España es uno de los pocos países europeos en los que uno puede alardear de ignorancia sin sonrojarse demasiado: antes al contrario, recibirá el apoyo de corifeos tan ignorantes como él y el de necios que a penas sí saben a quien y a qué aplauden. Si uno pertenece a algún gremio intelectual, en este caso a la Real Academia Española, sus palabras inspirarán a gente más destructiva todavía.

 

Arturo PérezReverte es un escritor famoso por haber sido corresponsal de guerra, autor de novelas de historia y, últimamente, polemista. Personalmente, más allá de alguna salida de tono, de él tenia una idea vagamente positiva: estuviera o no de acuerdo con él, tenia la impresión que argumentaba sus opiniones de forma más o menos sólida.

 

Arturo-Pérez-Reverte ha vertido en su blog:

 

[…] Tengo casi treinta mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro.

 

Son las últimas líneas de un artículo en el que expone su opinión sobre el libro digital. Su postura se resume así:

 

a/ El libro digital es un complemento del libro de papel y oponer ambos es ser un corto de miras.

b/ El libro de papel tiene unas virtudes materiales importantes a las que no hay que renunciar.

c/ Las virtudes del libro digital no son tantas y, además, uno se distrae con los links y los vídeos.

 

Este, con alguna que otra variante, suele ser el argumentario básico de la mayoría de escritores a los que he oído opinar sobre el libro digital. El primer argumento se basa en el desconocimiento: no se han detenido a meditar sobre el asunto. Cuando hablo de meditar me refiero, también y sobretodo, a documentarse sobre ello. Un escritor (se supone que) no escribe sin documentarse un poco o un mucho. Esa debería ser su costumbre intelectual al aproximarse a cualquier tema. Todo aquél que se ha preocupado por conocer en profundidad el potencial del libro digital no tienen duda alguna: sentimentalismos a parte, percibe el cambio de paradigma.

 

El segundo argumento es el sentimental. Es lícito, yo pensé lo mismo al principio. Todo lector asiduo piensa eso. Pero al poco de empezar a leer en digital, sea en un e-reader o en un iPad, las ventajas del software están tan por encima de los inconvenientes materiales del hardware que el sentimentalismo se reduce a eso: a simple nostalgia de un (presente) pasado quizá romántico, pero no mejor. La Iglesia Católica hizo lo mismo ante la invención de la imprenta, llegó incluso a prohibir inicialmente la impresión de la Biblia pues esa técnica no era lo suficiente noble, hasta que se dieron cuenta del potencial de control de masas –instruidas- que tenia el invento. El Islam tardó mucho más en darse cuenta: uno de los motivos del secular estancamiento musulmán fue su prolongada renuencia a la adopción de la imprenta.

 

En el tercer argumento entrevemos la ignorancia no resuelta tras la formulación del primero. Oiga, es que la tecnología del hiperenlace no permite la lectura sosegada y regular de un texto largo. ¡Como si todo link tuviera que ser clicado en cuanto uno lo ve! Desde luego, si esa es la forma que Pérez-Reverte tiene de navegar por Internet, va a necesitar hacer acopio de Biodramina. ¡Qué mareo! Pero no: del mismo modo que un martillo sirve para clavar un clavo o para machacarle la cabeza a alguien, así un link sólo me distrae de la lectura si yo decido seguir por ese camino. Nadie me obliga a clicar. Nadie me obliga a darle al play del vídeo. Nadie me obliga, tampoco, a comprar libros digitales demasiado enriquecidos –y de eso habrá que hablar otro día. Los que venimos de la economía de la escasez nos hartamos cada vez que pasamos por delante de un bufé libre. Pero en la nueva economía de la abundancia –sobretodo en la abundancia informacional- o aprendemos a seguir una dieta personal o nos perderemos.

 

Las ideas de Pérez-Reverte y las de muchísimos escritores son un mal síntoma. Se supone que aquellos que viven de escribir deberían ser los primeros en repensar el mismo hecho de escribir y publicar lo escrito. Pues… no. Demasiadas veces he oído a escritores decir que ellos no escriben para el público, sino para sí mismos. No hablo de conocidos míos que nunca han publicado nada: hablo de supuestos consagrados con diversas reediciones a cuestas. Quizá es ese esnobismo -al que le molesta la misma masa de la que vive- lo que no les permite percibir el signo de los tiempos. Son como aquellos monjes escribientes que, en sus scriptoria medievales, decían no importarles la imprenta, pues ellos escribían a mayor gloria de Dios. Hasta que desaparecieron.

 

Hasta hoy no me había planteado seriamente que los escritores fueran un freno a la edición digital. Hay excepciones pero, en general, no veo a las entidades representantes de los escritores abogar por la rápida transición al libro digital. Y les interesaría una transición rápida. Y les beneficiaría encabezar a ellos el cambio. Y, teniendo en cuenta que sólo un 4% vive sólo de lo que escribe, se podrían permitir el lujo de sufrir un par de años flojos… que en realidad no lo serían.

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

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