– Imagen: El rincón de Porto Calem

Uno de los mayores negocios editoriales es el de los libros de texto. Sus editoriales cuentan con que cada año nuevos alumnos se añadirán al itinerario curricular. Pocos negocios parecen más seguros, pompas fúnebres aparte.

El libro de texto es un artefacto cultural que debe su razón de ser a la industrialización de la educación. Cuando los modernos Estados decimonónicos llegaron a la conclusión que era necesario alfabetizar su mano de obra, necesitaron implementar sistemas educativos normalizados. Algunos Estados –como el español- delegaron dicha función en la Iglesia; otros crearon sistemas públicos férreamente centralizados –como el francés. Hoy en día, por uno u otro camino, los Estados occidentales mantienen sistemas públicos de enseñanza junto con una variopinta oferta privada; los currículos los aprueba un organismo público que establece unos contenidos mínimos a todas las escuelas, sean públicas o privadas.

Dicho sistema parte de la antigua suposición que los niños son como una tabula rasa sobre la cual uno puede escribir a placer. Aunque hoy sabemos que la cosa es algo más compleja, la eficiencia industrial del proceso tiene sus ventajas:

  • La enseñanza se divide en cursos, que se superan acreditando la posesión de unos conocimientos, graduados en función de unos valores arbitrarios: normalmente 0 para los berzas, 10 para los más brillantes.
  • Los conocimientos se ordenan en función de los cursos consecutivos y éstos a su vez se organizan en diferentes materias. Suele haber un libro por materia y por curso: más materias, más libros.
  • El sistema se basa en la transmisión en serie del conocimiento, no en el aprendizaje de habilidades y aún menos en la comprensión profunda de ideas y conceptos.

Resultado: a los niños les embutimos información, si podemos les ayudamos a comprenderla y contextualizarla; apenas queda tiempo para enseñarles a pensar. Parece que empecemos a construir la casa por el tejado pero debemos comprender que en el siglo XIX y la mayor parte del XX lo que se esperaba de la masa toscamente alfabetizada es que fuera capaz de ejecutar órdenes sin pensar demasiado; así era como funcionaban – ¿funcionan?- los grandes estamentos burocráticos públicos y no pocas grandes empresas privadas.

Desde la perspectiva descrita, un libro de texto no es un libro propiamente dicho –una unidad no aislada de concepto y contenido- sino un envase mediante el cual se distribuye la ración de conocimiento designada para cierta materia y curso, dividida a su vez en temas y lecciones. Su forma de libro es un imperativo industrial y sirve a un propósito diferente al de la comprensión de la realidad: ofrece una pauta establecida por el ministerio de turno, preparada para que una legión de maestros la suministren de manera adecuada. Esta visión puede parecer un poco dura, pero debemos contar con que:

  • A diferencia del resto de libros, un libro de texto es letra muerta sin el concurso de un maestro o profesor y, a poder ser, de las familias.
  • Nuestros mejores profesores son aquellos que van más allá de la letra o que, directamente, se atreven a subvertirla, ampliándola y ayudándonos a comprender el mundo, dotándolo de significado y empujándonos a pensar.

Nuestro sistema educativo intenta no dejar a nadie atrás, suministra conocimientos como quien alimenta una cadena de producción –o a las gallinas- y deja todo el tinglado en manos de unos profesionales muy motivados pero irregularmente dotados y peor formados, la mayoría de los cuales se limita a suministrar el pienso decretado por el ministerio.

