EQUIPOA

Hace un par de meses instalé fibra óptica en casa. Con ella accedí a un servicio de televisión por cable que incluye los canales en abierto y otros canales de pago. Entre otros servicios puedo alquilar películas y ver series de televisión. De su uso se desprenden algunas reflexiones aplicables a otros sectores en vías de digitalización, como el del libro.

Productos similares, modelos de negocio diferentes

La producción de una serie de televisión no es muy diferente a la de una película de cine. A finales del siglo pasado los productores de series empezaron a reclutar talento del séptimo arte y hoy muchas series igualan y superan en calidad técnica y artística a la mayoría de películas.

Hasta hace pocos años las series de televisión las veíamos en unos televisores más bien canijos con una calidad de imagen discreta y el cine lo veíamos en grandes salas de proyección con enormes pantallas. Por las series no pagábamos –en España, hasta la llegada de Canal+, sólo podíamos ver las series emitidas en abierto– y por el cine sí. Dos productos similares –aunque todavía muy dispares en calidad– tenían modelos de negocio muy diferentes. Nos parecía normal. No había otra opción, entendíamos que eran productos diferentes. En el mundo analógico eran cosas muy, pero que muy distintas. El cine era mágico. La tele era la caja tonta.

Cuando el cine se estrelló contra las operadoras de telefonía

La tele no acabó con el cine ni con la radio y ésta no acabó con los periódicos pero un día llegó Internet y alteró la realidad de todos los medios. Los periódicos viven una lenta agonía que ya sabemos cómo terminará, la radio rejuveneció y goza de relativa buena salud, la televisión bien, gracias, aunque sea a caballo de un montón de mierda ¿Y el cine? El cine vive atrapado en la oscuridad de las salas de proyección.

La tele (todavía) no ha acabado con el cine pero cuando una operadora incluye un servicio de tarifa plana de series de televisión la cosa se pone fea. Ya hemos visto que hoy cine y series son parejos en calidad; a misma calidad percibida –eso que algunos simulan no entender– mismo valor percibido por el cliente y de ahí similares precios. Cuando no podíamos pagar por las series pero sí por el cine la comparación era imposible pero ahora resulta que lo que me ofrece mi operadora es lo siguiente:

  • Películas: tengo que alquilar cada película por separado a un precio que oscila, aproximadamente, entre los tres y los siete euros. Tengo sólo 24 horas para verla, y una vez pasadas esas 24 horas, si quiero volver a verla debo volver a pagar.
  • Series: pago una tarifa plana de siete euros al mes y puedo ver todos los capítulos de todas las series en oferta –cada vez hay más– las veces que quiera. Si me trastoco y me da por ver el mismo capítulo de una serie veinte veces seguidas me costará lo mismo que ver veinte capítulos diferentes de veinte series diferentes.

Ni me he molestado en echar cuentas. Yo no veo mucho la tele pero con la desproporción en el precio y la calidad de las series hace mucho que no alquilo una película –no volveré a pisar un cine– y raramente veo programas que no sean grabados.

¡Es la economía de la atención, estúpidos!

Al principio no lo entendí; pensé que los siete euros mensuales eran por ver una sola temporada de una sola serie. Sólo así podía explicarme esa diferencia de precio y de modelo de ingresos: acostumbrado a la realidad analógica pensé que mi operadora había asimilado una película a una temporada de una serie. Salí de mi error al leer la letra pequeña; mi operadora me había instalado un grifo con el que ver series a chorro a un precio de risa al lado de un videoclub de los años ochenta.

¿Por qué? Sólo se me ocurre una respuesta: la industria del cine sigue atada a las salas de cine, a los exhibidores y, con ellos, a un modelo de negocio basado en la escasez. Insisten en que vayamos al cine y, si no lo hacemos, insisten en meternos en casa la taquilla del cine. Las series no son deudoras de ningún canal de distribución basado en la escasez y les basta con que el emisor de la serie les pague por ella lo que piden.

