PLANETA2

Beatriz de Moura ha decidido dejar de fingir y emprender una vergonzosa retirada de Tusquets confirmando la crónica de una muerte tantas veces anunciada y tantas veces negada. El Min(h)isterio de Deportes, Educación y Cultura –el orden de los factores no altera la ignorancia- acaba de fallar las subvenciones a las revistas culturales concentrándolas en aquellos que menos lo necesitan. Dos tontas noticias que tanto nos dicen del país en el que vivimos y de la cultura que sufrimos.

España pasó del franquismo a la democracia sin hacer los deberes. La Transición consistió en repintar la maquinaria franquista y hemos llegado a nuestros días con desconchones y herrumbre imparables. Los altos funcionarios del Estado y un buen puñado de políticos se cambiaron de chaqueta y siguieron a lo suyo. La divina progresía entró en rumbo de convergencia –que no colisión- con sus adversarios ideológicos y de esos lodos vienen nuestros polvos.

Dos paralelas son dos líneas que se juntan en el infinito; en la edición barcelonesa eso sucedía habitualmente en las fiestas de la alta burguesía. Coincidían el franquismo sociológico con los cachorros inconformistas, es decir, con sus propios hijos o los amigos de sus hijos –¡oiga, que el mío es decente pero va con rojas compañías que lo distraen! Una de esas fiestas era la gala de entrega del Premio Planeta y a ella acudían todos. Lejos de liarla parda se entendían perfectamente. Qué guapos, qué cultos, qué encantados de haberse conocido y volverse a conocer año tras año. Se mezclaba la gente de orden que admitía que un cambio era necesario pero a su debido tiempo con aquellos que decían ansiar el cambio pero de forma ordenada, no fueran los obreros –los de verdad- a cambiar las cosas por sí solos. Para dar color y negocio se traían amiguetes del otro lado del charco, que si lo de aquí mejoraba lo de allí estaba a punto de irse a la mierda con patrocinio de los chicos de Milton Friedman.

La cuñada de De Moura tuvo más estilo enajenando Lumen sin marear tanto la perdiz, Jorge Herralde se desprende poco a poco de Anagrama en un crepúsculo de señorial decrepitud mientras que lo de la Balcells no tiene quien lo escriba: ficha a su sucesor y luego vende el chiringuito. Los derechos de lo mejor de la literatura en castellano están en manos de un agente norteamericano. Dos orejas, el rabo, ovación y vuelta al ruedo.

Mientras tanto todo el mundo sigue convencido que Planeta es un grupo editorial. Planeta es un grupo editorial porque al patriarca le dio por los libros cuando podría haberle picado por las lavadoras o los motores de gasógeno. De haber sido así puede que hoy el octavo fabricante mundial de electrodomésticos se llamara Planeta. No fue así por caprichosos motivos; uno de ellos fue que el papel estuvo sujeto a estricto control estatal hasta finales de los cincuenta y en esas lides ayudaba mucho, muchísimo, haber entrado en Barcelona como capitán de La Legión. También ayudaba mucho, muchísimo, formar parte del franquismo sociológico altoburgués. No sé si vamos entendiendo lo de las paralelas. Otras líneas no tan paralelas, como las de los editores –republicanos- que ya lo eran antes de la Guerra Civil, ni tuvieron tanta suerte ni son tan recordados, véanse casos como el de Joan Sales. A parte de algunos historiadores de la cosa, en este país hemos olvidado lo que le debemos al exilio editorial si no en volumen, sí en calidad.

El patriarca planetario, marqués del Pedroso de Lara desde 1994, fue un superviviente que construyó un imperio. El problema de los imperios construidos por supervivientes es que no suelen sobrevivirles al estar hechos a su imagen, semejanza, limitaciones y contexto. Especial relevancia cobra el contexto en un país acostumbrado al qué hay de lo mío y a solucionar ciertos problemas de mercado en los despachos de la administración mediante el socorrido expediente de deme aquí una subvención –que en realidad no necesitan- o mónteme allá un concurso público a mi medida para ganarlo sin muchos problemas. No suelen liderar el sector sino que viven de él y agostan otros desarrollos.

