículos y es la nube de Amazon, los cloud services de AWS. Resulta que, resumiendo mucho, Amazon necesitaba unos servidores enormes y potentes para no perder un céntimo de ventas en Navidad y fechas señaladas y montó una infraestructura enorme. Como el resto del año le sobra decidió alquilarla y hacerlo en forma de nube con una serie de herramientas que no paran de mejorar. Así que a día de hoy esos servidores se acercan a la mitad del beneficio de Amazon http://uk.businessinsider.com/amazon-web-services-profit-vs-total-amazon-profit-2016-5

    1. Así es. Como dices, es una parte muy importante de su volumen de negocio y cuenta con grandes clientes como el Gobierno de los EEUU, el Pentágono, entre otros. Mueven enormes volúmenes de datos y es fruto, como también comentas, de sacar partido a la escala que han alcanzado. Comentar cada una de las áreas de negocio de Amazon daría para un libro entero, como mínimo.

      Muchas gracias por pasarte por aquí y por tu participación!

  2. Leído el post de Jorge Carrión me queda una duda ¿lo ha escrito desde la ignorancia más absoluta o forma parte de este estilo de algunas personas muy vinculadas al mundo de la cultura que creen que lo suyo es lo más importante del mundo y que eso les hace superiores? (perdón por lo larga de la pregunta). Si no te importa yo también quiero comentar punto por punto lo que dice este señor.
    Empezaré por decir que entiendo perfectamente la pataleta de un escritor hoy, como puedo entenderla de un músico hace 10 años, de un cineasta o dueño de una sala hace 5 y de un periodista … y mañana la entenderé de un productor de televisión o de radio. Y también que respeto, y hasta alabo, su decisión de no comprar ni usar más Amazon. Pero en la mayoría de argumentos demuestra desconocimiento del medio y más rabia o enfado que otra cosa.

    1/ Amazon es un supermercado. Un libro no merece estar al lado de una paella. ¿Le molesta/molestaba cuando se venden en El Corte Inglés? ¿No habíamos quedado que lo importante es que la gente compre, y lea, libros, no dónde compre? Y es obvio que todos los negocios empiezan por algo… Bezos lo hizo muy bien y escogió un nicho poco competido y que él creyó que era fácil que cayera en las garras de la digitalización. No se equivocó. Habría que hacerle un monumento por ello. El error, como en el de la música, fue de todos los players del sector que no lo vieron en su día. Ahora no cabe lamentarse. No se apropió de nada, lo hizo mejor que el resto.

    2/ Todo está robotizado, no hay gente trabajando. Bueno, esta ni la comento de lo “tonta” que es. Todas las editoriales de papel, si es que eso existe, emplean personas para subir los libros a las estanterías del almacén, ¿no? Pero bueno, ni se puede criticar. Es un tanto pueril o naïf.

    3/ Amazon admite libros perniciosos, prohibidos y tal.. Sí, en ésta estoy de acuerdo pero el problema está, antes, en Google. O en Facebook. O en Twitter. De hecho en Internet como un todo porque lo que vemos todos los días no es ni el 10% de toda la información alojada en Internet. ¿Alguna idea de cómo perseguir todo el contenido potencialmente malo sin caer en la censura previa? Para mi es un mal menor o un daño colateral. Contra eso, educación.

    4/ Los libros los recomienda un algoritmo. Y ¿quien hace el algoritmo? ¡Un humano! Es una persona que escribe código… si él quiere, el comportamiento del código cambia. Pero no se equivoca. Lo único que hace es que lo crea de tal manera que el algoritmo va aprendiendo con lo que hacen otros usuarios. Y no lo hace mal porque el crosselling en Amazon, si mal no recuerdo, está en un 25% de las ventas. Así que los compradores están contentos y eso es lo más importante, que la gente esté satisfecha cuando compra. A ver si va a resultar que los lectores están hechos de una pasta diferentes del resto de humanos y les gusta que les traten a patadas mientras la lectura sea interesante. Sería la monda, vamos.
    Hay que mandar a este hombre a un curso donde le expliquen eso del Customer Centric y que la gente busca que otras personas le recomienden, que ya están hartos de que sean las marcas las que deciden que compremos y que cada día se fían menos de la publicidad (y el librero es un poquito de publicidad, en el fondo).

