L0037165 Artificial left arm Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Artificial left arm with shoulder straps. Made with leather and aluminium by W. R. Grossmith. Photograph 1937 Published:  -  Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Artificial left arm / Wellcome Library, London / Wikimedia

El mes pasado el HMRC, equivalente británico a nuestra Agencia Tributaria, empezó a mandar una carta a varios editores reclamándoles el IVA de los cuadernos para colorear destinados a adultos. En Gran Bretaña los libros de papel están exentos de IVA; eso significa que para la HMRC los cuadernos para colorear destinados a adultos han dejado de ser libros o nunca lo fueron.

Cualquier sistema tributario se sostiene sobre leyes que definen con toda la concreción posible aquello que sea debe ser gravado con un tributo. No importa cual sea la definición de libro que use la HMRC, lo importante es que su interpretación expulsa a los cuadernos para colorear destinados a adultos del paraíso exento de IVA.

¿Qué es un libro?

La definición de libro depende de la época en que haya sido redactada. Veamos qué decía la UNESCO en 1964 en su Recomendación sobre la Normalización internacional de las Estadísticas relativas a la Edición de Libros y Publicaciones Periódicas:

Se entiende por libro una publicación impresa no periódica que consta como mínimo de 49 páginas, sin contar las de cubierta, editada en el país y puesta a disposición del público

El mismo documento aclara qué no es un libro aunque se ajuste físicamente a lo descrito; catálogos, folletos, manuales, guías, mapas, partituras y un exhaustivo etcétera. Por eliminación podemos hacernos una idea de qué debían contar como libro con fines estadísticos las administraciones públicas de los diferentes Estados miembro a las que iba dirigido el mencionado documento.

La definición del Diccionario de la Real Academia Española dice en su primera acepción:

1.m. Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen.

Según esto, una agenda o un cuaderno escolar en blanco son un libro. Hay otras dos acepciones que añaden tantos detalles como confusión. La definición que aparece en el Artículo 2 de la Ley del Libro española es tan deficiente que cabe cualquier cosa; eso sí, con ‘carácter unitario’:

Libro: obra científica, artística, literaria o de cualquier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura. Se entienden incluidos en la definición de libro, a los efectos de esta Ley, los libros electrónicos y los libros que se publiquen o se difundan por Internet o en otro soporte que pueda aparecer en el futuro, los materiales complementarios de carácter impreso, visual, audiovisual o sonoro que sean editados conjuntamente con el libro y que participen del carácter unitario del mismo, así como cualquier otra manifestación editorial.

Si los funcionarios del HMRC usaran esta definición sería imposible dejar fuera de la exención del IVA a los cuadernos para colorear destinados a adultos y deberíamos considerar como libros productos bastante peregrinos. Yo me quedo con la definición de la UNESCO porque al menos intenta delimitar un perímetro coherente. En cambio, según la ley española, cualquier cosa con un lomo encolado –o grapado, vaya usted a saber– es un libro y el ‘carácter unitario’ de un cuaderno en blanco es defendible por la blancura de sus páginas.

La cuestión es que el HMRC está hilando muy fino en sus reclamaciones, tal como manifestó recientemente uno de sus portavoces:

There’s been no change to the rules. Children’s colouring books are entirely free of VAT and there are no plans to change that. We are meeting with publishing representatives shortly to discuss the VAT treatment of adult colouring books.

Los cuadernos infantiles para colorear seguirán exentos de IVA y los destinados a los adultos no. Interesante apreciación. Lo de ‘we are meeting…’ después de mandar las cartas de reclamación del IVA es una deliciosa muestra de eufemismo británico.

No debemos juzgar a los libros por su lomo

El cambio de criterio del HMRC parece cuestionable pero atiende a un aspecto cada vez más importante bajo el prisma de la lectura digital que llevó a la UE a decidir que los libros digitales eran productos de software y no podían estar exentos de IVA o disfrutar de cualquier modalidad reducida. Que sean los fiscalistas quienes marquen las definiciones dice mucho del estado de abulia de ciertas instituciones del libro que sólo se preocupan del problema cuando ya les ha caído encima. En España consiguieron ‘inspirar’ la redacción de una definición legal que lo incluye todo y no aclara absolutamente nada pero nuestros destinos fiscales se deciden allende los Pirineos.

Una industria no puede depender de la presencia o la ausencia de un lomo encolado ni de definiciones que se lo juegan todo a un encuadernador; la UNESCO ya lo tuvo claro en 1964 aunque sólo fuera por cuestiones de orden estadístico. Hace medio siglo el único libro concebible era el de papel pero pergeñaron una definición que excluía aquello que a efectos culturales y de alfabetización no convenía que fuera considerado un libro. Se metieron con el contenido.

Libros que nunca lo fueron

Todo producto basado en contenidos que entra en contacto con Internet tiende a mutar en servicio. Tras la aparición de Wikipedia las enciclopedias y diccionarios fueron abandonando su forma de libro porque Internet les permitía cumplir mucho mejor con su cometido y porque Jimmy Wales les obligó a ello.

Lo mismo sucede con los libros infantiles que poco a poco se convierten en aplicaciones para dispositivos móviles y con los manuales de cocina, de jardinería y bricolaje o con los libros técnicos y de texto: van abandonando el papel para buscar un acomodo en Internet acorde con su función y se está demostrando que la cumplen mejor.

Dejan de ser libros. De hecho nunca lo fueron. En su día el arquitecto Louis Sullivan dijo aquello de ‘la forma sigue a la función’ pero en el caso del libro como objeto funcional dicha máxima es incompleta si no se añade un corolario imprescindible:

La forma sigue a la función bajo su contexto tecnológico

Una silla es una prótesis cuya forma no variará mucho porque el culo humano y el resto de nuestra anatomía no están sujetos –todavía– a cambios que dependan de la tecnología. Un libro es una prótesis de conocimiento sujeto a la tecnología; mientras la silla no ha cambiado mucho en los últimos 5.000 años el libro –occidental– ya va por su quinta o sexta reencarnación tecnológica, la penúltima fue hace 500 años y la última esta teniendo lugar ahora mismo.

El problema del libro-prótesis es que sirve a una función cognitiva inmaterial para la cual necesitamos un soporte físico. Si la forma y la función de la silla se funden en el mismo objeto –aunque podemos sentarnos en otros muchos lugares– en el caso del libro esto nunca ha sido así. Del mismo modo que un pedazo cuadrado de arcilla es una baldosa –o un ladrillo– un cuaderno en blanco será cualquier cosa menos un libro. Sólo cuando hacemos algo sobre dichas superficies podemos empezar a plantearnos que eso sea un libro; ni siquiera eso será suficiente.

Desde antiguo cualquier contenido escrito sobre una superficie ha sido un libro en potencia. Lo fueron –y lo siguen siendo– la Epopeya de Gilgamesh, la Odisea, La Guerra de las Galias y la Biblia. Su carácter unitario –incluso en el caso de la Biblia– es incuestionable y es de las pocas bondades de la definición de nuestra Ley del Libro.

¿Para que sea un libro es suficiente que tenga carácter unitario? No. En el siglo V la cancillería imperial romana redactó un documento que hoy se conoce como Notitia Dignitatum en el cual se listan los cargos oficiales civiles y militares de ambas mitades del Imperio. Es un documento histórico excepcional, una ventana a la administración romana, su unicidad es indiscutible pero yo creo que no es un libro aunque posiblemente fuera redactado sobre papiro y nos llegara en forma de códice medieval –el original se perdió hace siglos. Hoy podríamos verter su contenido en un libro de papel pero eso no sería un libro. La UNESCO lo tuvo claro ya en 1964: una guía telefónica no debe ser considerada un libro.

¿Una enciclopedia era un libro? según todas las definiciones –incluida la de la UNESCO– lo era. ¿Se comporta como un libro? una vez hemos liberado al contenido de su corsé material estamos viendo su auténtico comportamiento como prótesis humana porque la parte relevante de dicha prótesis, la que la dota de sentido, es el contenido. El soporte físico es auxiliar. Un imperativo industrial ligado al contexto tecnológico de cada época. Durante 500 años el contexto tecnológico impuso el taco de papel encuadernado como imperativo industrial y eso homogeneizó una definición impropia: la Encyclopédie de Diderot no era un libro, ni siquiera una colección de libros. Ninguna enciclopedia lo ha sido nunca. Ha sido un objeto-libro, pero no un libro-contenido.

Cambiemos de perspectiva: ¿la Wikipedia es un libro? Es cierto que podría imprimirse pero el número de tomos de la versión inglesa sería absurdo –más de 7.000 volúmenes de 700 páginas cada uno– fantásticamente caro y perdería sus grandes prestaciones. Los enlaces los podemos convertir en citas y notas al pie pero con las aplicaciones lo tenemos más difícil: no se pueden imprimir sin perder prestaciones importantes. Todo libro que muta en aplicación –y no es un simple trasunto de lo impreso– deja de serlo… si es que alguna vez lo fue. El ejemplo más extremo pero más elocuente lo hallamos en los libros que han mutado a cursos: ni siquiera mantienen su unicidad más allá del tema del curso en cuestión.

La Wikipedia es una prótesis de memoria extendida, una herramienta para el volcado de contenidos que ocuparían demasiado espacio en nuestro cerebro si fuera posible que los contuviera. Todos los libros pueden cumplir esta función pero sólo los que antes de Internet cumplían con la simple función de indexado y almacenamiento –enciclopedias, diccionarios, atlas, guías, etc.– son puras prótesis de memoria extendida. Otros libros –los libros– nos cuentan cosas.

El deslinde al que nos enfrentamos tras la aparición de Internet debe basarse en ciertas cualidades del contenido, no sólo en si es escrito o puede ser encuadernado. Es una disyuntiva a la que debe enfrentarse la industria si no quiere que otros –los fiscalistas y las agencias tributarias– lo hagan por ellos. Ciertos límites serán ambiguos y algunas decisiones deberán ser arbitrarias pero yo empezaría por lo fácil, por aquellos libros que dejaron de serlo porque nunca lo fueron.

 

FIRMA 150

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

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