Echar la cuenta de los sellos de supuesto prestigio que han pasado limpiamente a manos de grandes grupos como Planeta sin el mínimo sonrojo de sus divinos fundadores empieza a mostrarnos que detrás de ciertas posturas hubo mucha boquilla. ¿Editores comprometidos? ¿Con qué? ¿Con quién? Acaso diletantes de lo escrito y, por favor, que nadie confunda lo que estoy diciendo: sabían mucho de editar, publicaron títulos insustituibles de autores imprescindibles, pero creyeron que con eso era suficiente y no vieron ningún problema en pasarse con armas y bagajes a grandes grupos creyendo –o dejándose engañar conscientemente- que respetarían su alma editorial. Cada vez que Planeta compra un sello de prestigio veo a un millonario hortera comprando un Gauguin. Eso no es edición, eso son finanzas e ínfulas y pretender formar parte de una clase social que les tolera por su poder económico y político, no porque crean que ya son de los suyos. Que los hijos de nuestros progres editoriales no hayan sido capaces de seguir con la empresa familiar mientras los hijos del patriarca sí lo fueron es muy elocuente.

Se nos ha hartado con historias galantes y poco mentirosas en las que jóvenes editores de buena familia sorteaban la sórdida e hilarante censura; se nos ha mostrado cómo se secuestraba una tirada por aquí, o se mutilaba una obra por allá; se nos ha contado cuán cosmopolitas eran yendo de París a Londres, de Roma a Nueva York o descubriendo Cadaqués; poca atención hemos prestado a los que, además del tiempo y el dinero –que no tenían-, se jugaron el tipo importando ediciones clandestinas, editando títulos peligrosos cuya simple presentación ante cualquier censor hubiera terminado ante el Tribunal de Orden Público y con los huesos molidos al fondo de alguna celda.

Ah, sí… las subvenciones. La edición de este país sigue sorprendiéndose que ciertas cosas sucedan. El grueso de las subvenciones a la edición –sean de libros o revistas culturales- siempre ha ido a parar a aquellos que no las necesitan. La gran diferencia es que ahora hay tan poco dinero que prácticamente sólo se subvenciona aquél con línea directa con secretarios de cultura para arriba y un montón de pequeños y no pocos medianos quedan al pairo. Pero los que ahora lloran han participado siempre de un sistema fundamentalmente injusto que sólo les dio las migajas. Algún día entenderé el discurso esquizoide de ciertos intelectuales de la cultura que, si con una mano denuncian los aires bananeros de la gestión cultural española, con la otra piden subvenciones como si las otorgara una maquinaria administrativa escandinava. Si la gestión es tercermundista las políticas también lo serán. No se puede estar en misa y repicando, eso lo sabía muy bien el patriarca –y lo saben sus herederos- para los cuales engranar su política comercial con la política del mandarín ocasional es algo natural. Por eso a los grandes de España les gustan tanto los inventos del TBO como la Marca España, porque forman parte del pacto: tú me darás lo que necesito cuando te lo pida y yo hablaré bien de tus ideas de bombero cuando sea necesario. Quid pro quo.

No esperemos que las grandes empresas e instituciones españolas del libro cambien, porque no lo harán. Están hechas a imagen y semejanza de un sistema que las mima porque las necesita, porque propaga su visión única del mundo. Dejemos de hablar de cultura porque ellos no van a eso –nunca han ido a eso- pero se han sabido vestir con sus ropajes y muy pocos han visto a tiempo que el emperador iba desnudo. Dejemos de pedir que mejore la gestión porque no les han puesto ahí para eso. Dejemos de esperar nada de ellos –de las viejas glorias, de los grandes grupos, de las miopes instituciones, de los políticos de siempre- y quizás, sólo quizás, tengamos un futuro como industria. Aprendamos a andar sin sus muletas y se volverán tan innecesarios como irrelevantes.