    Y Amzaon es un monopolio igual que lo es Facebook, Google, Microsoft y tantas otras. La culpa es nuestra por usar sólo esos sistemas/herramientas. Me temo que si se pone exquisito no va a poder ir a ningún sitio.

    5/ Planeta invierte en educación para formar a futuros lectores de premios Planeta. He estado 17 años en Planeta, 10 de ellos en cargos directivos. Espero que esto sea suficiente tarjeta de visita para mi comentario sobre esa afirmación: jajajajajajajaja, en Planeta no se llega a ese nivel de sinergia. Además de que la división de formación está en el perímetro societario donde DeAgostini tiene el 50%. Hay que documentarse antes de escribir según que cosas.

    6/ Hay que comprarse libros en la librería porque te aconsejan, los tocas, ves otros, el ambiente del sitio, el … Vale, eso es muy personal pero en un mundo tan acelerado como este me parece a mi que la mayoría de gente quiere ir al grano y si puede comprar rápido, mejor. Pero en fin, es muy respetable y estoy seguro que ahí hay un hueco para muchas librerías que sepan encontrar al cliente que valora eso que dice este señor.

    7/ Porque quieres ser, como Asterix, un resistente. Vale, también le respeto eso. Pero lo que es de traca es que a renglón seguido diga que usas Google y Facebook. Eso ya mata toda la argumentación. Si quiere resistir que resista del todo o que diga esto al principio del post porque lo que ha hecho es trampa. Si alguien lee esto al principio seguro que no sigue leyendo.

    Ah! Y los comentarios también son de lo más. Menudas risas que me he echado con algunos comentaristas. Y uno que sólo iba soltando frases como las del de CSI Miami, como sentencias de esas muy ingeniosas, el clásico gracioso de la clase, vamos.

    Acabar con todos estas malas, malísimas, demoniacas y dominantes empresas sólo hace falta una cosa: no consumir sus productos.

    Nota al autor: M’ha quedat un comentari tant llarg i m’agrada tant, que amb el teu permís me’l enduré al meu blog com a post 😉

  3. Hola Bernat,
    Soc Gabriel Gili, soci i gerent de l’ Editorial Gustavo Gili. Només volia precisar que l’ edifici ha estat llogat i no venut a Amazon. I felicitarte pel blog que segueixo amb atenció des de Verba Volant.

    1. Gràcies Gabriel, ho rectifico!

      Salutacions!

    2. Pues otro error más del bueno de Jorge Carrión.

  4. Manel Domínguez Navarro 12 abril, 2017 at 11:30

    Es raro que Carrión, en su onanismo apocalíptico, no haya dicho que Amazon es como el bombero libricida de “Fahrebheit 451”, Yo no defiendo ni ataco a Amazon porque creo identificar sus defectos y sus virtudes; sólo diré que, buscando un libro de Aldous Huxley por el nombre del autor, para ver qué me ofrecían de él, quedé boquiabierto por las decenas y decenas de ediciones de precios muy diversos y en distintos idiomas que estaban a la venta, reseñando incluso las no disponibles pero que a veces pueden ser una fuente más de información. Sólo por eso vale la pena. Por eso y por poder tenerlo en 24 horas y sin salir de casa, lujo que no puedo permitirme por una lesión en la espalda. Nada de deseos de deseos ni proximidades dilatadas: lo quiero ahora, porque es ahora cuando lo deseo. Y, por cierto, en mis estanterías se mezclan los libros con los CDs, con los DVDs y con las viejas revistas de Franco Maria Ricci. Y sigo alive and kicking. Bernat, gracias por tu razonada y constructiva deconstrucción.

  5. […] y mi cabeza al mismo tiempo iba yendo de Carrión a Bernat y de Bernat a Carrión a cuenta de sus idas y venidas con Amazon. No voy a entrar en ello. Tengo en cualquier […]

  6. […] Amazon y las siete imposturas de Jorge Carrión  […]

  7. […] otro día leía un post en el blog de Bernat Ruiz en respuesta a un artículo que el escritor Jorge Carrión había escrito en JotDown donde […]

Comments are closed.