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Trabajar en la periferia del sector editorial obliga, a menudo, a usar herramientas poco ortodoxas. No es raro que ciertas tareas dentro de la edición corporativa se lleven a cabo con procesadores de textos. Tal como Mariana Eguaras comenta en un par de artículos en su blog hay circunstancias que justifican optar por herramientas que cualquier editor profesional consideraría anatema. Dice Mariana:

Sí, aunque suene raro, parezca descabellado o creas haber perdido la cabeza :), también se maquetan publicaciones en Word. No se trata de publicaciones que sólo contienen texto de corrido, como novelas o libros de poesías, sino de documentos con gráficos, tablas, imágenes e incluso fórmulas.

En general se trata de documentación empresarial o académica destinada a públicos restringidos a los cuales les basta una presentación decente; suelen ser documentos que, como Mariana también comenta, es necesario mantener actualizados con frecuencia y agilidad por departamentos de comunicación, imagen o finanzas y para lo cual no tiene sentido operativo ni económico depender de un maquetador profesional. Los que hemos trabajado en los márgenes bastardos de la edición conocemos bien este terreno.

Con Mariana hemos bromeado algunas veces con esos autores que se autopublican y son tan brutos que maquetan sus libros en Word y los mandan así a imprenta. Hace tiempo que los autores autopublicados y las empresas de servicios usan plantillas de este tipo para maquetar novela pero hasta hoy se hablaba del asunto con la boca pequeña. Qué risa, ¿verdad? ¡Unos cabestros, no hay duda, así no se va por el mundo…!

Ya, bueno. No es tan sencillo.

Garbage in, garbage out

Cualquier sistema que tienda a la automatización y estandarización corre el riesgo de ser copado por elementos defectuosos porque la capacidad del ser humano para generar entropía siempre superará (casi) cualquier previsión concebible.

El negocio de Amazon descansa sobre la automatización y la estandarización aplicadas a unas economías de escala cada vez más grandes. A los seres humanos que trabajan en sus centros logísticos pueden tratarlos casi como a robots mientras no encuentren a un sustituto no humano que haga mejor su trabajo –imprescindible leer En los dominios de Amazon, de Jean-Baptiste Malet, Trama Editorial– pero con los autores que se autopublican mediante Kindle Direct Publishing (KDP) la cosa toma un cariz mucho más inquietante. El volumen y grado de detalle que Amazon ofrece a sus clientes es enorme: las instrucciones que facilita en su plataforma de autopublicación no sólo son redundantes y recursivas, además están redactadas para tontos que dispongan de mucho tiempo libre; no es que a todos sus clientes les falte un hervor, sólo quiere asegurarse que el nivel de dificultad sea tan bajo que no deje fuera a (casi) nadie.

Hay que aportar información al alcance de cualquier mentecato y de diseñar los procesos para que sea virtualmente imposible hacerlo mal o, en su caso, que la culpa sea siempre del cliente y sea fácil demostrarlo. Uno de los puntos más delicados del proceso de autopublicación es subir el contenido a KDP. Cuando sólo se publica en digital la solución es puramente tecnológica y por muchas instrucciones que demos el contenido del libro llegará a la plataforma con una cantidad variable de código basura. El sistema que procese ese contenido debe tener un estómago digital de titanio y cierta manga ancha con el código de salida; será inevitable que al entrar porquería por un lado salga algo de porquería por el otro. Lo importante, en cualquier caso, es que el lector no se de cuenta de ello. Amazon no lo consigue siempre pero su grado de acierto es remarcable y la experiencia de lectura suele ser, como mínimo, decente para el lector medio. Otras plataformas como Kobo también lo consiguen.

¿Qué sucede cuando en vez de un libro digital lo que queremos publicar en Amazon es un libro de papel? Hasta hace poco Amazon permitía publicar y vender libros de papel mediante Createspace, esto es, había que llegar con el trabajo hecho y el libro adecuadamente editado y maquetado; hace cosa de un año Amazon lanzó un nuevo servicio en fase beta, KDP Print, que prometía convertir cualquier libro digital en un libro de papel compatible con la impresión bajo demanda. No era un reto nada fácil.

Uno de los motivos del éxito de Ikea, además de adoptar economías de escala y eficiencia que redujeran drásticamente los costes –y de ahí los precios– fue decidir que el mayor coste que debe soportar una empresa, el factor humano, lo trasladaría en la medida de lo posible al cliente. En Ikea eso significa que es él quien recoge el mueble del almacén, se lo lleva a su casa y lo monta. No hay que ser un genio para hacer eso. Ikea diseña su web, sus tiendas y sus muebles para que el cliente haga el trabajo más costoso.