Nota: que nadie confunda el culo con las témporas ni al grupo financiero con los buenos profesionales que trabajan en los distintos sellos de Planeta. No son lo mismo.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

9 Comments

  1. Cuánta razón en todo lo que escribes. A mí me duele por ejemplo la deriva de la editorial Martínez Roca. Hace unos quince o veinte años tenía una de las mejores colecciones de Psicología que había en España. Esa línea quedó completamente arrasada, y lo mismo está sucediendo con Paidós. Ya he perdido la esperanza de ver publicados libros imprescindibles de psicología; Paidós es un juguete roto dentro de Planeta. Gracias por esta entrada.

    1. Gracias a ti por tu visita y tu comentario!

  2. Julieta Lionetti 7 julio, 2014 at 18:17

    Hola, Bernat:
    Como solemos coincidir en muchas cosas, no puedo dejar pasar la vez que disentimos.
    Para que no haya suspicacias, declaro aquí que soy amiga de Beatriz de Moura y que su amistad me honra. Pero al margen de las lealtades personales, tampoco olvido la historia de Tusquets ni los años en que sus ediciones del Giacomo Joyce o de Aprendiz de escritor vinieron a alegrar la triste juventud de quienes vivíamos en otra dictadura, al otro lado del Atlántico, una que había cercenado la excelente edición que llevaron a Buenos Aires tantos exiliados españoles.
    No hace falta ser revolucionario para hacer mejor la vida de un puñado de hombres y mujeres. Basta con elegir buenos libros, si uno es editor.
    Llamar “vergonzosa” a la retirada de Beatriz de Moura es inhumano: Beatriz tiene 75 años, una edad a la que uno se ha ganado el derecho a retirarse a cuarteles de invierno sin darle explicaciones a nadie. Pero Beatriz también perdió a su compañero, a la persona que la acompañó e hizo crecer Tusquets de un proyecto caprichoso a una de las editoriales independientes que podían presumir tanto de catálogo como de ventas. Toni López desapareció de la vida de Beatriz (y del mundo de la edición) en un momento de cambio de paradigma en el que los retos se hacían cada vez difíciles y cuando había que desaprender lo aprendido para salir adelante.
    Que Beatriz de Moura haya reconocido de inmediato su incapacidad para enfrentarse sola a esos retos y haya encontrado otra casa para su casa no es una vergüenza: es una muestra de inteligencia y responsabilidad.
    Decir, después de haber nombrado a Tusquets y a Anagrama, “[q]ue los hijos de nuestros progres editoriales no hayan sido capaces de seguir con la empresa familiar mientras los hijos del patriarca sí lo fueron es muy elocuente” no es elocuente. Es un error garrafal y, una vez más, una falta de tacto que me sorprende de tu parte.
    Beatriz de Moura no tuvo hijos. Como no los tuvo Herralde. Como no los he tenido yo. Y tan libres que hemos sido de esta elección absolutamente personal y privada. No veo qué tiene que hacer en una crítica a la decadencia del sector la economía de reproducción biológica de los editores.

    Otro asunto es qué será de la editorial Tusquets dentro del gigante Planeta. Que las dinámicas del grupo la fagociten en el futuro es más que una probabilidad, teniendo en cuenta qué ha pasado con otros sellos independientes que han entrado a formar parte del conglomerado. Pero antes de ser tan amargo y desagradecido con alguien que nos dio muchos excelentes libros que leer durante decenios, considera la posibilidad de que si no era Planeta el beneficiario de este río revuelto que el mundo editorial en estos días, a Tusquets se la habría fagocitado el “Mercado”.
    Beatriz encontró una salida del atolladero. Que esa salida a largo plazo no te sirva a ti como lector no es algo que se le pueda reprochar a una señora que acaba de cumplir 75 años.