Con Internet camino del 3.0, ¿son útiles los libros de texto para el mundo que viene? Yo creo que no. De hecho lo que se pone en cuestión es el sistema educativo que arrastramos –con mil y una adaptaciones- desde el siglo XIX. Un núcleo importante es el libro de texto y su posible digitalización. Lo que pasa es que si nos limitamos a digitalizar el libro de texto estaremos adentrándonos en un camino sin salida, por dos motivos:

  • Estructura obsoleta: perpetuar una estructura rígida de la enseñanza es seguir viviendo en la ilusión que a niños de diferente origen sociocultural se les puede enseñar igual. Es cierto que las escuelas adaptan ciertos procedimientos en función de su entorno, pero también es cierto que, en lo básico, lo que se enseñan son contenidos, no habilidades, ni aptitudes, ni actitudes ante el conocimiento; eso deja en mal lugar a los niños provenientes de poblaciones, barrios y/u hogares deprimidos, y presta cierta ventaja a los más acomodados.
  • Costes excesivos: convertir los contenidos escolares a la web 2.0 es muy caro. Implica producir una montaña de material audiovisual que alguien deberá pagar y que, a su vez, estará sujeto a derechos. Posiblemente las editoriales de libros de texto piensen que el Estado debe pagar la factura; de otro modo se expone a ahondar más en el atraso y el supuesto fracaso de nuestra educación.

Lo más fantástico de todo es que el conocimiento contenido en los libros de texto no pertenece a nadie; a pesar que los contenidos de dichos libros sí tienen propietarios, no así los conocimientos que describen, pues esos nos pertenecen a todos. Lo que regulan los ministerios del ramo son los conocimientos, no los contenidos.

De pequeño cursaba ciertas asignaturas cuyo material de estudio estaba hecho de retales, usualmente a partir de fotocopias por las que creo que no se pagaban derechos a nadie –o estos estaban ya incluidos en el canon de la fotocopiadora. Estos contenidos de aluvión se confeccionaban para suplir las carencias de ciertos libros. Para hacerlo se necesitaban conocimientos en la materia –para eso estaba el profe o la seño– pero también horas de búsqueda, selección, fotocopiado y montaje de los dossiers. Habitual era también la proyección de películas o documentales, por no hablar de las imprescindibles audiciones en clase de música. Lo que en mi niñez y primera juventud se hacía a partir de libros, enciclopedias, revistas especializadas, vídeos VHS grabados de la tele y casetes propiedad del profesor de música, hoy está disponible en Internet. No perderé mucho tiempo en glosar la montaña de contenidos libres de derechos: empezando por Wikipedia y su vasto –a veces basto- contenido, siguiendo por Youtube, por las webs y bases de datos de instituciones sin ánimo de lucro –unas especializadas en educación, otras culturales en general-, terminando por decenas de miles de blogs especializados; lo que nos ofrece Internet para construir experiencias de aprendizaje es sobrecogedor.

Si a un lado tenemos un enorme yacimiento de contenidos libres de derechos que no deja de crecer y al otro lado miles de profesionales de la educación motivados y capaces de gestionar dichos contenidos, el resultado parece claro, ¿no? Sólo falta que decidan construir sus recursos educativos a la medida de sus alumnos, de sus comunidades, de sus escuelas. Hoy, las escuelas –entendidas como la suma de docentes, familias y alumnos- pueden darse a sí mismas todos los contenidos educativos que necesitan. No hay prisa, los libros de texto no desaparecerán de la noche a la mañana, seguirán teniendo su lugar.

Una educación barata, personalizada, personalizable y fácilmente actualizable es posible, una educación que, mediante sus herramientas cuidadosamente seleccionadas, permita una interrelación más fluida entre profesores, alumnos y familias. La elaboración de los contenidos es un proceso que remite a otro proceso mucho más importante: el de educar y enseñar. Para eso ya no necesitaremos libros.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

11 Comments

  1. No necesitamos libros… de texto, que es algo muy diferente.

  2. Dice que “Para eso ya no necesitaremos libros”, pero tampoco los llamados libros electronicos son libros.

    Sin embargo es muy dificil que la autoridad renuncie a generar unos textos concretos, ya que la puntillosidad legal así lo requiere, cuanto menos a los efectos de determinar una posible infraccion, laguna o deficiencia respecto al mandato administrativo, lo cual lleva aparejado el encargo de su redaccion y plasmacion en alguna clase de medio fisico portador del sello de garantia y autorizacion.

