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La ‘Setmana del Llibre en Català’ en su ubicación en la Plaza de la Catedral de Barcelona. Fuente: Setmana del Llibre en Català / Bajo licencia Creative Commons 2.0 – Compartir igual

El libro en catalán vive un buen momento; tanto las nuevas editoriales independientes como las no tan nuevas aumentan ventas y diversifican géneros; la Setmana del Llibre en Català crece. Distintas razones explican este buen momento pero raramente se menciona la eficiencia del mercado editorial en catalán que, sin ser ninguna maravilla, es algo mejor que su homólogo castellano; unos mercados que, en Catalunya, comparten espacio y lectores.

El pasado 19 de septiembre Lorena G. Maldonado publicaba en el diario digital El Español un artículo titulado ‘El catalán crece en las librerías de Cataluña, pero el castellano manda’. El título es algo desafortunado porque parece que pretenda calmar los ánimos de la España monolingüe como si estuviera diciendo: no os pongáis nerviosos, los catalanes leen más en catalán pero mucho más en castellano. El título es lo de menos porque el artículo es certero y toca (casi) todos los palos. Viniendo de un medio generalista no es muy habitual.

La perla del artículo la suelta un incombustible mandarín del libro español, el director ejecutivo de la FGEE:

Antonio María Ávila, de la Federación de Gremios de Editores de España, explica a este periódico que “las ediciones en lenguas cooficiales sólo son factibles porque la edición española es fuerte y potente, eso es lo único que tengo claro”: “Si no, editar en catalán no sería sostenible, a no ser que hubiese muchísimos recursos públicos. Las grandes editoriales tienen su sección en catalán, y eso es factible porque son mercados demográficamente más reducidos. Como te digo, sólo es factible porque hay una edición muy fuerte en español”.

Este párrafo suscitó un pequeño debate –y un pequeño rebote– entre algunos editores, libreros y profesionales catalanes independientes. Ávila sostiene que una industria fuerte como la española ha permitido reducir costes gracias a las economías de escala y de ello se han beneficiado todas las lenguas que se hablan en el país. España produce casi toda la materia prima necesaria para hacer un libro –de papel– y el resto puede importarlas de países de la Unión Europea; en términos occidentales los costes industriales de hacer un libro en España son relativamente bajos, más todavía tras la crisis. Esta industria integra un gran número de profesionales cualificados –independientes o en plantilla– imprescindibles para afrontar la alta producción editorial del país.

Todo esto es cierto pero no es toda la verdad. El director ejecutivo de la FGEE se calla, olvida o desconoce –motivos justificados para una dimisión que toda la industria necesita desde hace dos décadas– que los procesos industriales que permiten hacer y vender un libro han cambiado mucho los últimos años; el principal efecto ha sido el abaratamiento de la producción y el marketing. Editoriales independientes, pequeñas pero eficientes, hoy son viables con unas tiradas con las que editoriales medianas y grandes perderían dinero. Son editoriales, además, orientadas a mejorar la eficiencia para ganar más en cada venta, no sólo a vender más ejemplares. Un mercado maduro e incluso envejecido como el español obliga a este tipo de estrategias.

Otros cambios relacionados con la estructura del mercado y la comercialización explican por qué a las editoriales más pequeñas les va algo mejor que a las medianas y, a veces, incluso mejor que a las grandes; a un editor hoy le basta con una pequeña oficina y un puñado de buenos profesionales independientes; antes de disponer de Internet de banda ancha esto no era imposible pero los tiempos se dilataban lo suficiente como para comprometer el ritmo de la facturación y disparar los coses. Hoy los costes fijos son pequeños, el único sueldo es el suyo y los gastos de producción, si hecha bien las cuentas, irán acompañados de unos beneficios con los que nunca se hará rico pero le permitirán mantener el negocio en marcha. Aunque gane menos por título porque las tiradas son muy ajustadas ganará más por ejemplar porque su estructura es muy ligera; si, además, sus libros tienen éxito y puede reimprimir esta eficiencia le rendirá pingües beneficios con cada nueva tirada. No es fácil –nuestros editores lo saben– pero no es imposible; se necesita mucho oficio.

Otra cosa que olvida el ínclito Antonio María Ávila es que con la crisis tanto las editoriales medianas como las grandes han despedido a muchos profesionales que, o bien han abierto editoriales y librerías –los menos– o bien ofrecen sus servicios por su cuenta –la gran mayoría. La industria española que edita en castellano sufre un exceso de capacidad de producción que, al no encontrar salida, está hundiendo las tarifas profesionales sin que, a cambio, se note en el precio de venta de los libros. Las industrias demasiado grandes e ineficientes son un problema porque degradan la calidad del trabajo de los profesionales hundiendo sus tarifas y tienden a mantener unos precios artificialmente altos para cubrir las ineficiencias del resto de la cadena, especialmente de la distribución. Las reconversiones industriales en la España de los años ochenta son una dolorosa prueba.

El libro en catalán cuenta con una gran ventaja respecto al libro en castellano: el catalán sólo se habla y se lee en un área geográfica relativamente pequeña y compacta que no sufre grandes desequilibrios económicos en comparación con otras partes del mundo. A diferencia del castellano no tenemos un enorme y distante continente rebosante de buenos profesionales capaces de ofrecer tarifas todavía más baratas que las nuestras; los profesionales españoles que trabajan en castellano –especialmente traductores y correctores– deben competir con las tarifas imposibles de los profesionales latinoamericanos.

