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Desde que tengo uso de razón oigo decir que ‘la cultura’ –rellénese el concepto con lo que usted prefiera o quiera entender– está cada vez peor, que las Administraciones Públicas no apuestan por ella, que nunca hay suficiente dinero. Desde que tengo uso de razón asisto a incansables ‘dónde iremos a parar’ y a no menos frecuentes ‘el ciudadano medio es un inculto’. Tienen razón. Y por eso se equivocan al pedir más y más recursos.

La cultura decimonónica, la basada en cánones –sí, existen, no los he inventado yo– y administrada de forma vertical está cada vez peor. Ese excéntrico invento de Internet y su heraldo del despiporre, la Web 2.0, están acabando con el Antiguo Régimen Cultural. ¿Era necesario tal cambio? Posiblemente no. La situación anterior no estaba nada mal. Uno tenía la sensación que el mundo cultural era comprensible porque alguien –críticos, académicos, escritores, periodistas– lo ordenaba. Era cómodo. Lo digo en serio: con el canon vivíamos mejor; más dirigidos, pero más tranquilos. Culturalmente menores de edad –como nos quieren muchos todavía– pero satisfechos.

Vivir sin canon cansa. Uno tiene que hacerse mayor y rebuscar entre los contenedores de Internet; nos convertimos en cazadores–recolectores de la 2.0. Perder el canon –perder la inocencia, ser expulsados del Edén Cultural– es entrar en un mundo complejo, lleno de dudas y dolor espiritual. Es el precio de la libertad, no lo duden. El precio de saber que deberemos equivocarnos (mucho) más, que accederemos a la cultura con aflicción porque ya (casi) nadie dotado de aura nos dirá que obramos bien o mal. A cambio y sólo para el que se atreva quedará la satisfacción de ser dueño de sus actos culturales. Un poco, al menos. Un poco más que en el Antiguo Régimen Cultural, me refiero.

La cultura no está cada vez peor. Si por cultura entendemos equipamientos, inversión y oferta, la cultura está mucho mejor que en la década en la que tomé uso de razón. A veces es necesario recordar que a principios de los ochenta del pasado siglo carecíamos de una red de bibliotecas digna de tal nombre, que los pocos museos públicos que teníamos caían literalmente de viejos, que la actividad cultural vivía mucho más del ahínco popular que del apoyo institucional, que todavía no habíamos alcanzado la plena alfabetización, que faltaban centenares de escuelas por construir y la oferta teatral y cinematográfica (salvo honrosas excepciones) daba más grima que risa. Este país olía a calcetín sudado y era de un cutrerío post-franquista tan vergonzoso que muchos prefieren olvidarlo. Por encima de esta balsa de aceite usado flotaban cuatro exquisitos que podían viajar y leer y hablar en otros idiomas pero en la profunda, espesa y oscura anoxia, vivía la mayoría.

Las películas de Marisol, Verano Azul, el sórdido Paralelo barcelonés, Paco Martínez Soria y Corín Tellado no eran alienígenas llegados del espacio exterior, fueron el fruto natural de un país con un pasado cultural como el nuestro. Alguien imaginó que con una Transición, un Flotats, un Almodóvar y tres o cuatro mausoleos nacionales de las Artes –así, en mayúsculas– nos convertiríamos en suecos, suizos, alemanes o, al menos, en franceses. Y no, claro.

Pese a todo hoy disfrutamos de una envidiable red de bibliotecas públicas, de una oferta teatral apabullante y para todos los gustos, de una producción editorial gigantesca, del doble de librerías por habitante que Suecia, de una cantidad heroica de revistas culturales y de más canales de televisión de los que mi abuela fue nunca capaz de soñar. Y todo esto es objetivamente cierto.

Está pensando usted en la calidad. Yo también. Recuerde que los actuales consumidores de cultura –sí, usted también– son hijos y nietos de los consumidores de cultura del franquismo, muchos de los cuales todavía viven. Estos últimos 30 años el aumento de la oferta cultural ha sido mayor que la de los 300 años anteriores. En cantidad y en calidad. En términos absolutos.

