Biblioteca_de_Catalunya_-_Sala_interior– Imagen: Biblioteca de Catalunya

Las redes de bibliotecas públicas españolas resumen, en ciertos aspectos, los vicios y virtudes de la gestión cultural en nuestro país. A la mayoría de nuestros políticos no le ha interesado nunca la cultura excepto para hacerse la foto; quizás por eso, porque las bibliotecas siempre han sido un asunto discreto y de poco relumbrón, nunca han metido las narices en ellas y han dejado a los técnicos trabajando en una relativa y bien aprovechada pobreza.

Tanto por lo que es como para lo que sirve una biblioteca pública es, hoy en día, un gran agente de cohesión social y de cambio cultural y tecnológico. A principios de los años ochenta en España había pocas bibliotecas públicas; apenas algunas redes privadas de uso público, como las de las cajas de ahorros y la iglesia, cubrían el hueco; el país tenía otros problemas más graves que resolver pero poco a poco se fue construyendo una red digna de tal nombre. Fuere porque regular lo que no existe sea fácil o porque quien pudo hacerlo quiso que nuestra red de bibliotecas se pareciera algún día a las de países más ilustrados, las modernas bibliotecas públicas españolas echaron a andar por un camino que, treinta años más tarde, las ha situado en una buena posición. El cambio lo contaba Lluís Anglada en un artículo en su blog(traducción propia del original en catalán):

Hace tiempo que las bibliotecas son un equipamiento deseado por cualquier municipio. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los municipios no querían bibliotecas o –en otras palabras- muchos otros equipamientos pasaban por delante en la lista de prioridades de inversión municipales. Hablo de los primeros años de la democracia restaurada, a finales de los 70 y principios de los 80. Ahora las bibliotecas son vistas por los municipios como un equipamiento de mucha proyección social, moderno y deseable. El cambio ha venido de la testarudez de pedirlas y de haberlas hecho bien cuando se pudieron hacer.

La buena salud de nuestras bibliotecas no está del todo consolidada, está amenazada por los recortes presupuestarios culturales y todavía es estructuralmente frágil pero cuenta con la complicidad de millones de usuarios; sobre esa fortaleza y sobre la oportunidad que brindan todos los cambios relacionados con el libro y su digitalización debemos ser capaces de construir una sólida red digital de bibliotecas públicas que combine lo mejor de ambos mundos, el analógico y el digital. Antes debemos reflexionar sobre qué es –y qué puede ser- una biblioteca.

¿Qué es una biblioteca y para qué sirve?

Según la actual Ley española del Libro, en su definición contenida en el Capítulo 1, Artículo 2, una biblioteca es:

Biblioteca: […] se entiende por biblioteca la estructura organizativa que, mediante los procesos y servicios técnicamente apropiados, tiene como misión facilitar el acceso en igualdad de oportunidades de toda la ciudadanía a documentos publicados o difundidos en cualquier soporte.

Y ofrece también una definición para biblioteca digital:

Bibliotecas digitales: son colecciones organizadas de contenidos digitales que se ponen a disposición del público. Pueden contener materiales digitalizados, tales como ejemplares digitales de libros u otro material documental procedente de bibliotecas, archivos y museos, o basarse en información producida directamente en formato digital.

La definición digital está implícitamente contenida en la genérica. Lo único que hace la segunda –además de confundir- es matizar el formato pero en ningún lugar de la primera definición se nos dice que los libros sean de papel. Otra inconsistencia de la segunda definición es que está presentada en plural cuando eso tendría más sentido en la primera: necesito una biblioteca física en cada pueblo –es decir, necesito muchas bibliotecas en una red pública- pero me basta con una sola biblioteca digital a la que se conecten todos los usuarios y todas las bibliotecas.

Las bibliotecas públicas y la iniciativa privada

La sencillez de la primera definición es lo que dota a la biblioteca de su potencial y lo que le permite asumir un rol integral en la gestión y difusión de la cultura. Las bibliotecas ya no son aquellos edificios de antaño, siempre demasiado escasos, en los que se custodiaban libros y periódicos, siempre demasiado escasos. El Capítulo V, Artículo 13, de la Ley del Libro, establece en su punto 4 que los servicios básicos de toda biblioteca serán los siguientes:

  • Consulta en sala de las publicaciones que integren su fondo.
  • Préstamo individual y colectivo.
  • Información y orientación para el uso de la biblioteca y la satisfacción de las necesidades informativas de los ciudadanos.
  • Acceso a la información digital a través de Internet o las redes análogas que se pueden desarrollar, así como la formación para su mejor manejo.

Si la biblioteca fue siempre el pariente pobre de la cultura española, la librería era la niña bonita. Agraciada por el apoyo de una intelectualidad que siempre ha confundido vender libros con garantizar el acceso a la cultura –en eso es indistinguible de la intelectualidad europea continental-, creó un ecosistema de venta muy especializado –la librería- que, una vez rota la preeminencia del libro de papel, ha situado a ésta en un brete muy difícil de superar.

