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¿La socialización de libros sólo es perniciosa si los autores y editores no cobran? ¿Si se les compensa económicamente la socialización dejará de ser mala por arte de magia?

La actitud de los autores es humanamente comprensible pero están profundamente equivocados, especialmente porque todas sus acciones se basan en la creación de un lobby clásico. Su intención es alcanzar masa crítica suficiente para ganar legitimidad y poder de presión para llevar cabo las dos estrategias siguientes:

  • Ganar influencia sobre la opinión pública: mediante los medios de comunicación clásicos y, en menor medida, redes sociales.

  • Ejercer presión sobre la administración pública competente: para que implemente medidas tendentes a compensar a los autores mediante soluciones del tipo Public Lending Right.

Lo equivocado de este planteamiento es que se aplica sobre un problema que, en el fondo, no es nada convencional. Sólo en su superficie la socialización del libro es un simple problema de justa remuneración al autor –y tratarlo así desautoriza todo su Manifiesto, pero de eso ya hablaremos más adelante.

La insoportable levedad del libro en la escuela

Lo que realmente subyace a la socialización es un cambio de percepción del libro como herramienta educativa; es más, si el libro deviene herramienta educativa activa en la escuela, deja de ser un objeto contenedor de conocimiento y deviene un servicio de transmisión de conocimiento, un nodo de una red en la cual el profesor es el facilitador de información y contenidos. Obviamente muy pocas familias –puede que ninguna- lo racionalicen de este modo pero sí perciben que usando un mismo libro durante varios años logran un ahorro considerable. Es de Perogrullo. Paradójicamente eso acerca al libro a la realidad de muchos otros objetos de uso cotidiano, como los muebles domésticos, pero a la vez los aproxima también al concepto de servicio por cuanto se asocia al disfrute diferido de unas prestaciones: la narración contenida en el libro. Esa dualidad objeto/servicio -¿es el libro de papel, especialmente el escolar, un servicio encerrado en un objeto?- es lo que creo que confunde a muchos autores y a no pocos editores. Ellos perciben la venta de objetos mediante los cuales se realizará la experiencia de una lectura única o bien se realizarán múltiples lecturas por una persona, mientras sus clientes, los usuarios de los libros, perciben el libro como un objeto mediante el que disfrutar de un servicio: que muchos niños lean durante unos cuantos años mediante el mismo ejemplar. Uno de los párrafos del Manifiesto dice lo siguiente:

Ahora, en 2013, en muchas escuelas de Catalunya se considera que los libros son un gasto prescindible para las familias y es necesario que sean reciclados y pasen de mano en mano sin pertenecer a nadie. La “reutilización” a menudo no distingue entre libro de texto y libro literario.

Y yo me atrevo a añadir: ni distingue, ni tiene por qué hacerlo. El libro, en la escuela, es un objeto accidental, una contingencia. Todo libro, en la escuela, es un libro de estudio, sea cual sea la intención inicial del escritor; nada hay más aburrido que una lectura obligatoria, por muy bueno que sea el libro. Su valor de manifestación creativa unitaria se diluye y se subordina a los objetivos educativos que se quieren alcanzar mediante su uso. Su materialidad es un espejismo, un artificio hasta hoy imprescindible para transmitir conocimiento.

Lobbys y conservadurismo

De las diversas formas con las que cuenta un colectivo para defender sus intereses, los escritores e ilustradores han elegido el menos adecuado, el del clásico lobby de presión. Según la definición de Wikipedia:

Un lobby […] es un colectivo con intereses comunes que realiza acciones dirigidas a influir ante la Administración Pública para promover decisiones favorables a los intereses de ese sector concreto de la sociedad.

Yo añadiría que también se crea para influir en la opinión pública mediante la opinión publicada cuando el comportamiento del consumidor es de vital importancia. Autors en Perill d’Extinció es un lobby, al menos a tenor de sus primeras acciones y reivindicaciones. Es conservador, inmovilista y dependiente. Es conservador porque lo que desean es volver a la situación anterior, sin proponer un marco nuevo que beneficie a todos. Es inmovilista porque no parecen dispuestos a emprender acción proactiva alguna ni se percibe un ápice de autocrítica. Es dependiente porque exigen que sus pérdidas sean compensadas con dinero público mediante la modificación del marco normativo.

Cuando una industria deviene oligopolio –como es el caso del petróleo, el gas y la electricidad- la creación de un fuerte lobby de presión es una medida lógica, aunque a muchos pueda parecernos odiosa y poco democrática. Cuando se percibe al usuario como un cliente cautivo, un lobby es muy eficaz pues la opinión del usuario final, o bien no importa, o es soslayable.

