MARGINAL

Leer se está convirtiendo en una actividad marginal. La lectura profunda como forma de adquirir conocimiento está pasando a ser cosa de minorías tras un siglo prodigioso y excepcional. Hablo de la lectura sin entrar a juzgar la calidad de lo leído. Me costaría un poco justificar la bondad de la lectura profunda de basura. No es el caso ni esa es hoy mi intención.

El siglo pasado fue una anomalía lectora. Nunca antes tantos leyeron tanto a tan pocos. El siglo XXI es otra anomalía; nunca tantos habían leído tanto a tantos pero la diferencia está en que éste no será el siglo del libro. Si el siglo XX fue el siglo del libro fue porque no había mejor objeto industrializable para la difusión en masa de la cultura que dio origen a la cultura de masas –el orden de los factores, aquí, es esencial– que el libro. Barato de fabricar y distribuir, fácil de almacenar y vender, el siglo XIX había creado una enorme masa de lectores que, hasta la llegada de la radio y el cine, apenas sí disponían de otra cosa que el teatro como espectáculo cultural organizado y el periódico como vehículo de información estructurada. No es casualidad que el siglo XX sea también el siglo de la prensa escrita, mucho más que el XIX.

Hay quien ha visto el ascenso del libro a la categoría de vehículo cultural por excelencia como el fin de un camino predestinado. Abunda esta impresión entre todos aquellos que creen que las nuevas lecturas y alfabetizaciones acaban con todo un mundo y una forma de entenderlo. Tienen razón pero se equivocan en un aspecto: la lectura siempre fue cosa de minorías. Los anómalos somos nosotros, no las generaciones precedentes ni las que nos sucederán.

Suecia es el país con mayor tasa lectora de Europa. Más del 80% de los mayores de 14 años dice haber leído al menos un libro el año anterior. Los países escandinavos alcanzaron la plena alfabetización a principios del siglo XIX por un motivo inesperado: toda persona que quisiera casarse debía ser capaz de leer la Biblia –para los protestantes siempre ha sido importante la interpretación personal de las palabras de su libro sagrado. El reverso de tan alta tasa lectora es que casi un 20% de suecos no lee nunca un libro. Uno de cada cinco. Ni siquiera en aquellos países en los que la lectura de libros ha disfrutado de todas las ventajas –incluidas el patrocinio del Estado mediante la protección arancelaria y una educación esmerada– el libro ha logrado imponerse de forma completa.

En la Antigüedad hubo comercio de libros, autores que no cobraban un duro por sus obras y copistas –para entendernos, editores– que producían copias en masa que se distribuían en tiendas de libros. Fue así en la koiné griega pero también en el Imperio Romano y en buena parte del primer Islam. Volvió a ser así en los burgos de la Baja Edad Media europea y todavía más en el Renacimiento y con la imprenta. La Europa del siglo XVIII asistió a la aparición de todo tipo de periódicos, diarios, revistas, libelos y panfletos, no siempre bien tolerados por el poder. Con el siglo XIX aparece la novela moderna y las nuevas clases medias toman el gusto de leer. Esta apresurada historia de la lectura podría hacernos creer que en cada uno de los momentos mencionados todo el mundo leía. Pero no, hasta el siglo XX, leer fue cosa de minorías. No fue nunca considerado marginal porque leer era una actividad relacionada con las clases cultas, clases que detentaban el poder o aspiraban a hacerlo. No tener en cuenta la historia de la vida cotidiana nos ha condenado a ver una progresión ininterrumpida desde la imprenta hasta nuestros días, una progresión –asociada a la idea de progreso– que ligaba el libro a la cultura y a ésta con la libertad del individuo. Esta visión no es incorrecta pero dista mucho de ser exacta.

El libro es un vehículo neutro que sirve tanto para adoctrinar, controlar y manipular a las masas –la Biblia, el Corán, el Libro Rojo de Mao, el Mein Kampf– como para promover su raciocinio –si otorgamos dicho poder a la cultura y al acceso a la información. La lista de libros culpables sería muy larga si no fuera porque quienes perpetran de veras los desaguisados son los seres humanos. Incluso la narrativa es señalada a veces con el dedo como sucede con “El guardián entre el centeno” en Estados Unidos, al parecer lectura preferida de más de un asesino.

La panoplia con la que hoy contamos para meter ideas en la mente de la gente –o para que ellos solos se las metan– va mucho más allá que de las herramientas editoriales tradicionales. La misma idea de edición ha saltado por los aires cuando cualquiera, casi en cualquier lugar, puede publicar algo que seguimos llamando libro, ser reconocido como tal por el público, aceptado, comprado y consumido. Accedemos al conocimiento y a la información a través de fuentes tan variadas que dejan en ridículo la capacidad del libro como principal vehículo y objeto de cultura. El libro ya no es dueño y señor del conocimiento porque hemos inventado muchas otras herramientas.

El corolario a todo esto es que el público lector de libros de lectura profunda –no todos los libros la exigen– se ha reducido tanto como opciones de acceso a la cultura han aparecido. El público en general sólo recurrirá a los libros cuando sean la forma más eficiente de acceder a información de su interés; ese público será casual, inconstante, voluble y se nutrirá de otras muchas fuentes si puede evitar un libro. Es un público que ha existido siempre, ese lector de frontera que en las estadísticas afirma haber leído un libro el último año y que lo hacía porque no había alternativa mejor.

Luego estaremos nosotros, aquellos para los que la lectura es una elección consciente entre muchas más opciones. El lector empedernido no lo será porque no tenga más opciones sino porque será su decisión. Un público militante, más comprometido con cierta forma de entender la cultura, más exigente. Pero mucho más reducido.

La lectura profunda retrocede hasta su núcleo anterior a los medios de masas. Deberemos abandonar todo el enorme imperio conquistado brevemente en el siglo XX porque muchos lectores lo abandonarán y nosotros como industria también debemos hacerlo. El negocio editorial no sólo encoge por el cambio de paradigma, es que el cambio de paradigma implica un mercado mucho más pequeño, sea de papel o digital. Los pocos que siempre han leído mucho, seguirán leyendo. Los que han leído sólo a veces, sólo a veces lo harán o dejarán de hacerlo ¿Debemos prepararnos para un mercado muy pequeño pero de muy alto valor añadido?

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

6 Comments

  1. La cuestión importante la dejas para la pregunta final, lo cual me parce justo. Muy probablemente la respuesta es sí. Y dejando al margen de cierto eurocentrismo en la historia de lectura y el libro estoy sustancialmente de acuerdo.

    1. Yo también creo que la respuesta es afirmativa. Lo de la perspectiva eurocéntrica responde a dos motivos: por un lado la industria editorial actual es de patrón europeo (o, si se prefiere, occidental) y por otro si me disperso más el artículo hubiera sido mucho más largo. Y no era la idea.

      Gracias por tu visita!

  2. […] – Leer se está convirtiendo en una actividad marginal. La lectura profunda como forma de adquirir conocimiento está pasando a ser cosa de minorías tras un siglo prodigioso y excepcional.  […]

  3. […] unos días, Bernat Ruiz comentaba en su blog que el siglo XX fue una anomalía lectora: nunca se ha leído tanto y en tanta profundidad como entonces. No dejen de acudir a la fuente […]

  4. […] -Hemos de asumir que en un ecosistema repleto de opciones y formas de informarse y aprender hay que aportar verdadero valor añadido. Como afirma Bernat Ruiz debemos prepararnos para un mercado muy pequeño pero de alto valor añadido […]

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