Amazon piensa del mismo modo y esta vez ha decidido dar un paso más. Saben que la práctica totalidad de sus clientes usa un procesador de textos, saben que muchos ya maquetaban sus libros –a su manera y con resultados opinables– con dichos programas y ahora ha decidido ofrecerles plantillas prediseñadas para encajar en su sistema de impresión bajo demanda. Hay hasta 16 modelos de plantillas en formato .docx (Word), su estilo es muy sencillo pero permite maquetar un libro –que sólo contenga texto– a cualquier usuario de ofimática.

Si no puedes automatizarlo que lo haga tu cliente

Amazon siempre ha vendido el concepto que con KDP el propio autor se ‘empodera’ y deviene autónomo. Ya sabemos que son espejitos de colores pero lo más importante es que funcionan por la misma razón por la que la gente está encantada de montar sus muebles. No hay que olvidar que el ‘do-it-yourself’ –originalmente un concepto anticapitalista– tiene un componente psicológico importante de autorrealización. Si eres un autor rechazado por las editoriales –o no quieres ni intentarlo– y logras autopublicarte tras superar el KDP de Amazon, puedes sentirte satisfecho; te habían dicho que editar era muy difícil y tu lo has conseguido. Que Amazon haya diseñado el proceso para desnudarlo de dificultad mientras permite conservar la épica –cada cual se engaña como quiere– no le resta percepción de valor.

La clave está, precisamente, en la percepción. Si Amazon y muchas otras plataformas de autopublicación tienen éxito es porque saben que un producto debe ser bueno pero no más bueno de lo necesario. La calidad que no puede ser percibida es un despilfarro para el fabricante. Todo cliente opera en términos de calidad/precio y cualquier compra debe compensarle aunque sólo sea desde un punto de vista emocional; los fabricantes de automóviles saben mucho de eso.

Amazon lleva años diciéndole al sector del libro que hay un estándar de calidad óptimo, que hay un margen dentro del cual todo gasto es inversión pero que una vez rebasado se empieza a tirar el dinero. Ahora ha decidido que las plantillas de Word entren dentro de ese margen.

La mayoría de mis lectores son profesionales del sector del libro y estoy seguro que casi todos se estarán tomando mal estas palabras. Lo que quiero decir es que ellos no son sus clientes; nosotros –los profesionales del libro– tenemos la vista entrenada para detectar gazapos de todo tipo y se nos ponen los pelos de punta ante viudas, huérfanas, calles o ríos, usos tipográficos deficientes y una descuidada corrección ortotipográfica. Para la inmensa mayoría de lectores nada de lo que he mencionado es un problema pero es que, además, lo que hace un texto más o menos legible se soluciona con una buena plantilla de Word. Debe ser buena, pero con eso es suficiente para editar y publicar decentemente la inmensa mayoría de textos para el público al que van destinados. Insisto: no para nosotros –los profesionales– pero sí para la mayoría.

De Amazon podemos aprender algunas cosas; no podemos competir con las mismas herramientas –para empezar nos faltarían unos cuantos miles de millones de euros– pero sí podemos avanzar en la mejora de la eficiencia. Una plantilla de Word es un buen espejo de cómo funcionan ciertas cosas: el autor debe limitarse a rellenarlas con su contenido, el resto lo hace el procesador de textos mediante la configuración de la plantilla. Nadie se preocupará seriamente de ciertas cosas porque no las va a ver; si es algo cuidadoso quizás contrate un corrector pero como no querrá perder el control sobre su obra insistirá en trabajar en Word. No olvidemos que todo escritor –si no es muy idiota– es también lector y sabe cómo le gusta un libro y puede ponerse en el lugar de otro lector. Con la ayuda suficiente –la plantilla y una buena batería de consejos– puede publicar un libro formalmente decente. De eso se trata. Sucede cada día.

¿Cuál será el impacto real de las plantillas de Word en Amazon? No tengo ni idea pero el contexto en el que vivimos encogerse de hombros debe ir seguido de ponerse el casco porque pueden empezar a caer cascotes. Lo que sí sé es que la autopublicación madura a un ritmo acelerado, que hay una comunidad enorme de autores que cada vez lo hacen mejor y que construyen audiencias cada vez más grandes para las cuales ciertos estándares de calidad no son un problema. En Francia casi el veinte por ciento de los libros ya son autopublicados; creer que eso no va a tener ningún impacto en los hábitos de consumo y en la percepción del lector es muy arriesgado.

¿Deben trabajar los editores profesionales con plantillas Word? No. No sólo porque, a pesar de todo, sea una mala herramienta para hacer libros, lo más importante es que en un entorno de producción profesional no es una manera lógica de editar y producir contenido en varios formatos comerciales.

La gran mayoría de editores profesionales se niega a automatizar la maquetación de sus libros de papel, eso si es que se lo han llegado a plantear. Es un grave error. Hoy en día hay procesos y herramientas que permiten mantener un estándar de calidad razonablemente alto, permiten ahorrar costes de mano de obra y además permiten exportar el resultado a cualquier formato comercial existente, desde la imprenta al libro digital. He empezado mencionando el blog de Mariana Eguaras y voy a terminar del mismo modo; si usted es editor y ha llegado hasta aquí debe leer los siguientes tres artículos escritos por Ramiro Santa Ana Anguiano –Director de Desarrollo de Nieve de Chamoy– que muestran una forma de trabajar que automatiza varios procesos; son largos pero muy jugosos:

¿Singlesource y online publishing, fuera de la realidad?

Cómo generar 4 formatos de un contenido en un día

El formato de una publicación, cuello de botella en la edición

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

4 Comments

  1. Me cuesta renunciar a la idea de que los lectores no aprecien una buena composición de página, con fuentes que facilitan la lectura, con párrafos trabajados tipográficamente para no distraer, con márgenes adecuados para no cansar la vista, etc., etc. Sin embargo, tal vez deba empezar a hacerme a la idea de que para algunos lectores y autores esto no es relevante. Si hay público para todos los géneros los gustos en la composición no serán la excepción. 😉

    Gracias por las menciones. Abrazo.

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    1. Hola Mariana,
      No es que no sea relevante, es que no es tan relevante como lo es para nosotros. Nosotros podemos dudar entre cinco tipos diferentes parecidos, los cinco igual de apropiados, mientras el lector encontrará adecuados los cinco. Creo que hay que cuidar la edición pero no más allá, o no mucho más allá, de lo prudente. Obviamente hay lectores más sensibles que otros y uno debe conocer tanto como sea posible a su público porque quizá sea de aquellos que sí valoran ciertas cosas pero serán una minoría.
      Gracias a ti por tu blog!

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  2. Raúl Marcó del Pont Lalli 6 julio, 2017 at 01:53

    Hola Bernat:
    Me parece muy relevante la entrada por un montón de razones. Una tiene que ver con que, en el concentrado e inmenso mercado de la edición de revistas académicas, el tema de la automatización tiene una larga trayectoria. No solo Amazon ha visto las posibilidades. Reed-Elsevier, Wiley-Blackwell, Springer y Taylor & Francis, entre los pocos mastodontes oligopóligos de los publicaciones sertiadas científicas y técnicas, llevan años usando marcación XML sobre los archivos Word, y han jubilado a Indesign, para tristeza y desempleo de muchos diseñadores.
    Los adecuados ejemplos de la entrada de Mariana Eguaras (https://goo.gl/i9WfuL) olvidan el marcado XML que permite generar archivos ‘madre’ (de alguna forma hay que llamarlos), que, con la aplicación sencilla de plantillas, producen html, epub y pdf (para web y para prensa) donde resulta difícil de identificar si vienen de Indesign o de XML-JATS, uno de los estándares.
    El marcaje es bastante parecido a lo que refieren los escritos de Ramiro Santa Ana Anguiano, pero con un sistema actualizado (más cercano a nosotros que las pantallas verdes que aparecen en esos textos y que creía, y desearía, olvidadas para siempre).
    En América Latina, y en especial en México, que es lo que conozco, la base Scielo (www.scielo.org.mx) tiene algún tiempo trabajando con este modelo, y los brasileños mucho más. De hecho, cuentan con un programa menos ‘verde’, llamado Scielo Markup (https://goo.gl/omNizp) para estas labores. ¿Y sobre qué trabaja? Sobre Word.
    Cierto, son artículos, no libros, pero la herramienta se adapta para textos de 20 páginas o de 500.
    Un saludo afectuoso

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    1. Hola Raúl,
      Efectivamente, la edición universitaria en general y las revistas académicas en particular hace años que vive en un entorno completamente diferente. No sólo los más grandes, también editoriales universitarias dieron el paso a la automatización por una pura cuestión de supervivencia y reducción de costes. No tengo ninguna duda que la edición comercial –entendida como aquella que vende libros en librerías– acabará dando el paso tarde o temprano pero cuanto más tarde tanto más va a sufrir.
      Gracias por tu visita!

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