BREZNEV

Durante la Guerra Fría una legión de kremlinólogos se dedicaba a interpretar la poca información que salía del Kremlin para deducir quien había caído en desgracia, cómo iba la economía real soviética –tan diferente de la propaganda oficial– o los movimientos del Ejército Rojo. El nombramiento de alguien para un cargo o su presencia –o ausencia– en una foto o un desfile a menudo bastaba para conocer la salud interna del régimen.

Una característica común de dictaduras herméticas y empresas familiares es que cuando se hunden lo hacen ante la sorpresa de casi todos. Si muy pocos kremlinólogos supieron adelantar el derrumbe de la Unión Soviética a finales de los años ochenta del pasado siglo, muy pocos deben saber, fuera de Planeta, lo que sucede en la sede de la Avenida Diagonal de Barcelona. No digo que esté a punto de hundirse –ni siquiera soy planetólogo– pero los que estamos fuera del sistema planetario apenas disponemos de algunas anécdotas para entender lo que pasa.

El último chascarrillo con el que todavía se divierte la chiquillada ha sido la edición frustrada de El cura y los mandarines, libro en el que Gregorio Morán ha vertido diez años de su vida, diez años que, conociendo la trayectoria del autor y su mordacidad sabatina en el diario La Vanguardia, dan para mucho. Hace pocos meses apareció Aquellos años del boom, del también periodista de La Vanguardia Xavi Ayén, una auténtica catedral edificada, ésta también, durante diez años.

Detengámonos un momento en este detalle. Dos periodistas de La Vanguardia de generaciones distintas –Morán de 1947, Ayén de 1969– deciden dedicar los últimos diez años –casi los mismos últimos diez años– a escribir dos catedrales de la cultura española y por inevitable extensión, iberoamericana. Ambos libros repasan similares períodos históricos. Sabemos que Morán pone a caldo a un buen número de jerarcas de la cultura mientras que Ayén también lo hace pero con diferente estilo y sin entrar al trapo con ciertas instituciones porque el tema que trata no lo exige. El libro de Ayén, editado por RBA, sale a la luz. El de Morán, editado por Planeta, no. La cara y la cruz de la cultura del país.

Que un diario como La Vanguardia tenga en nómina a dos autores de este calibre y haya tirado por la borda el periodismo de calidad que en su día practicaba es algo que dejo a la comprensión de generaciones venideras que lo verán todo con más perspectiva. Las mismas generaciones entenderán mucho mejor que nosotros lo que está sucediendo en Planeta.

Del caso de las once malditas páginas de Morán sorprenden varias cosas y la primera es una triste ironía: el autor que investigó durante diez años los entresijos de la cultura española no supo ver a tiempo que Planeta había cambiado lo suficiente como para no atreverse a lanzar su libro. Sangrante pero comprensible; los más cercanos a ciertas realidades son los últimos en percatarse de los cambios porque ven su evolución y no perciben las grandes variaciones a lo largo del tiempo.

Si la mencionada paradoja no empequeñece al periodista hay una serie de cuestiones técnicas que sí dejan a Planeta –en su caso a Crítica, el sello en el que recaló el libro–en mal lugar. Cuando un autor con el historial y la reputación de Gregorio Morán te dice que va a escribir acerca del sistema cultural español ya sabes a qué atenerte. Cierto que la propuesta fue anterior a 2004, que en esa época el Grupo Planeta nadaba en una cada vez más apalancada abundancia, que cuando uno está que se sale se atreve con todo –como se atrevió el patriarca Lara a publicarle a Morán una biografía no autorizada de Adolfo Suárez en 1979– pero se supone que uno cuenta con los arrestos suficientes para afrontar unas consecuencias inasumibles para la mayoría de editoriales independientes.

Por si un ataque de amnesia colectiva hubiera hecho olvidar a todo el mundo quién es y de qué va Gregorio Morán, en Planeta disponen de una legión de abogados dispuestos a encontrar el más remoto riesgo de demanda; eso suele hacerse antes de hincarle la edición al manuscrito para no tirar el dinero tontamente. Parece que la cosa no fue así, tal como el propio Morán contaba en la última de sus Sabatinas Intempestivas de La Vanguardia (edición del sábado 18 de octubre de 2014) :

Después de […] corregir lo que en términos de edición se denominan “primeras pruebas”, incluso unas “segundas”, tras sortear las variadas y hasta divertidas objeciones del llamado pomposamente “departamento jurídico”, que al menos en mi caso se refiere a un individuo que responde al nombre de Gabino Sintes, que para mayor singularidad se ocupa también de los “derechos de autor”, lo que a mi entender debería llenarnos de inquietud -censor y defensor de los derechos del escritor, diría que son incompatibles-. […]

La edición siguió su curso con una hermosa portada que imprimió primorosamente y a la que acompañaba un texto que por no ser mío sino de la casa editora merece la pena ser copiado. […]

Meses tirando los sueldos del editor de mesa, del departamento jurídico-censor, los honorarios del corrector, del maquetador, los gastos de la impresión de la cubierta –a saber si de la primera tirada completa– y habiendo perdido un anticipo que se me antoja jugoso; meses durante los cuales alguien aprendió la papiroflexia que justificara la genuflexia ante la RAE. Todo, para terminar con un efecto Streisand que ni siquiera el ya decrépito Premio Planeta ha podido tapar.

