TGSS

Ningún sistema puede ser mejor que el más imbécil de sus miembros. La imbecilidad tendrá efectos más adversos cuanto más alta sea la posición del imbécil en la escala jerárquica. Estados, empresas y clubes de petanca cuentan con su proporción habitual de imbéciles, pero su acción es especialmente peligrosa en los puestos de decisión de las Administraciones Públicas.

Para ‘imbécil’ tenemos varias definiciones. La que aquí aplico es la segunda acepción de WordReference:

Persona que molesta haciendo o diciendo tonterías

Todos podemos hacer imbecilidades, nadie está a salvo de hacer o decir tonterías. Cuando obramos de ese modo somos imbéciles. Eso no nos iguala a los idiotas que, también según WordReference, son tontos o poco inteligentes.

Una Administración Pública puede gobernar de espaldas a los ciudadanos –tarde o temprano lo pagará– pero no puede permitirse gobernar de espaldas a la realidad porque la realidad tienen formas mucho más imprevisibles y creativas de defenderse.

Varios imbéciles con mando en plaza en las Administraciones Públicas decidieron que los escritores jubilados deben elegir entre percibir la pensión o los ingresos provenientes de sus derechos de autor. Lo uno, o lo otro, pero no ambas cosas si no quieren arriesgarse a ser multados. No son idiotas, son gente instruida y con mucha experiencia en lo suyo pero desconocen ciertas realidades; lejos de querer conocerlas aplican la ley como si fuera un rodillo de amasar y lo único que amasan es la ira justificada de buena parte de la gente de la cultura. Cuartopoder resume así el problema:

Cualquiera que esté jubilado no puede cobrar más de 9.000 euros brutos de derechos de autor, por encima del salario mínimo, so pena de tener que renunciar a la pensión o, en su defecto, pagar una multa a la Seguridad Social. De resultas de ello, escritores como Antonio Gamoneda, Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald, también Premio Cervantes, se han visto multados porque sus derechos de autor rebasan esa cantidad. El caso ha saltado por la importancia institucional de los escritores, pero hay muchos otros, como Eduardo Mendoza o Javier Reverte, que ha llegado a decir que si escribes en España pierdes de seguro la pensión.

Apenas unos cuantos autores complementan otra fuente de ingresos –más o menos estable– para lograr vivir o sobrevivir. A muchos apenas les alcanza para alguna ocasional alegría. Llegar a los 9.000 euros es el sueño húmedo de la mayoría.

Este problema está relacionado con la percepción que las Administraciones Públicas siguen teniendo del trabajo. Sólo entienden que se pueda trabajar por cuenta ajena o por cuenta propia. Apenas hay modos –legales– de hacer ambas cosas a la vez sin complicarte la vida y sin que alguien, en Hacienda o en la Tesorería de la Seguridad Social, considere que eres sospechoso.

Regulaciones profesionales a parte, casos como Uber o Airbnb ilustran que hay un problema; en muchas ocasiones quienes prestan servicios mediante estas plataformas ya cuentan con otras fuentes de ingresos e incluso pueden ser asalariados. Aunque hay figuras legales que regulan la discontinuidad no se adaptan nada bien cuando ésta es imprevisible y esporádica o bien la penalizan.

Uno de los sectores que había resuelto (más o menos) el problema era el de los autores. La percepción de derechos estaba plenamente integrada en los usos tributarios pues, aunque no había forma de anticipar las ventas futuras de una obra, sí había forma de estructurar los ingresos para que fueran comprensibles para todos y fiscalmente transparentes. Pero el tope de los 9.000 € complica mucho la situación. Es una cantidad apreciable de dinero, pero repartida durante todo un año lo cierto es que no cunde tanto.

La mayor parte de nosotros intercambia tiempo por dinero. Los asalariados pactan con los empresarios unas cantidades a priori. Los trabajadores por cuenta propia dependen de sí mismos para conseguir ingresos y no saben qué cobrarán mañana, la semana que viene o el próximo mes.

El problema, como mencionan en Cuartopoder, tiene su raíz en el cruce de datos entre la Agencia Tributaria y la Tesorería de la Seguridad Social. He aquí otra duplicidad incomprensible: un Estado, dos grandes cajas distintas. Dos trámites. Dos mundos (casi) incomunicados. Que uno se pueda dar de alta como trabajador por cuenta propia en la Agencia Tributaria y tenga que ir a la Tesorería de la Seguridad Social a hacer lo mismo es un atraso injustificable.

Muchos se quejan de la dualidad entre contratos fijos o temporales; yo creo que otro gran problema está en no poder administrar –dentro de ciertos límites cubiertos ya por el Estatuto de los Trabajadores– nuestro tiempo como nos plazca, cobrar lo que queramos o podamos. Tributar de forma fácil y flexible una sola vez por nuestro trabajo –para que luego el Estado destine lo recaudado donde deba– no debería ser, hoy en día, tan complicado.

Aclaración: si tras leer este texto usted ha entendido que abogo por la desaparición de la Seguridad Social y defiendo un Estado (neo)liberal, vuelva a la escuela; padece usted graves deficiencias en comprensión lectora.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

  1. Para mí que exageras. No creo que la Administración Pública entienda que solo se pueda trabajar por cuenta ajena o por cuenta propia. Conozco a unos cuantos que “trabajan” para el Estado, forman parte de consejos de administración en empresas privadas propias o de terceros, hacen lo que quieren con su tiempo y cobran lo que les da la gana… creo que se llaman diputados y senadores (pero igual me equivoco). Un saludo y felicidades por el artículo.

  2. Es un asunto vergonzante.
    Un conocido, que se las da de liberal, comentó en su FB que era una ley de Zapatero, a lo que yo aduje que, si la ley no se ha derogado, es de todos y, como consecuencia, no importa quién la haya promulgado.
    Como quiera que se mantuvo en sus tesis y no tenía ganas yo de enrocarme en un peloteo absurdo, dejé la conversación, con lo que me ahorré tener que mandarle a la mierda.
    Una de las consecuencias de tanta legislación es que pasan estas cosas, que nos cogen desprevenidos y que, pese a ser abusivas, nadie se empeña en cambiarlas, sino sólo en hacer nuevas leyes.

    Conclusión: peor para ellos. Ya no intentaré publicar mi libro.

    Saludos Bernat

  3. Te veo crispado Bernat, serénate, un poco de humor en todo esto, la crispación no nos lleva a nada…

    Dice nuestro DRAE sobre la palabra “estado” : 16. m. desus. Casa de comidas de más categoría que el bodegón.

    Saludos cordiales.

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