Con las tarifas chilenas o colombianas se puede vivir –mal que bien– en Chile o en Colombia pero no en España. Poca broma. El catalán, en este sentido, nos protege: raramente habrá muchos profesionales competentes en catalán fuera de las áreas en las que se habla y, por lo tanto, es imposible que las tarifas bajen mucho más que lo que ya han bajado durante la crisis. El mercado en catalán siempre será relativamente pequeño pero como industria editorial no sufrirá las tensiones y los desequilibrios que sufre la que edita en castellano. Las primeras ediciones del libro en catalán raramente superan los 5.000 ejemplares y muy, muy raramente, los 10.000, cifras con las que ya se puede justificar el traslado de la impresión a China. Un libro en catalán seguramente estará editado e impreso en su dominio lingüístico; lejos de ser un exabrupto localista es una muestra que ciertas circunstancias obligan a una industria a ser más eficiente y sostenible que otras. El hecho que las subvenciones –directas e indirectas– al libro en catalán se hayan desplomado con la crisis también ha promovido –qué remedio– esta inversión en eficiencia.

La edición en catalán también es más eficiente en volumen de producción. Con unos 11.000 títulos anuales no sufre la sobreproducción de la edición en castellano que ronda los 80.000 y llegó a superar los 100.000 hace pocos años. En primer lugar la edición en catalán no tiene grandes grupos que sólo editen en dicho idioma; el volumen de producción de los que lo hacen –Grupo Planeta y Penguin Random House– es moderada o pequeña y está casi exclusivamente centrada en títulos con tirón comercial. La sobreproducción en castellano es cosa de los grandes porque los pequeños no pueden jugar a la lotería del best-seller; como ya hemos comentado en otras ocasiones las editoriales independientes se juegan el sueldo en cada título y no pueden hacer experimentos; en un ecosistema en catalán en el que casi todas las editoriales son pequeñas o muy pequeñas no puede haber sobreproducción –lo que no significa que todo se venda fácilmente ni mucho menos. En segundo lugar el catalán compite en un mercado bilingüe; muchos libros que serían viables si sólo se editaran en catalán no lo son cuando deben competir en un mercado desdoblado. Eso se nota especialmente en géneros como el ensayo y ciertos nichos de narrativa. Todo lo descrito vuelve a desmentir al siempre efervescente director ejecutivo de la FGEE.

Antonio María Ávila no se equivoca pensando en grande, se equivoca porque no piensa en la eficiencia. El mercado en lengua catalana es compacto y potencialmente más eficiente pero uno de sus peores quebraderos de cabeza es que debe trabajar con distribuidoras pensadas para ser rentables en un mercado de 46 millones de habitantes –el español– y no en un mercado mucho más reducido de no más de 6 millones de hablantes (que, además, también hablan castellano). Esto, lejos de ayudar a los editores en lengua catalana los penaliza y demuestra que Ávila se olvida también de las ineficiencias y rémoras del mercado español; pondremos un ejemplo elocuente: hay libros que sólo se distribuyen en Catalunya, el País Valenciano o las Baleares pero que en función del distribuidor se almacenan en Guadalajara o Alcalá de Henares.

Otro tributo que deben pagar los editores en lengua catalana es su subordinación en planificación y lanzamientos. Da igual que en catalán tenga sentido una fecha de lanzamiento anterior a la versión en castellano –o que sencillamente en catalán pueda salir antes– pues esto es anatema para los agentes, los distribuidores, los editores y a veces incluso hasta para los autores. No tengo nada claro que el libro en catalán salga, hoy en día, tan bien parado formando parte de la industria española.

Este no es un problema que sólo sufra el libro en catalán, gallego o euskera; la edición independiente que edita en castellano también está sometida a estas ineficiencias que obligan a trabajar con criterios que le son ajenos y, a la vez, no cuenta con un mercado compacto y relativamente equilibrado como el catalán. El mercado del libro en España –y por extensión en América Latina– está pensado para que los grandes grupos hagan su agosto. Para el resto, sea cual sea la lengua de edición, las migajas.

Terminaré con una última reflexión: cómo deben hacerlo los daneses, noruegos, suecos, finlandeses, islandeses, checos, eslovacos, eslovenos, croatas, serbios o griegos para editar libros en unas lenguas que, según la lumbrera de los editores españoles, no deberían poder soportar industrias editoriales? A buen seguro lo consiguen porque no deben saber, como el director editorial de la FGEE, que es imposible. Antonio María Ávila nunca permite que la realidad le estropee ninguna idea o prejuicio. Los editores de toda España lo sufren desde hace veinte años y no parece que nadie con el poder y la responsabilidad suficientes haya pensado en su jubilación.

Versión en catalán en: La Llança

FIRMA 150

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

One Comment

  1. Tu reflexión final me recuerda la presión que sufren en Bélgica las editoriales valonas a manos de los grandes grupos franceses de edición y distribución. Auténtica lucha de David contra Goliath.

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