¿Sale a cuenta tamaño desaguisado? Juzguen ustedes en lo económico: Planeta imprimirá y venderá 400.000 ejemplares de papel –con una primera tirada de 50.000– del nuevo diccionario de la RAE ¡en pleno 2014! Si el precio mínimo de cada diccionario son los 70 $ de la edición latinoamericana –en España vamos a pagar 99 € que al cambio es casi el doble– se trata de una facturación de más de 28.000.000 $, a cuarto de millón cada una de las once malditas páginas de la obra de Morán. Tal como comenta el autor en una entrevista concedida a El Confidencial:

Le escribí una carta [a Lara] porque nos conocemos desde hace mucho tiempo. Le planteé cómo era posible que hace 35 años hubieran sido capaces de publicarme un libro muy crítico con un Presidente del Gobierno en ejercicio [Adolfo Suárez. Historia de una ambición, Planeta, 1979] y ahora no quieran publicarme un libro por 11 páginas dedicadas a la RAE. Es decir, un deterioro informativo importante. Me contestó que no era miedo a García de la Concha, pero que era un colaborador eficacísimo de la editorial, y añadió: el problema de tu libro son las 11 malditas páginas. […]

No estaría mal que el Grupo Planeta editara un diccionario de Colaboradores Eficacísimos de la Editorial, algo así como un Índex Collaboratorum Prohibitorum para saber qué juanetes nunca hay que pisar; seguidamente el Grupo implosionaría dejando un rescoldo editorial de autoayuda y superación, esos que nunca dan problemas porque lo ven siempre todo en rosa.

Si la operación es económicamente impecable –sacrificar un ladrillo que leerán cuatro enfermos como el que suscribe a cambio de más de 28 millones de dólares– el rendimiento en prestigio, imagen y credibilidad arroja un saldo negativo del que creo que Planeta no se recuperará. Sí, Planeta ha cometido fechorías similares en el pasado, pero es que los tiempos han cambiado y una buena prueba está en el sacrificio de un autor como Gregorio Morán por una bolsa de monedas. Hace diez años de esto nos enterábamos el puñado de lectores de la sección de cultura de los periódicos; hoy se entera incluso aquél a quien el tema le importa un pito. Hace diez años Planeta enjuagaba este desastre de imagen con una ofensiva publicitaria y de relaciones públicas; hoy no queda dinero para eso.

Planeta se ha expuesto a una crisis de credibilidad por unas decenas de millones de dólares; comparado con la facturación del grupo, una nimiedad. En relación con la facturación –y las pérdidas– del negocio editorial, muy significativo. Están empezando a rebañar el fondo del barril, un barril grande, que da para mucho, pero que empieza a quedarse seco. Cuando una llamada de uno de tus eficacísimos colaboradores se interpone en el negocio y vale millones de dólares es que ha empezado el principio del fin de la Edición Soviética. Un fin que se atisba largo y doloroso.

Toda la vergüenza que está pasando Planeta no impedirá que el libro vea la luz. Si todo va como está previsto será Akal quien edite el libro y lo lance a finales de este año o principios de 2015. El eslogan que yo usaría se lo han servido en bandeja: el libro de Gregorio Morán que Planeta censuró. Unos lo leerán por morbo. Otros, los de siempre, lo leeremos porque será un buen libro. No debería ser necesario mucho más para editar un libro: que alguien con criterio crea que es bueno y merece ver la luz. Que la fortuna nos conserve por mucho tiempo lo que queda de la editorial Crítica, castigado sello que no merecía este bochorno.  movie Jungle Street (1961)Bonus Track 1: les recomiendo que pasen y lean La Mala Puta, lo que la Patrulla de Salvación escribió hace poco sobre el asunto.

Bonus Track 2: no se pierdan la intervención de Gregorio Morán en la charla “Sobre las nuevas formas de censura” acaecido en la librería Taifa de Barcelona el pasado martes. Vídeo gentileza de Valor de Cambio: https://www.youtube.com/watch?v=ndytT6CCBn4 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

One Comment

  1. […] Cultura y política en España 1962-1996’, el libro de Gregorio Morán editado por Akal que Planeta se negó a publicar por once malditas páginas. Lo primero que hice al terminar fue volver a leer la contracubierta porque tenía la sensación […]

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