Mientras una biblioteca a pie de calle es capaz de ofrecer cualquier servicio cultural –y con su asociación con centros cívicos y de atención primaria, también social- que se base en un contenido almacenable y transmisible sea éste analógico o digital, una librería a pie de calle se enfrenta al ocaso de su principal y casi único producto –el libro de papel- y a una competencia por la atención que lleva lustros –o décadas- perdiendo. En un ambiente de cambio rápido como el actual, la biblioteca parece tener un futuro prometedor mientras que el de la librería parece sombrío. Como escribía el librero y editor Alejo Cuervo en 1999 (Revista Gigamesh nº19, abril de 1999. Fragmento del artículo de presentación de los dos primeros títulos editados por Gigamesh):

La ciencia ficción y la fantasía son sólo una pequeña parcela de un ámbito mayor que sufre una crisis considerable: el papel como formato de ocio. La crisis no es sólo nuestra y afecta sobre todo a los productos impresos dirigidos a una audiencia mayoritariamente joven. Este tipo de audiencia dispone cada día de muchas más opciones de entretenimiento que el mero papel impreso, que no enumero pues todos las conocemos bien. No estoy diciendo que se esté dejando de leer, sino que el tiempo de ocio se reparte entre muchísimas más opciones. Para quien quiera considerarlos como tales, los “buenos viejos tiempos” no sólo no volverán, sino que cada día que pase quedarán un poco más lejos.

El efecto principal de esta situación en el género es lo que los americanos llaman el problema de la mid-list […], los libros “normales” con cifras de venta normales y con los que las editoriales construían mayoritariamente sus catálogos. La ciencia ficción se vende, hoy en día, mejor que nunca, pero la mid-list, al contrario, está encogiéndose a marchas forzadas.

Las bibliotecas no tienen los problemas con la mid-list que menciona Cuervo. En el actual contexto de competencia por la atención y de gestión de ventanas de venta y exhibición cabe preguntarse quién está mejor posicionado para dar un mejor servicio al lector a medio y largo plazo. Si la tendencia a la digitalización del libro se cumple –y las ineficiencias de la cadena analógica se agravan-, andando el tiempo no quedarán suficientes librerías físicas como para dar un servicio eficiente a los clientes.

Una de las claves de la crisis de las librerías es su dependencia del artículo que venden. Aunque parece obvio que una librería venda libros, no lo es tanto que tenga que vender libros de papel. En Europa los libros empezaron a ser de papel hacia el siglo XII –aunque en el Al-Ándalus ya se conocía desde el siglo X- y no fueron un producto mecanizado –mediante la imprenta- hasta el XV, pero materiales y técnicas muy variadas les antecedieron en varios miles de años. Los libros son de papel por imperativo industrial, del mismo modo que lo eran los de arcilla, papiro, corteza de árbol, caña de bambú o pergamino. Nada otorga al papel ninguna cualidad que lo haga especialmente idóneo para la transmisión y la comercialización de la cultura escrita. La crisis de la librería es, pues, la crisis de un imperativo industrial.

Por el contrario, la vocación de servicio público de las bibliotecas es sistémica, ajena a cualquier industria, y las lleva a estar donde están los ciudadanos, haya o no librerías, compren o no libros porque su uso los trasciende y les lleva a ser el centro de todo tipo de actividades culturales y cívicas. El día que las bibliotecas dejen de albergar libros de papel seguirán siendo bibliotecas. Lo importante para la biblioteca es tener usuarios, no clientes. De ahí que podamos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que las bibliotecas son mucho más rentables que las librerías, incluso en términos económicos directos. Tal como muestra el estudio El valor económico y social de los servicios culturales: bibliotecas publicado por FESABID:

La red de bibliotecas públicas, universitarias y científicas aporta a la sociedad entre 3.099,8 millones de €/año y 4.238,5 millones de €/año, dependiendo del sistema de estimación utilizado. Estas cifras equivalen a un Retorno de la Inversión (ROI) mínimo de 2,80 y máximo de 3,83€ por euro invertido, partiendo de unos gastos e inversiones anuales de 1.107,2 millones de €/año (INE, 2010).

Defender la rentabilidad de la inversión pública será clave en el futuro próximo, pues a medio plazo el creciente protagonismo de la biblioteca la llevará a entrar en colisión con algunos de los nuevos actores del libro y los más destacables son los servicios de lectura en la nube, como Nubico o 24symbols. Estas empresas ofrecen lectura en la nube a cambio de una tarifa plana, es decir, funcionan como bibliotecas digitales privadas: a cambio de una cuota mensual o anual podemos leer tantos libros como queramos –o podamos. Aunque hoy en día la oferta de estas plataformas es todavía muy limitada y por el momento se circunscribe al libro digital, es probable que esta crezca y se amplíe a la música y el cine. Llegará un momento en que la oferta privada colisionará con la oferta pública y viceversa; hasta hoy no había un modelo de negocio basado en el préstamo de contenidos diversos a cambio de una tarifa plana pero pronto la habrá.

