RICKS

Ciertos intelectuales tienen una visión sacerdotal de la profesión de librero. Creen que el librero es el garante de ciertas esencias culturales inmortales, eternas e inmarcesibles y a ellas debe dedicar cada uno de sus días. Olvidan que una librería es un negocio y que, para que un librero lo siga siendo, primero debe poder pagar las facturas y los sueldos. Estoy hablando de intelectuales como Rafael Vallbona.

Cada 23 de abril en Catalunya celebramos la Diada de Sant Jordi (San Jorge), nuestro Día del Libro. Cada año el Gremio de Libreros de Catalunya publica las listas de los libros más vendidos el 23 de abril en sus establecimientos agremiados. Cada año hay greña con esas listas; el año pasado el Gremio añadió una categoría de libros “mediáticos” escritos por autores que aparecen mucho en los medios de comunicación por motivos no siempre relacionados con la literatura. La lista tiene sentido si tenemos en cuenta que el tirón de ventas de dichos libros no siempre está relacionada con la calidad literaria del mismo. La creación de esta lista respondía a la indignación de los autores que han estado siempre al pie del cañón literario pero no contentó a nadie y este año el Gremio ha decidido eliminarla volviendo al habitual rasgado de vestiduras de los de siempre.

No se tuvo en cuenta el valiente gesto del Gremio de Libreros de Catalunya: su intención era aportar orden, coherencia y criterio a un circo que muchas veces está muy falto de todo eso. Crear listas es siempre clarificador; no recuerdo que nadie se lo agradeciera.

Contra el sistema –desde el sistema- se vive mejor

Hay intelectuales, como el escritor Rafael Vallbona, que nunca están contentos. Si uno lee sus artículos se da cuenta que vive cálidamente arrebujado en una visión cultural ortodoxa que le permite ser un antisistema de sillón; aluden a una futura epifanía cultural que saben que nunca llegará, por eso les resulta tan fácil su manierismo.

Rafael Vallbona, pese a todo, cuenta con el altavoz de más de un medio de masas. Uno de ellos es el micro espacio Factoria sensible, de Catalunya Ràdio. Una vez por semana puede hablar de lo que le apetezca a una audiencia de centenares de miles de personas, algo que está al alcance de muy pocos. El día 30 de abril decidió rajar –no se me ocurre mejor adjetivo- de las listas del Gremio de Libreros valiéndose de las trampas habituales en estos casos. Para verlo les transcribo su alocución que, además, pueden encontrar en catalán en su blog. La traducción al castellano es mía:

Las listas de los libros más vendidos convierten al lector en gregario, le uniformizan el gusto, fijan criterios de prioridad arbitrarios y miden el talento creativo a tanto el kilo de papel. Si estas listas las hace un diario o el chino de la esquina, pues qué le vamos a hacer, libres son de hacerlo. Lo perverso del tema es que estas listas las haga el Gremio de Libreros, que debería velar por la pluralidad de la oferta y no convertir la vis prescriptora de la que tanto presumen en una vulgar lista de la compra tutelada, cómo no, por los grandes grupos editores.

La primera frase nos permite medir la caja mental cultural en la que vive el señor Vallbona: el lector es un lerdo al que se puede manipular con una simple lista. Ese lector platónico está indefenso, atado en su caverna de idiocia e ignorancia. Suponemos que la liberación de las listas permitirá salir a ese lector a la luz y ver el mundo tal como es.

Dice el escritor que es lícito que un periódico o el chino de la esquina (sic) hagan las listas que quieran, pero que los sacrosantos libreros no, ¡que de ninguna manera! porque eso atenta contra la pluralidad de la oferta libresca. Agrega que las listas del Gremio están tuteladas por los grandes grupos editoriales. Que yo sepa, las listas del Gremio se basan en las ventas de aquellos agremiados que deciden compartirlas y, si hay cocina –que la hay- esta es meramente estadística. Podemos discutir si los libreros que participan en la muestra son más o menos representativos, pero meter ahí a los grandes grupos es, como mínimo, arriesgado. Para alguien que ha participado y ganado varios premios literarios su sorpresa me recuerda a la del capitán Louis Renault en Casablanca: “¡He descubierto que en este local se juega!” ¿recuerdan?

Prosigue Vallbona:

Hay todavía una versión más tramposa de las listas de los libros más vendidos, publicarlas antes de Sant Jordi, adelantándose a la elección insobornable del comprador y dando por hecho que el gremio, que es así de chulo, sabe más que nadie qué nos conviene leer.

Siempre habrá una lista antes de Sant Jordi, que será la del mes de marzo. Pero incluso si los pérfidos libreros publicaran una lista la víspera del Día del Libro, dicha lista seguiría siendo útil a una parte de su clientela, la que siempre compra bajo el criterio del resto del público. Hay una parte de la clientela que es gregaria, como lo somos todos en algún momento de nuestra vida: por diversas razones a mucha gente le encanta meterse en locales que ya están llenos o esperar lo indecible para conseguir determinados productos. O leer libros que han merecido la compra de sus congéneres.

Lo más sorprendente de la argumentación del señor Vallbona es que, mientras en el párrafo anterior el lector era poco menos que un idiota, ahora es capaz de una elección insobornable. ¿En qué quedamos? O bien es un tonto voluble, o bien es impermeable a la manipulación –que es lo que yo entiendo por insobornable- y, en tal caso, goza de sublime sapiencia.