¿Qué ha sucedido? Pues que no basta con poner la cultura a disposición del vulgo. La gente que hoy es inculta lo es porque quiere, porque socialmente está poco penalizado, porque hace tiempo que las habilidades se llevaron por delante el talento: cualquiera puede ser hábil pero para ser talentoso hay que ser culto. Hoy, en la escuela, la universidad y la empresa priman las habilidades y competencias, eso que los angloparlantes –de allí– y los incultos con máster –de aquí– llaman ‘skills’. A diferencia del talento, éstas se pueden medir fácilmente.

Las habilidades son al talento lo que el entretenimiento es a la cultura. Vivimos rodeados de seres que prescinden, ignoran y desprecian toda cualidad que no puedan contar fácilmente; lo peligroso es que han convencido a miríadas de padres de que sus hijos –y ellos mismos– para entrar en eso llamado ‘mercado de trabajo’ deben despreciar la cultura. Ignoran –como otras tantas cosas– que prescindir de la cultura es prescindir del talento y sin ese equipaje convierten a sus hijos en meros súbditos.

El nuestro es un mundo lleno de hábiles, competentes e incultos individuos. Ser ciudadano es, o debería ser, otra cosa. La frontera entre la cultura y la incultura no es el volumen de conocimiento sino la curiosidad, el interés, la voluntad de saber. Luego cada cual, a su manera y según sus medios, hará lo que pueda. Nadie está obligado a más.

Suecos, suizos, alemanes e incluso franceses son más cultos porque hace mucho más tiempo que están mejor educados. Nos llevan mucha ventaja en eso; teniendo en cuenta el deprimente punto de partida nosotros hemos hecho muy bien los deberes las últimas tres décadas pero hay cosas que no se arreglan sólo con dinero. Ciertas cosas necesitan tiempo y educación, necesitan, en suma, vivir mucho tiempo en un país ‘normal’ –rellene ese concepto con lo que se le ocurra– y el nuestro no lo ha sido los últimos tres siglos.

Dudo que más recursos públicos dedicados a la cultura contribuyan a crear ciudadanos más cultos; cualquier mejora será sólo incremental y en los márgenes de un sistema ya bastante saturado. El problema lo tenemos en educación y baste un dato: para entrar en magisterio basta aprobar el examen de selectividad con una nota discretita y suspender lengua. Ningún sistema educativo puede ser mejor que el peor de sus maestros.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

6 Comments

  1. “El problema lo tenemos en educación y baste un dato: para entrar en magisterio basta aprobar el examen de selectividad por los pelos y suspender lengua. Ningún sistema educativo puede ser mejor que el peor de sus maestros”.
    Pues, sí, probablemente ese es uno de los puntos débiles de la formación, que los formadores no sean excelentes, y para que lo sean hay que prestigiar esa profesión, retribuirla adecuadamente, pero también ser mucho más exigentes con la calidad de esos profesionales de la formación.
    Las buenas escuelas de negocios lo tienen muy claro y hay varias españolas entre las mejores del mundo. Nuestro éxito sería poder ampliar ese modelo actualmente elitista y de negocios al mundo cultural.
    No obstante, la formación no se recibe sólo en la escuela. La familia es básica y por ahí es más difícil actuar, porque padres poco formados (al menos en el espíritu de formar culturalmente) difícilmente lo inculcarán a sus hijos. Los medios de comunicación masiva podrían ayudar, pero sólo buscan la rentabilidad a corto plazo que conllevan los programas basura.

  2. Excelente, enhorabuena!

  3. Millones de aplausos, Bernat.

  4. Da gusto leer estas reflexiones, coincido en que habría que dejar de dar ayudas y ese dinero que no se gastase en eso en parte dedicarlo a Enseñanza y a reducir impuestos e IVA a la cultura que ella solita sabrá abrirse camino.

  5. Tremendo. Basta con ver a qué tipo de memeces que no contribuyen en nada a la mejora del ser humano ni a la evolución de nuestra comprensión del mundo se les llama “clásicos” para advertir hasta qué punto estamos confundiendo el tocino con la velocidad y, lo que quizá sea incluso peor, regodeándonos en ello. Es probable que el aumento de la oferta la haya hecho inmanejable, incomprensible, alienante e inútil.
    Lo dicho: tremendo, gracias.

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