    1. Hola Julieta,

      Comprendo que disientas y te agradezco tu extenso comentario. Me permito hacer algunas matizaciones que harán nuestras diferencias menos notorias. En primer lugar todos tenemos derecho a retirarnos cuando nos parezca conveniente. La retirada de De Moura no es vergonzosa por el simple hecho de retirarse –¡sólo faltaría!- sino por confirmar lo que ella lleva años negando: Tusquets pasará a ser un sello más de Planeta y sabes mejor que yo lo que eso significa.

      En cuanto a los hijos: tienes toda la razón, si no hay hijos no hay herederos naturales posibles –yo mismo no pienso tenerlos, por ejemplo. Pero me he permitido la licencia de hablar de hijos haciéndolo extensivo a conceptos como herederos designados, discípulos editoriales e intelectuales, etc. No hablo sólo de descendientes directos sino de aquellos con suficiente talento como para hacerse cargo de cualquier sello de renombre. ¿Debemos creer que no hay dignos sucesores entre nuestra cantera cultural profesional? (y ya sé que puede ser difícil encontrar alguien que encaje). Pero, una vez más: libre es todo el mundo de hacer lo que quiera con su obra. Lo que pasa es que en función de su trayectoria y de, sobre todo, lo afirmado y sostenido durante ella, hay ventas que saben a renuncia. No es, pues, una crítica a la renuncia reproductiva, sino a la renuncia de buscar a quién pasar el testigo. Esa sí está justificada si tiramos de hemeroteca.

      Planeta también es el “Mercado”; no sé de qué mercado hablamos si no incluimos al Grupo. ¿O es que hay grupos editoriales mejores que otros en el momento de integrar sellos? Si es así, dudo que Planeta pueda mostrar un historial para presumir. De Moura empezó a vender partes de Tusquets a Planeta a mediados de los noventa y entonces no tenía 75 años, aunque luego, como sabes también mejor que yo, y mejor que yo conoces las razones –siempre muy respetables pero no por ello menos criticables- volvió a comprarlas.

      Espero haber aclarado lo vertido aunque entiendo también que no por eso estés de acuerdo conmigo. Sigo admirando la labor de todos estos grandes editores –en ningún momento he negado que lo fueran- pero se nos ha contado una historia con muy pocos matices, con demasiados buenos y malos de película y un discurso con frecuencia monocorde. Y eso ha hecho mucho daño al libro español.

      Gracias por leerme y por disentir.

      Un abrazo

  3. Julieta Lionetti 8 julio, 2014 at 12:25

    Gracias por tu respuesta.
    Cuando uno crea una empresa se entera de que esa persona jurídica tiene en su ADN el propósito de sobrevivir y sobrevivirnos. Los dueños y los socios de las empresas saben que una buena administración es la que haga sobrevivir a esa persona jurídica, aunque sus dueños y socios fundadores pierdan la propiedad sobre la misma.
    Dicho esto, las idas y vueltas de Tusquets y Planeta en los años 90 dieron como resultado la supervivencia de Tusquets como empresa. Nada que objetar, me parece, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de transacciones entre particulares.
    También hubo quien criticó a Herralde por vender Anagrama a un grupo italiano. Y quien desplumó a Esther Tusquets por capitular frente al gran capital. Y quienes lloramos con lágrimas juveniles la venta de Seix Barral a Planeta en el año 1982. Y otros, más añejos, que todavía imaginan qué habría sido de la edición española si Josep Janés no hubiese lanzado su Alfa Romeo a 140 km/hora al volver de una calçotada. Y así siguiendo.
    La vida de las empresas es bastante independiente de sus dueños. En realidad, el dueño de una empresa tiene la obligación de hacerla sobrevivir. Porque los libros, Bernat, por más que estemos cambiando de paradigma, son un negocio. Para los progres, para los de izquierdas y para los de derechas. ¿Qué los de derechas tienen una posición dominante en el mercado y por tanto la pasta para ir acumulando sellos y catálogos ajenos en un juego que poco tiene que ver con los libros sino con el negocio del libro? Bienvenido a la vida, Bernat.