Vallbona no pierde la ocasión de convertir todo esto en algo personal:

A ver qué gracia le haría al señor Antoni Daura, presidente del Gremio de Libreros, que un grupo de lectores publicara días antes de Sant Jordi la lista de las mejores librerías del país; dónde tratan mejor al cliente, dónde saben más y dónde vale la pena comprar, y la suya no apareciese por ningún lado. Seguro que protestaría por atentado al libre mercado, manipulación y no sé cuantas coses más. Pues para los escritores sus listas son lo mismo.

Si esta lista de librerías no existe invito al señor Vallbona que la cree, porque es muy necesaria. Parece que por fin va entendiendo en qué consiste esto de las listas: es una forma de aportar un criterio, un orden, de hacer el mundo algo más comprensible para una parte de los lectores, no para todos. Es un orden discutible, como discutible lo es todo en este mundo, pero no censurable. Si en esa hipotética lista de librerías no apareciera la del señor Daura le estaríamos haciendo un favor, porque el presidente del Gremio contaría con datos que le permitirían reconducir su negocio.

¿Las listas son ofensivas para los escritores? Pero, ¿no habíamos quedado que las listas atentan contra la libertad de elección de los lectores? Ah, no, bueno, claro… si una lista me deja mal –o ni me deja, porque no aparezco- eso es fatal para el negocio, especialmente si resulta que la lista se limita a publicar las ventas. ¡Cuántos escritores de cierto lustre se niegan a publicar sus cifras de ventas por miedo a mostrar su menguada realidad!

El último párrafo es de traca:

Si el Gremio quiere hacer algo por la literatura catalana, haría bien en eliminar las listas de libros más vendidos y evitar agravios perversos. Hacer listas, limpias o manipuladas, sólo es una vertiente más de un espectáculo que debe seguir, está claro, pero culturalmente no va a ninguna parte. Y no es necesario disfrazarlo haciéndose los buenos prescriptores. Es de risa.

Culos y témporas, gimnasia y magnesia. ¿Qué tiene que ver el Gremio de Libreros con la literatura? Lo digo en serio: un librero debe vender libros y la mayoría de libros que vende –sí, la mayoría- ni siquiera entra dentro de la definición de literatura. Supongo que ahí debe estar parte del problema: en las listas del Día del Libro la mayoría de libros no son literarios porque la mayor parte de los lectores no compran literatura, compran otras cosas que, por cierto, no siempre son basura.

Hacer listas no tiene nada que ver con la cultura, efectivamente. Se hacen listas de los más vendidos, no de los más apreciados, o mejor valorados, o más epatantes, o de los más rebeldes porque el mundo les hizo así, o de los autores malditos que secretamente desean que sus libros aparezcan el número uno de las listas. Para que un librero siga siendo librero lo primero que debe hacer es sobrevivir. Para sobrevivir debe vender lo que sus clientes le piden. Una vez lo consiga y asome la nariz fuera del agua, si le queda tiempo y ganas, igual se decida a hacer algo por la literatura. Lo más injusto de todo esto es que el Gremio de Libreros –al que servidor ha dedicado críticas mucho más severas pero más argumentadas que las del señor Vallbona- y las librerías de este país se desviven por organizar actividades relacionadas con la literatura.

Si los escritores como Rafael Vallbona quieren pelearse con la realidad no deben tomarla con los libreros, que suficientes problemas tienen. Sería deseable, edificante y provechoso que dejaran de llorar, que abandonaran sus cómodos postulados defensivos y que empezaran a replantearse la cultura con propuestas valientes, integrales y ajustadas al mundo que les ha tocado vivir. La vida cultural es así, es jodida, pero no se la han inventado los libreros. No les encierren en una dorada cárcel cultural si no quieren matarlos de hambre.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

  1. A muchos profesionales que andan entre libros ni siquiera les gusta leer. Es así. A otros les apasiona, pero son los menos. Esto es extensible incluso a los bibliotecarios. Una lástima para los lectores. Un despilfarro. Dios da garbanzos, a veces, a quien no tiene dientes.
    Cierto, la librería es un comercio y el librero, un autónomo que, como otros tantos, lucha panza arriba para salvar su pellejo. Su tenderete. Ídem para el editor. En cuanto al bibliotecario, un funcionario más.
    Los libros deberían estar en manos de amantes de la lectura, de la literatura. Las listas de los más vendidos, también. Pero ya estamos en la utopía.
    Y como alguien tiene que hacerlas, esas listas, lo mejor es no hacerles mucho caso (pudieran ser tontas), y dejarnos guiar por el instinto o seguir las recomendaciones de quienes sí disfrutan del placer de la lectura.

    1. Yo no les hago ningún caso, pero claro, yo leo ensayo, casi nunca novela. Y el tipo de ensayo que leo nunca suele aparecer en ninguna lista. Pero hay muchos tipos de público y los hay para los que las listas son un referente. Debemos respetarlos, los profesionales del libro viven de todos, TODOS los lectores, no sólo de los más selectos.

      Gracias por pasarte por aquí!

  2. […] unos días publiqué una crítica a una de las arengas radiofónicas que Rafael Vallbona dirige a la ortodoxia cultural en la que él […]

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