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Fragmento de la V tableta de la Epopeya de Gilgamesh / Fuente: Wikimedia Commons

Enrique Redel es uno de los mejores editores españoles e Impedimenta una de las mejores editoriales independientes. Todo es opinable pero creo que sobre eso no hay mucho debate. Otra cosa es que Enrique Redel entienda la lectura digital en general y el libro digital en particular. De hecho no las comprende.

Bárbara Ayuso ha entrevistado a Enrique Redel para JotDown. La entrevista es tan interesante como el personaje pero en lo tocante a la lectura y edición digital habla de oídas e ignora aspectos fundamentales. El libro digital aparece en cuatro de las preguntas de la entrevista, de las que reproduciré tres, más una dedicada específicamente a Amazon.

Esta es la respuesta a la primera pregunta:

El ebook desaparecerá, ese es mi titular: «El ebook desaparecerá». Es evidente, es un concepto obsoleto, y el libro no, lleva aguantando centenares de años y no se agota. Otra cosa es que tenga que cambiar.

Ajá. El ebook desaparecerá. Puede que Redel se haya creído aquellos que dicen que el estancamiento de ventas de libros digitales en los Estados Unidos y Gran Bretaña presagia su declive. Puede que el editor de Impedimenta no sepa –como esos mismos agoreros– que la causa del estancamiento se debe al considerable aumento de precios que las Big Five –entre otras grandes editoriales– han aplicado a sus libros digitales. Ojo: han subido mucho los precios y el mercado no ha bajado, sólo se ha estancado y sólo lo ha hecho el de las mencionadas editoriales; tanto las que han mantenido precios como los autores autoeditados han visto crecer las ventas.

Lástima que decenas de miles de autores autopublicados no sepan que el ebook está obsoleto y se encamina a la extinción; muchos, también en España, se están ganando la vida. Lástima que haya nichos de mercado en los que el libro digital empieza a ser mayoritario. Lástima que haya editoriales españolas cuya cifra de negocio digital ya supera el 30%. Lástima que sea la solución a muchas de las limitaciones que el libro de papel plantea a ciegos, disléxicos o sordos, por poner sólo tres colectivos para los que la digitalización de la lectura es una bendición. Lástima que la digitalización de la lectura permita que los libros lleguen donde no ha llegado nunca –quizás ya nunca llegue– una librería ni una biblioteca.

Qué lástima que Enrique Redel no sepa nada de esto, no lo entienda o no le importe. La entrevista prosigue y Bárbara Ayuso le pregunta por qué define el e-book como ‘literatura de mentira’:

Claro. Suelo decir que esto es como la diferencia entre la verdad y la simulación, entre el sexo real y el sexo virtual. El virtual es muy rico, lo tienes en todos los sitios, te lo puedes descargar en el teléfono, en la televisión, en casa… Pero en realidad es un simulacro, una ficción. El libro en papel es la realidad y lo otro es una simulación que intenta remedarlo. El ebook es más cómodo, es más agradable de vez en cuando para no andar cargando… pues sí. Pero es que la vida en realidad no es agradable, pero es lo que mola, y prefiero la vida de verdad que la simulada. El libro es algo de verdad, algo que se puede tocar, que se puede disfrutar, que puedes dejar, que puedes olvidar y luego reencontrar; pero el electrónico es una cantidad de pasta invertida casi a fondo perdido, porque no da dinero. No da dinero más que a los vendedores de cacharritos y a las compañías telefónicas por la descarga de datos.