El medio es el mensaje, ¿recuerdan? Esta afirmación, casi un axioma, se ha desvirtuado hasta la saciedad pero aquí es válida. Una serie y una película son indistinguibles si las vemos en el mismo medio. Entonces una película se convierte en una serie de un solo capítulo muy largo y una serie se convierte en una película muy larga dividida en porciones. Producciones como la trilogía del Señor de Los Anillos están a medio camino entre una y otra: un trabajo de edición diferente –aunque nada sencillo– convertiría un metraje total de casi doce horas en una temporada de trece capítulos. A medio plazo dos productos similares no pueden tener precios muy diferentes y para saberlo no se requiere una bola de cristal, basta con conocer los fundamentos de la oferta y la demanda.

Del periódico al Smartphone

Todo contenido paquetizado por una operadora sufre un inevitable proceso de comoditización que lo lleva a entrar en colisión con otros productos. Parece muy nuevo, ¿verdad? No lo es. Encontramos antecedentes en el siglo XIX. Antes del cine, de la tele y de la radio sólo había un tipo de operadores de telecomunicaciones: los grandes periódicos. Eran operadores de telecomunicaciones porque eran el único medio con el que una gran masa de población alfabetizada podía informarse de lo que sucedía más allá del campanario vecino y porque, además, industrializaban todo el contenido bajo un único formato escrito y periódico.

Quiso la casualidad que, con este artículo a medio cocer, Blanca Rosa Roca hablara en términos muy parecidos en el último BookMachine aludiendo a la economía de la atención; una de las asistentes a la charla preguntó, de forma muy acertada, si una forma de adaptar la literatura a los nuevos medios para competir en la economía de la atención era trocearla y ofrecerla en porciones más atractivas. Blanca Rosa Roca estuvo de acuerdo. Yo también lo estoy. Eso era precisamente lo que los periódicos hacían en el siglo XIX, publicar novelas por entregas.

A medida que la alfabetización se iba extendiendo entre las clases más bajas se puso de manifiesto la necesidad –¿la oportunidad?– de ofrecer a este nuevo público lector una oferta a su alcance. Los libros eran relativamente caros –lo siguen siendo– no así los periódicos, que pasaban de mano en mano en locales públicos. El folletín francés empezó a industrializar la escritura de novelas ligeras y la innovación se extendió por Europa y América a medida que la alfabetización avanzaba. Esa literatura seriada, tenida por bastarda en su momento, estaba representada por autores como Honoré de Balzac y Alexandre Dumas, este último un auténtico industrial de la literatura con una legión de negros literarios a sueldo.

Contenidos muy variados compiten por la atención en smartphones y tabletas; algunos, como los vídeos de Youtube y los artículos en blogs y prensa digital, están bien adaptados. Otros, como los libros, no siempre encajan con los gustos de la mayoría de lectores porque lo que está cambiando es el mismo hecho de ser lector; una masa enorme de público lee en sus dispositivos móviles. Que no lean libros no significa que no pueda encontrarse un formato narrativo que se adapte a su forma de leer, un formato pensado y planificado como producto del mismo modo que las novelas por entregas del siglo XIX eran productos perfectamente consecuentes con su público.

Escritores, editores y libreros han ido, durante siglos, allí donde estaba el público. Adaptaron el formato a los hábitos de los lectores. Buscaron fórmulas rentables. Algunas de esas obras, otrora consideradas baja literatura, hoy son clásicos ¿Por qué ahora debería ser diferente? ¿Por qué pretendemos que los lectores que no leen libros lean los libros de siempre –aunque sean digitales– en vez de pensar nuevos formatos para ellos? ¿Por qué no competir por la atención en igualdad de condiciones –y de precio– con otros contenidos al alcance de cualquier Smartphone? El nuevo periodismo ha empezado a responder al reto con propuestas como Blendle o The Big Round Table, entre otras. ¿Sabrán hacer lo mismo los nuevos editores?

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional