DOMINÓ– Foto: rodaje de Dominó, la película

 

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”

Don Tancredo en El Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

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Los días 30 y 31 de octubre tuvo lugar el II Congreso del Libro Electrónico en Barbastro, un encuentro cada vez más necesario que ya empieza a consolidarse. Más de cuarenta ponentes trataron algunos de los aspectos más importantes del libro digital. Al congreso le queda mucho por mejorar pero, con sólo dos ediciones, goza de una salud intelectual envidiable en comparación con otros tinglados treintañeros.

No tengo intención de resumir lo sucedido en dos días de congreso –les recomiendo el resumen de Darío Pescador– pero sí de glosar la sensación que me dejó la primera charla titulada “El papel de los editores en el nuevo ecosistema digital”. Moderada por Claudio López de Lamadrid (director editorial de Penguin Random House) y con la presencia de Luís Magrinyà (director de la colección de clásicos de Alba Editorial) y Paula Canal (editora y responsable del desarrollo digital de Anagrama) fue el marco adecuado a todo lo que sucedió posteriormente.

A los presentes en el salón de actos del congreso les sorprenderá que tilde la decepcionante partida de dominó con los amigotes del bar como de marco adecuado; decepcionó ver tanta oscuridad argumental. A Paula Canal parecía no importarle mucho lo digital –así es como se toma estas cosas Jorge Herralde– mientras que Luís Magrinyà pergeñaba un disperso discurso en defensa de lo de siempre que empezó criticando la palabra ecosistema porque le recordaba al Serengueti. Claudio López empezó hablando de metadatos –a estas alturas es como hablar de la viscosidad de la tinta– y no quiso ensuciarse las manos con la realidad despachando sendas preguntas del público con un lacónico “esto lo llevan en otro departamento de Penguin Random House” muy alejado de la estructura de la gran mayoría de editoriales de nuestro país.

Supongo que Fernando García Mongay no esperaba tan decepcionante resultado aunque, a decir verdad, el coloquio funcionó en un sentido todavía más inesperado: demostró que los más rezagados en la digitalización del libro son los editores y que todos los demás –incluso los libreros– tienen alguna idea de qué hacer en el futuro próximo. Desde ese prisma vi y entendí el resto de un congreso que fue de menos a más y terminó con un inspirador cierre de José Antonio Millán.

El incomprendido Don Tancredo

Cuando alguien del público reprochó a Claudio López, Paula Canal y Luís Magrinyà su negligente actitud ellos alegaron que les habían convocado como editores de papel. Fuimos muchos los que releímos el título de la charla por si nos habíamos equivocado; no era el caso, obviamente. Me sorprendió la alusión a los editores de papel, como si lo importante en la edición no fuera el contenido, sino el soporte. Bonita empanada mental la de aquellos que creen que lo importante está fuera del contenido y de su destinatario, el lector.

¿Son representativos estos tres editores? Sí y no. Lo son porque responden al arquetipo de editor asustadizo y paralizado por lo nuevo. No lo son porque cada vez más profesionales se atreven a experimentar; lo ilustraremos con un dato: esa misma tarde Blanca Rosa Roca sorprendió a todos cuando dijo que en 2013 el 16% de su facturación fue digital y que este año va camino del 28% ¿magia negra? ¿vudú? ¿venta de almas? No, mucho más sencillo: en Roca Editorial hace mucho tiempo que se lo creyeron, empezaron a experimentar y han picado mucha piedra. A la vista están los resultados.

“Si queremos que todo siga igual, necesitamos que todo cambie”, aseguraba Don Tancredo a su tío Fabrizio. Si Roca Editorial ha avanzado tanto en facturación digital es porque han cambiado muchas cosas para que lo esencial –el valor añadido que el editor aporta a un buen libro– cambie lo menos posible.

Claudio López, Luís Magrinyà y Paula Canal parecen entenderlo al revés, parecen pedir que el mundo no cambie y que un entorno en constante evolución les permita vivir en su excepción cultural afrancesada y particular, en un museo de cera de artes y oficios. La suya es la actitud corriente de indignación ante Internet, los fabricantes de dispositivos, la enorme oferta de contenidos y la piratería, ese santo y seña, esa excusa para tanta inacción. Nada me gustaría más que vivir en un mundo en el que el libro no tuviera que cambiar –uno de mis mayores placeres es la lectura profunda de un buen libro– pero cualquier postura intelectual que consista en el encastillamiento es tan estéril como estúpida.

Si de veras creemos en el papel del editor y de la editorial en el actual ecosistema del libro, si estamos seguros que esta vieja figura tiene futuro, deberemos cambiar todo lo accesorio. Hay que reforzar el eje editor-contenido-lector cambiando lo adecuado y equivocándonos lo menos posible. No importa el soporte, ni los criterios tipográficos deudores de la tinta y el papel, ni las lógicas comerciales analógicas, ni los autores y agentes que se resistan a la digitalización, ni la piratería: importa que buenos editores sepan ofrecer buenos contenidos a sus clientes. Eso implica un montón de cambios de los que hablaremos otro día.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

One Comment

  1. […] Mi último artículo suscitó un animado intercambio de pareceres con uno de los aludidos, Luis Magrinyà. De lo comentado con él me quedo con dos cosas: Magrinyà tuvo la sensación que el congreso se pareció demasiado a una convención de ventas –y me animó a hablar de ello– y está convencido que yo escribo mis artículos por darme aires, para promocionarme. Le prometí hablar de lo primero. De lo segundo hablaré porque me apetece. […]

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