Tomemos el concepto de Redel de realidad y simulación, esa realidad ‘que mola, que no es agradable, que se puede tocar, olvidar y luego reencontrar’. Si yo entro en una librería y pido ‘La Epopeya de Gilgamesh’ o ‘ La Guerra de las Galias’ me entregarán un libro de papel aunque ninguno de esos textos se concibió como un libro de papel. ‘La Epopeya de Gilgamesh’ es de origen sumerio pero la versión más completa conservada es asiria y consta de 12 tablillas de arcilla escritas en escritura cuneiforme. Según el concepto redeliano de realidad y simulación yo debería aprender a leer la escritura cuneiforme, aprender el dialecto babilonio del acadio y cargar con unos cuantos kilos de arcilla. Lo mismo sucede con ‘La Guerra de las Galias’ de Julio César, una crónica de las campañas que el general romano emprendió más allá de los Alpes. Fue transcrita en latín –posiblemente por uno o varios esclavos– sobre rollos de papiro usando alfabeto latino. El concepto redeliano exige que yo consiga un facsímil en papiro escrito a mano –supongo que no es necesario que lo haga un esclavo– y aprenda latín. Reduciendo al absurdo la idea de Redel, cualquier cosa que no sea el manuscrito de puño y letra del autor es un simulacro. Ergo Enrique Redel vive de fabricar simulacros.

El libro de papel es un imperativo industrial; ciertos libros han dejado de serlo porque su contenido ha encontrado una forma mejor de desempeñar su función; le pasó a la enciclopedia y les está ocurriendo a los libros técnicos, entre otros. El trabajo de Redel, una vez terminada la fase de edición del texto –donde el editor aporta la mayor parte del valor– es industrializar un contenido. La imprenta es una de las primeras industrias modernas y mecaniza procesos manuales a una fracción de su coste y en mucho menos tiempo. El contenido de Redel lo podemos industrializar de formas distintas pero, hasta hace pocos años, la más rentable era mediante la impresión y el encuadernado de un taco de papel. Hoy disponemos de distintas ventanas de lectura, la mayoría digitales. El papel es sólo una de ellas.

El libro digital es tan ‘de verdad’ como el libro de papel, del mismo modo que el de papel lo es en comparación con el pergamino, el papiro, la corteza de árbol, la arcilla o la tradición oral. Si hoy puedo leer en papel o en digital ‘La Epopeya de Gilgamesh’ o ‘La Guerra de las Galias’ es porque un libro es, entre otras cosas, un sistema de producir y transmitir contenidos. Si Redel cree que su modelo de negocio se basa en la fabricación de objetos de papel le recomiendo que se pase a la papiroflexia.

Bárbara Ayuso prosigue: ‘¿Es como un «por si acaso»? ¿Es como decir «no creo en ese mercado pero a la vez necesito estar ahí»?’

Nosotros empezamos a hacer libro electrónico porque pensamos que podía ser un complemento importante a nuestra línea editorial. Luego me encontré con la paradoja de que yo no me he leído ni un solo libro electrónico de Impedimenta, igual que el resto de libros sí. Los leo, los releo, los marco, es casi un comportamiento animal. De los electrónicos no he abierto ni uno. Sé que tienen buena pinta porque la persona que los hace lo hace muy bien, pero no me interesan. Nos da un rédito económico no muy grande, un porcentaje pequeño de nuestra facturación, y ahora mismo si estamos en el libro electrónico es casi por inercia. No apuesto en Impedimenta por él, y siempre estoy planteándome dejarlo porque en realidad no lo necesitamos. Y además me da la impresión de que no merece la pena que nuestros libros estén en electrónico, porque tiene tanto trabajo detrás y hay tanta obsesión por la forma, por los papeles, por el toque final y el arte final del libro…. que el Ebook al final simplemente es un texto estandarizado. Estamos dándole vueltas todo el rato de si lo vamos a dejar o no.

Es difícil vender algo que te importa un pito, más difícil todavía si no lo comprendes. El propio Redel reconoce que no controla la calidad de sus productos digitales, que no se ha leído ni uno. Que se fía del profesional que los hace. No pongo en duda la fiabilidad de sus proveedores pero supongo –espero, confío– que Redel no mandará imprimir centenares o miles de ejemplares antes de recibir una prueba de imprenta y que, una vez impresos, se molestará en abrir las cajas para comprobar que todo ha ido bien.

