Imagen: Nature Wallpaper

¿Cómo ves el futuro del libro? Si hacemos esta pregunta a personas relacionadas con el sector editorial, la mayor parte de respuestas se centrarán en el libro como objeto. Sólo en muy contadas ocasiones dicha respuesta aludirá al libro como proceso o, si se quiere, como industria. ¿Sufrimos un déficit de perspectiva?

Quinientos años del libro-objeto no se soslayan fácilmente. Cuando una industria se basa en la producción en serie y la venta de objetos, todo gira alrededor de éstos. Pero cuando se separa el soporte del contenido, dicha industria se enfrenta a un cambio fundamental en su proceso; es ahí donde debe concentrar sus energías. Creo que no lo estamos haciendo.

La edición se está convirtiendo en una industria de servicios, no de objetos; a su vez, aquellos a quien prestamos –prestaremos- dichos servicios se multiplican: lectores, sí, pero también escritores, entre muchos otros. En un servicio tan importante es su proceso como su resultado final, pues un servicio se experimenta, mientras que un objeto se usa; de ahí que hablemos tanto de la experiencia de uso del libro digital. Es cierto que un producto tangible también ofrece experiencia de usuario, pero está relacionada con el objeto, no es el objeto. La diferencia parece sutil, pero es fundamental y es, creo yo, lo que hace tan difícil que veamos al libro como proceso y como servicio.

Cuando el libro era de papel –hablo en pasado porque la cesura temporal me parece conceptualmente importante- dicho volumen era el final de un proceso. Hoy, eso no es exactamente así: es cierto que el libro digital está al final de una serie de procesos por los cuales un contenido se ofrece a su público; pero la hipertextualidad convierte el libro digital en una continuación. Obviamente, nosotros decidimos la hipertextualización de un libro; con el tiempo, no hacerlo nos llevará a considerar que un libro está inconcluso. No se trata de la hipertextualidad de la cita erudita, la alusión a las fuentes o la marginalia compartida con desconocidos; es algo más, se trata de una expansión de conocimiento que trasciende el libro; hoy podemos saltar de libro en libro, del contenido textual a otro tipo de contenido y viceversa y en tiempo real. Hoy, los libros son un solo libro, un metalibro, un hiperlibro. Es inasible, se experimenta y es, por ello, un servicio. Lo cual nos llevaría a plantearnos si un libro digital se compra, se alquila, se licencia, se accede a él…

Inmersos en el cambio nos falta perspectiva. Es inevitable. Hoy tenemos una idea nítida de Gutemberg y su época, pero no faltó polémica, dudas ni dificultades, incluyendo la ruina económica del pionero alemán. Pero algo sí deberíamos aprender: la clave del éxito del libro impreso estuvo en el cambio del proceso. Hoy intentamos digitalizar el proceso de edición en un simple remedo tecnológico del papel, cuando lo primero que deberíamos hacer es digitalizar nuestro punto de vista acerca del libro.

El libro digital, como servicio, debe ser sostenible. Parece una boutade, pero es que hay mucho buenismo tecnológico que no tiene en cuenta que la gratuidad en Internet ha llegado para quedarse. Lo que quiero decir es que la industria debe enfrentarse a cuestiones importantes:

  • Afrontar cambios estructurales para sobrevivir con márgenes y PVP menguados; cuando tus competidores tienen mil rostros y ofrecen sus contenidos gratuitamente, debes hacerte pequeño y ágil. Esto también sirve para los grandes grupos, cuyas enormes estructuras no serán económicamente viables.
  • Renunciar selectivamente a una parte de los contenidos; dejarlos al procomún para que éste los gestione, concentrándose en los contenidos donde pueda ofrecer más valor y sean, a su vez, más rentables. Nadie puede superar ya a un entusiasta talentoso; dejémosle a él una parte del pastel, especialmente en lo relacionado con las obras huérfanas, descatalogadas o simplemente marginales y superadas por el paso del tiempo.
  • Poner al cliente en el centro, ofreciéndole una experiencia de lectura total, no un simple contenido que le transferimos y del que luego nos olvidamos. Eso implica un trato muy distinto con los autores; eso puede implicar el abandono de aquellos autores que no se adapten. En la era de la abundancia de contenidos, atarse a un autor es un suicidio; debemos dar la oportunidad a aquél autor que entienda que un libro ya no es un mensaje en una botella, sino una conversación.

La forma del libro importa mucho menos. Tampoco tiene mucha importancia si el libro de papel convivirá mucho tiempo con el libro digital; si uno tiene un mínimo sentido histórico, el sólo hecho de formular la pregunta es ya una respuesta: no preguntes por quién doblan las campanas. Con una cadena de valor del libro de papel carcomida por su catastrófica ineficiencia y herida por la crisis económica, la cadena de valor digital no será una amenaza para la industria, sino la oportunidad que esta necesita si no quiere ser sustituida por los recién llegados.

En las cocinas de las editoriales cada vez son más conscientes del problema; eso no significa que el Maître y el propietario del restaurante se den por aludidos, pues mal que bien van vendiendo libros y porque muchos de ellos siguen respondiendo a la pregunta centrándose en el objeto, no en el proceso. Ignoramos cómo será el libro dentro de cinco, diez o veinte años –aunque algunos podamos tener arriesgadas ideas- pero de lo que deberíamos estar seguros a estas alturas de la historia, es que la pregunta se refiere al proceso, no al libro. Tanto pensar en el libro no nos permite ver la industria.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

One Comment

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