    Los contenidos de los libros de texto no se publican en el Boletin Oficial, siendo los propios libros u otros materiales que los sustituyen y remedan la explicitacion del mandato legal y reglamentario.
    Estos agentes “colaboradores” trataran de cobrarse el trabajo y no cabe la menor duda de que lo haran, reclamando una cantidad por cada alumno.

    1. Bueno, yo creo que si al papiro y al pergamino lo llamábamos libro, a esto también. Necesitamos un referente cultural más allá de sus características matéricas. Sí es cierto que los límites del libro serán borrosos, difusos.

      La autoridad no renunciará a nada, obviamente. Pero no se pueden poner puertas al campo no cortapisas a aquello que es bueno para todos; a lo sumo puede postergarse, pero al final lo bueno se abre paso si beneficia a suficientes personas.

      Gracias por tu comentario!

      Bernat

  3. Caramba, Bernat, no paras de hacer amigos 😀

    Pero lo que dices va a ser cierto: la crisis económica va a hacer impracticable que la mayoría de los alumnos pueda gastar todo el dineral de los libros en unos años. Por no hablar de la mayoría de niños y adolescentes del mundo, que no tienen acceso a esos libros

    Estamos en el siglo XXI. Los contenidos educativos ya son digitales. Secuestrar a la población es inmoral, por decirlo suavemente

  4. La mayoría de los profesores no se va a molestar nunca en gestionar la gran cantidad de información que hay en la Red para usarlo de forma personalizada y adaptada a las características específicas de sus alumnos. Alguien lo hará por ellos. Hoy son las editoriales de texto. En el futuro (que en realidad, como tú dices, es ya presente) serán otras empresas o las mismas pero adaptándose a los nuevos tiempos. Y estaremos en las mismas. Alguien cobrará por hacer lo que el profesor no quiere hacer.

    1. Hola Ismael,

      Es posible, pero es una lástima. También es posible que, a medida que se vayan incorporando profesores más jóvenes, su predisposición vaya cambiando. Al fin y al cabo sacar partido de la Red es una tarea colectiva y, ponerse en marcha, algo generacional. Puede que generaciones más jóvenes sí lo hagan.

      También es cierto que eso no es incompatible con servicios que optimicen las posibilidades y ayuden al sistema educativo a crear contenidos. Pero no será un sistema unidireccional, como hasta ahora.

      Gracias por tu visita y tu comentario!

      Bernat

      1. Por mi trabajo he tenido que hablar con muchos profesores y mi impresión es que no estamos ante una cuestión generacional. La mayoría de los profesores jóvenes son tan poco inquietos en ese respecto como los viejos.
        La creación de contenidos ha sido unidireccional, pero el papel del buen profesor era transformar el contenido en algo útil para los alumnos. Los buenos profesores seguirán haciendo eso, con independencia de si los materiales son un libro de texto en papel o una plataforma de contenidos educativos. Para los malos profesores no importarán los cambios, porque seguirán usando los contenidos más cómodos. Y seguirán pidiendo a las editoriales (o quien las sustituya) que les proporcionen las programaciones de aula y los vídeos con los que tener entretenidos a los alumnos una hora.
        Esto último no es una excepción, sino la norma.
        La creación de contenidos por parte de empresas que tengan a su disposición profesionales dedicados a ello seguirá siendo fundamental. Porque con los libros de texto o los contenidos educativos en general ocurre lo mismo que consideramos dogma en otros campos editoriales: hay sellos editoriales en los que confiamos y de los que esperamos un nivel de calidad. Parte del trabajo del editor consiste en filtrar todo tipo de obras, detectar algo por lo que apostar y hacerlo llegar al público; incluso creándolo de cero si es preciso.
        Ese trabajo es el mismo que hacen la mayoría de las editoriales de texto. Ni siquiera las políticas comerciales más agresivas pueden convertir en un éxito un mal libro de texto. Eso es algo que saben todas las editoriales: primero haz un buen libro y luego ya se verá cómo venderlo. Pero si no hay un buen contenido, no hay mucho que hacer. Esta verdad seguirá siéndolo cuando estemos hablando de plataformas de contenidos educativos online, o en la forma que tengan en el futuro.
        Un saludo.

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