Redel reconoce que esta cuestión no le interesa y eso se nota en la web de Impedimenta. Les reto a encontrar un libro en versión digital; ni siquiera se menciona en su catálogo, disponible en PDF. Ojo, eso no significa que no existan y un buen ejemplo es ‘Astronautas’, de Stanislaw Lem, a la venta en digital en Casa del Libro, entre otros lugares. El problema es que en la web de Impedimenta la versión digital ni siquiera se menciona. Si nos atenemos a la web y al catálogo, Impedimenta no publica nada en digital. Pero eso no es cierto.

El libro digital es un formato tan estandarizado como el libro de papel. Dos modos distintos de industrializar un contenido, cada uno con sus características propias que hay que saber aprovechar. Enrique Redel tiene razón en una cosa: si no le interesa el libro digital sería mejor que lo dejara. Es lícito. Pero si está en él debe conocerlo y estar al día, al menos en lo fundamental.

Una de esas cuestiones fundamentales es la comercialización. En la cadena de valor del libro de papel el editor tiene muy poca capacidad para defender un libro cuando éste ya está en la librería. Depende (casi) enteramente del librero y de sus ganas de trabajarlo. El libro digital, en cambio, necesita más cariño comercial por parte del editor pero también ofrece más oportunidades. Los editores que ven crecer su cifra de negocio digital están atentos, realizan promociones, juegan con el precio –¡anatema!– acciones de marketing en redes sociales, intentan hacerse con un público digital propio, algo que mediante una librería es, si no imposible, sí muy difícil. Creo que Enrique Redel ignora por completo qué puede llegar a conseguir con una gestión activa e inteligente de su catálogo digital. Recordemos que ni siquiera lo menciona en su web. Nadie puede comprar algo que no sabe que existe.

Muchos editores todavía creen que su trabajo termina cuando el libro de papel llega al estante del librero. En el caso del libro digital la lógica se invierte: es justo cuando llega al servidor del distribuidor de contenidos digitales cuando empieza el trabajo más arduo pues ningún librero digital va a mover nada. El libro digital es a la vez reto y oportunidad.

La ignorancia digital de Redel se torna pura habladuría cuando le preguntan por Amazon. Entre otras cosas, dice:

No tengo cifras porque Amazon no las da, pero estoy convencido de que la venta de libros es solo un anzuelo. Que no es un negocio, viven de otra cosa. De hecho un amigo que sabe de esto un poco me explicaba que Amazon vive del fondo de capital riesgo de Nasdaq, vive de «a futuros», de saber que se van a llevar el mercado y que van a acabar con todos los competidores. De hecho, están abriendo librerías físicas en Estados Unidos.

Amazon empezó vendiendo libros –sólo libros– en 1994. Creció gracias al comercio electrónico de libros de papel y en 1997 ya facturaba 16 millones de dólares. Hoy en día Amazon vende cualquier cosa –libros digitales y de papel incluidos– y uno de sus negocios más lucrativos es el almacenamiento de datos en enormes servidores para clientes como el gobierno de los Estados Unidos. Cada negocio tiene una rentabilidad diferente y un modelo de ingresos distinto, como distintas son sus cuentas de resultados. Creer que Amazon no gana dinero vendiendo libros –tanto digitales como de papel, de editoriales o de autores autoeditados– implica no conocer ni entender su funcionamiento y estrategia comercial.

Siempre se ha dicho que Amazon no daba beneficios. Hay quien siempre ha sospechado que se trataba de un timo y el propio Redel sugiere –porque se lo ha dicho un amigo que sabe un poco de esto– que Amazon vive ‘del fondo de capital riesgo de Nasdaq, vive de a futuros’ (sic). Eso no es cierto: Amazon cotiza en bolsa del mismo modo que lo hacen Telefónica o el BBVA, no en el mercado de futuros. Que participen o no fondos de capital riesgo no cambia ese funcionamiento. Son cosas muy distintas.

Una empresa cotizada tiene varias formas de dar ‘beneficios’ a sus accionistas. Una de ellas es mediante dividendos, es decir, repartir una parte del dinero ganado gracias al negocio: tantas acciones tienes, tantos dividendos te corresponden. Otra forma –que no excluye la anterior– es que suba el precio de la acción. Aunque es cierto que Amazon nunca ha repartido dividendos –porque hasta hace muy poco nunca había tenido beneficio neto– el precio de sus acciones se ha multiplicado tan por encima de la inflación –en los EEUU– que el sólo hecho de tener acciones de Amazon ha hecho ricos a muchos accionistas y muy ricos a unos pocos –que seguramente ya lo eran.

Si en 1997, cuando salió a bolsa, hubiéramos comprado 1.000 acciones de Amazon hubiéramos invertido 5.000 dólares. Hoy, tras una enorme revalorización, esas mismas acciones valdrían 602.000 dólares, es decir, se habrían multiplicado por 120 (datos al cierre de 28 de abril, ver datos actualizados). En los Estados Unidos el IPC acumulado de estos últimos 19 años es del 48,4%, es decir, se ha multiplicado por 1,48 (Fuente: calculadora de IPC del Departamento de Trabajo de los EEUU)

Obviamente no todos los accionistas se han beneficiado de este escenario. Muchos vendieron hace tiempo llevándose un beneficio menor, pero todavía muy por encima de la inflación acumulada. Lo mismo sucede con los que compraron acciones a precio más alto pero todavía las tienen. ¿Está justificada la actual valoración bursátil de Amazon? Teniendo en cuenta la enorme facturación hay motivos para pensar que sí, aunque nunca hay que confundir valor y precio.

En cuanto al comentario de Redel sobre las librerías físicas le recomiendo la lectura de este artículo de USA Today y de la segunda parte de este de Mike Shatzkin y verá que Amazon puede abrir una librería –pronto habrá otra en San Diego– sin que eso signifique un retroceso en su estrategia digital.

Nada es para siempre

Hace años que observo una actitud preocupante entre los editores; muchos creen que el estado previo a la aparición del libro digital es el natural. Sin duda es el de toda la vida, especialmente el de toda su vida –también la mía– pero la cadena analógica del libro no es una Verdad Revelada, sólo responde a un contexto económico, tecnológico y social. Si dicho contexto cambia es normal que cambie todo aquello que depende de él.

Esta asunción de lo de siempre como bueno frente a una novedad percibida como amenaza es sorprendente en un sector que vive de la creatividad y el pensamiento. Es común a casi todos los editores. A veces parece que la edición viviera en un permanente estado de todo el tiempo pasado fue mejor, un estado mental en el que también viven gremios como el del taxi –amenazado por Uber– y el de los periódicos de papel, no confundir con el periodismo.

Ni la lectura ni el libro digital son, tampoco, ninguna Verdad Revelada, pero han cambiado –y seguirán cambiando– el paisaje. Si los editores quieren proteger aquello que los hace especiales deben adaptarse a todo lo demás porque en su caso es accesorio. Ningún editor –salvo raras excepciones– es un fabricante de objetos; su fuerte es el contenido y hoy, ese contenido, está tomando formas insospechadas. Hay que conocerlas. Actitudes cerriles como la de Enrique Redel acabarán por arrinconar la edición profesional porque a ambos lados surgen competidores sin manías que lo prueban todo y están conectando con cada vez más lectores.

 

FIRMA 150

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

2 Comments

  1. […] aquellos que requerían papel, de manera que el concepto de libro se ha asociado a esta clase. Algunos asocian el libro impreso al estado natural del texto. En las últimas décadas han surgido nuevos […]

  2. […] Enrique Redel es uno de los mejores editores españoles e Impedimenta una de las mejores editoriales independientes. Todo es opinable pero creo que sobre eso no hay mucho debate. Otra cosa es que En…  […]

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