    1. Hola de nuevo Julieta,

      Nada que objetar ante cualquier transacción, sea o no entre particulares. Que Planeta la gestionen personas de carne y hueso no convierte al grupo en un sujeto particular tal como lo entenderíamos –tampoco Tusquets- si habláramos de personas, pero asumo la acepción que le das.

      Las críticas ante la venta de Lumen o Tusquets no es la venta en sí, totalmente lícita. Insisto: el propietario de una empresa es libre de hacer con ella lo que (legalmente) le plazca. Si la venta de Tusquets o Lumen a grandes grupos se hubiera tratado como meras operaciones de negocios, yo no vería ningún problema: “Los señores A venden la editorial TalyCual al grupo PimPamPum del señor B y con ello consiguen embolsarse una cantidad apreciable de dinero”. Pero no es esa la versión que suele usarse. Lo que tanto B. De Moura como E. Tusquets nos dijeron es que vendían sus editoriales a los grandes grupos para asegurar la continuidad de la editorial, que con ello aseguraban la independencia de sus sellos –afirmación alucinógena que no se cree (casi) nadie- y que lo hacían todo por amor a la edición y la cultura. Afirmaban en ese momento, como lo habían hecho antes durante su larga vida profesional, que la edición era un oficio que iba mucho más allá de los negocios, que merecía un trato especial, etc. Y, pese a todo, venden a grandes grupos a cambio de una pasta.

      Insisto, remarco y recalco: para mí pueden vender sus editoriales a quien quieran; lo que me subleva es el doble rasero argumentativo, envolverse en lo especial y esencial de la edición culta y querer que el resto de los mortales nos creamos, a estas alturas de la película, que cualquier sello independiente sigue conservando su “alma” mucho tiempo tras ser adquirido por un gigante. Ejemplos hay a patadas, desde el primer tercio del siglo XX –o antes- que los grandes grupos tratan a los sellos que adquieren como simple fuente de recursos. Algunos grupos esperan a que el fundador de la editorial adquirida muera, pero no todos han tenido tanto tacto.

      Lo que creo que no has entendido de mi artículo es que aquí no hay derechas o izquierdas, sino que desde el punto de vista social el núcleo editorial culto en Barcelona nació, creció, se educó y se lo pasó bien en los mismos lugares en los que lo hizo el franquismo sociológico que dijo combatir, lo escribieron ellos en sus propias memorias. Ambos son dos caras de la misma moneda y eso, al final, se nota en muchas de las afinidades en las que han acabado convergiendo: defienden a pies juntillas los mismos postulados y la misma versión de esa época, algo que, por ejemplo, no veremos en Francia respecto a los colaboracionistas: quienes les combatieron de veras en el terreno de las ideas se les siguen oponiendo tras más de sesenta años y todo aquello que suena a editorialmente afín con el ocupante alemán no suele gozar de buena prensa. En España, la gente bien de ambos lados –en realidad un solo lado- han coincidido las más de las veces en olvidarse de los “otros editores”, los republicanos.

      Es por todo ello que afirmo que, en el terreno editorial y profesional, pese a deberles grandes obras, su afinidad con el franquismo sociológico –ojo, no con la dictadura- les delata y les impide seguir sosteniendo según qué postulados, especialmente si una gestión torpe de la comunicación de una venta acaba poniéndolos en evidencia.

      Vuelvo a recalcar mi admiración profesional ante su obra editorial, pero lo cortés no quita lo valiente: el final de la edición culta barcelonesa es de una decrepitud moral decepcionante. Y no estaría hablando en estos términos si ellos mismos no se hubieran llenado la boca de grandes palabras que, lustros y décadas más tarde, suenan a falacia. Ellos, tu y yo, somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.

      La vida es así, no la he inventado yo. No soy yo quien lo ignora.

      Gracias una vez más por un intercambio tan enriquecedor,

      Un abrazo

  4. Yo no podría definir mejor lo que usted ha expresado. No puedo añadir nada ni rebatirle nada, es perfecto lo expresado aqui. Un saludo.

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