El libro infantil y juvenil es muy diferente. Aunque durante años se ha tratado a los alumnos y a sus familias como un público (casi) cautivo, dicho trato partía de unas características de distribución muy particulares, no del hecho de disponer de un recurso limitado y realmente oligopolizable. Por muy valiosa que nos parezca la narrativa infantil y juvenil, no es un recurso limitado, no puede permanecer en manos de unos cuantos –sus medios de producción tampoco- y, una vez rota la dinámica convencional de la distribución, no se puede seguir tratando a sus usuarios como invitados de piedra.

La opinión publicada (ya) no equivale a la opinión pública

Lo primero que han conseguido los autores con su Manifiesto ha sido ganarse el aplauso de la opinión publicada (unos cuantos ejemplos en la prensa local: Diari Ara, Diari de Girona, Diari de Tarragona, El Punt Avui, Catalunya Ràdio, 8TV). Esta aparente victoria es peligrosa; salvo honrosas excepciones, el periodismo cultural de nuestro país es una claque que comparte caja mental, prejuicios, copas y saraos con su objeto de trabajo y cualquier destello de objetividad es pura coincidencia; hay honrosas excepciones, insisto.

Contar con la aquiescencia del periodismo cultural es cada vez más peligroso, pues puede convertir la autoconfianza en auténtica hibris. Hace un año los responsables de la librería Robafaves se llevaron un buen chasco cuando, contando con (casi) todas las complicidades mediáticas locales y autonómicas, recibieron una sonora pitada popular a su petición –una forma amable de describir sus exigencias- de recibir del vulgo 250.000 € para reflotar su negocio. No lo consiguieron, y eso que apelaron a su supuesto papel estratégico en el panorama cultural local y a sus grandes y denodados servicios culturales a la patria.

La presión sobre la administración pública les quitará la razón

En cuanto a las administraciones públicas, y en concreto la Consejería de Educación de la Generalitat de Catalunya, los autores conseguirán lo mismo que la mencionada librería: silencio y telarañas. Por un lado la Generalitat no dispone de los recursos necesarios para resarcir a autores y editores mediante algo parecido al Public Lending Right. Si precisamente las escuelas públicas están empezando a socializar los libros es porque la penuria presupuestaria es total. No tendría ningún sentido volver a gastarse el mismo dinero público pero por otro lado.

Tampoco tengo muy claro que la misma Consejería de Educación pueda obligar a las escuelas a volver a comprar los libros cada año, y eso por dos motivos: dudo que el marco legislativo sirva para obligar a nadie a comprar algo que no quiere comprar y para lo que no dispone de presupuesto –aunque en este país pasan cosas más raras- y estoy seguro que es imposible obligar a las AMPA, que son asociaciones privadas, a comprar nada a nadie, por muchas subvenciones que reciban –que de hecho son más bien pocas.

Por si la realidad no fuera suficientemente elocuente, los Autores en Peligro de Extinción corren el peligro de dispararse en el pie proponiendo fórmulas compensatorias como la Public Lending Right: el Manifiesto augura todo tipo de males a aquellos niños cuyas escuelas y familias caigan en el error (sic) de socializar los libros. Lo que no sé es como se puede sostener este argumento y, a la vez, pretender disfrutar de una compensación que no consiste en volver a comprar los libros cada año, sino en percibir un canon por el uso reiterado de los mismos títulos. Recuperemos las dos preguntas con las que iniciamos este artículo: ¿la socialización de libros sólo es perniciosa si los autores y editores no cobran? ¿Si se les compensa económicamente la socialización dejará de ser mala por arte de magia?

Los autores y editores tienen un doble problema: sufren un perjuicio económico considerable a causa del cambio de comportamiento de sus clientes y, a la vez, se equivocan en el enfoque y la búsqueda de soluciones. Tener razón y acertar el diagnóstico no basta, además hay que acertar en el tratamiento del problema. Tras analizar el problema y argumentar por qué los autores se equivocan, en el próximo artículo propondré soluciones no agresivas para superar este reto.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

  1. “¿La socialización de libros sólo es perniciosa si los autores y editores no cobran? ¿Si se les compensa económicamente la socialización dejará de ser mala por arte de magia?”. Con estas preguntas lo has resumido perfectamente. Voy a leer tus propuestas…

  2. […] tres artículos (1, 2 y 3) dedicados a la reacción de los autores de libros infantiles y juveniles a la socialización […]

  3. […] a la réplica que Anna Manso hizo de mis artículos sobre Autors en Perill d’Extinció (1, 2 y 3). También será la última, pese a que mi idea inicial fue responder, en tres artículos, a […]

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