Si las cosas siguen resolviéndose al estilo neoliberal imperante es posible que la empresa privada presione a favor de un modelo mixto, público-privado, en el que los títulos nuevos y los de fondo más reciente sean servidos por plataformas privadas –con subvenciones públicas para garantizar el acceso a las rentas más bajas- mientras que el sistema público se encargará de asegurar el acceso al resto de títulos, ya sea bajo un esquema de copago, o sin él.

¿Es preferible e inevitable el escenario descrito? No. No tenemos garantías que un modelo mixto público-privado funcione mejor que uno totalmente público que sí ha demostrado su eficiencia, eficacia y rentabilidad social. Tampoco es inevitable. Depende de los diferentes actores del libro el camino que tomen las bibliotecas públicas. Teniendo en cuenta el sistema de remuneración de licencias de las bibliotecas que veremos en el próximo capítulo y el de las plataformas de lectura en la nube como las mencionadas Nubico y 24symbols, a los editores y a los libreros les interesa trabajar con las bibliotecas o, en todo caso, también les interesa trabajar con ellas.

El gran éxito social de las bibliotecas: la cooperación

Para comprender mejor el gran atractivo social de nuestro sistema público de bibliotecas veremos algunas cifras del servicio de bibliotecas de Catalunya (datos de 2013, excepto si se indica lo contrario entre paréntesis):

Red de bibliotecas públicas: 359 + 11 bibliobuses

Total libros en bibliotecas públicas (aprox.): 14.000.000

Visitas: 25.356.484

Población con biblioteca en su municipio: 7.019.581 (92%)

Usuarios con carnet: 3.490.051

Documentos prestados (2009): 16.703.912

Libros y publicaciones prestadas (%, 2009): 55,10%

Ordenadores de uso público: 4.783

Accesos a Internet desde bibliotecas: 5.404.198

Actividades: 51.211

Clubes de lectura: 539

Miembros de algún club de lectura: 10.780

Fuente Datos 2013: Servei de Biblioteques de la Generalitat de Catalunya
Fuente Datos 2009: Idescat, Institut d’Estadística de Catalunya

Carme Fenoll, jefa del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya, suele decir que la red de bibliotecas catalana es el club de cultura más grande del país; la mitad de la población catalana dispone de un carnet de biblioteca, lo que dice mucho del uso y la rentabilidad de estos equipamientos. Lo mismo sucede si vemos el fondo total de libros y el total de libros prestados, la gran afluencia de visitantes –85.000 de media diaria- y la gran cobertura de la red, que alcanza el 92% de la población catalana. También es destacable que casi la mitad de los documentos prestados no sean libros ni publicaciones y que los accesos a Internet desde las bibliotecas se cuenten por millones, lo que demuestra que la biblioteca es percibida como acceso a contenidos que van mucho más allá de libros de papel. Finalmente, cada año se celebran una media de 140 actividades en cada biblioteca. Dudo mucho que la iniciativa privada pudiera mejorar esa rentabilidad social al mismo precio y obtener beneficios.

Hay un aspecto de la organización de las redes de bibliotecas públicas en España que parece disfuncional pero puede ser una de las claves de su fortaleza: su estratificación administrativa. En la base, cada municipio puede administrar su propio presupuesto bibliotecario y, si dispone de fondos, construir su propia biblioteca; las diputaciones son el nivel intermedio que conecta las bibliotecas municipales en una red funcional y contribuye a su dotación, construcción y mantenimiento; en la cúspide, las comunidades autónomas establecen el marco político funcional. Aunque no es raro que estos tres niveles deriven en cierto galimatías también obliga a todas las administraciones a pactar, a negociar, a ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres niveles es capaz de hacer nada por si solo. Por muy fuerte que sea una red bibliotecaria municipal –como la de Barcelona- si no se articula con el resto de bibliotecas públicas catalanas nunca tendrá los recursos suficientes para ofrecer un servicio variado y de calidad o bien, para conseguirlo, deberá dedicar unos recursos que pondrán en peligro su rentabilidad social. Un sistema público de bibliotecas es fuerte si está tupidamente interconectado, si las políticas funcionales contribuyen a su desarrollo y si los ciudadanos responden usándolas.

Que las bibliotecas públicas sigan siendo uno de los equipamientos culturales más rentables es algo que no sólo depende de sus usuarios ni de los profesionales que están al pie del cañón cada día. Depende también de (casi) todos los actores de la cadena de valor del libro de papel y de la red de valor del libro digital. En las próximas entregas veremos cómo potenciar todavía más el papel de la biblioteca pública.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

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