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Puede que no sepamos nunca cómo hemos llegado a ser los líderes europeos del absurdo, pero necesitamos explicar el desaguisado en el que estamos metidos. A la vista de los datos podemos estar bastante seguros que no hay una sola causa. A mi entender concurren, como mínimo, tres: un marco legislativo restrictivo y obsoleto, una delirante sobreoferta editorial y una realidad económica muy española.

Primero las presentaremos y al final sacaremos conclusiones:

Legislación aplicada al libro. No será la primera vez que afirme que nuestra Ley del Libro está en el origen de los males que afectan a la industria que regula. La ley impone el precio fijo y un sistema de descuento: el editor pone el PVP, del cual cede una parte del margen al distribuidor que a su vez hace lo mismo con el librero. Dicho PVP no es elástico y el librero no puede gestionarlo en función de la demanda: si un libro no se vende es devuelto al editor sin posibilidad que el librero aplique un descuento, a no ser que el editor decida aplicar el mismo descuento a TODAS las librerías de España.

El editor se ve obligado a mandar a paseo la eficiencia. Sabe que para vender 600ejemplares –o menos- debe imprimir 1000. Sabe que pronosticar el éxito de un libro convierte la quiromancia en una ciencia exacta. Sabe que la distribución se lleva un margen oneroso y las devoluciones son una bomba de relojería. Sabe que el PVP es inamovible. Sabe que no puede ser creativo con los canales de distribución y venta. Todos estos factores le llevan a una política de precios defensiva: el libro es caro porque incorpora todas las rigideces e ineficiencias de la cadena, una detrás de otra.

¿Cuál es el efecto sobre las librerías? Mantener unos precios artificialmente altos ha protegido los márgenes y ha permitido apuntalar las cuentas de muchos pequeños establecimientos que, de otro modo, no hubieran vendido libros. El best-seller ha sido atractivo para el pequeño establecimiento porque era -¿lo sigue siendo?- un producto previsible y seguro en comparación con otros.

Burbuja editorial. Ya he comentado en alguna otra ocasión que la situación de sobreoferta editorial se parece a una burbuja especulativa. Dicha burbuja empezó en los años noventa del siglo XX, cuando los accionistas de los grandes grupos editoriales exigieron rentabilidades impropias del negocio. En un mercado de precios fijos sin incentivos a la demanda, y una vez descartada la posibilidad de una mejora diferencial del producto –que un libro esté bien o mal escrito no es un argumento de venta suficiente y su calidad material no es apreciada por la mayoría de la clientela-, lo único que pudieron hacer es aumentar la rotación. Empezaron a publicar cada vez más títulos. Ya que no podían obtener más dinero por cada libro vendido –pronto agotaron las pocas eficiencias que les ofrecían las economías de escala- pretendieron que el mercado comprara más títulos diferentes. Sobre el papel la idea era buena. Pero tenía problemas.

Todo mercado sometido a una burbuja está condenado a agotar la demanda en poco tiempo. Los lectores no pudieron comprar más porque no podían leer más; la lectura es una actividad que exige tiempo y es de dedicación exclusiva. Aumentaron las devoluciones. Un mercado normal hubiera sufrido una contracción temporal, la oferta se hubiera ajustado a la demanda, volviendo al crecimiento vegetativo propio del sector. Pero el del libro no es un mercado normal: aunque las compras del librero son en firme –no en depósito-, si un libro no se vende puede devolverlo y recuperar el dinero. Cuando empezaron a crecer las devoluciones los editores no pudieron o no quisieron devolver el dinero pues eso, en las mejores casas, mandaba a paseo unas cuentas de resultados que los inversores deseaban ver crecer año tras año y en las no tan mejores acababa con el negocio; en el ínterin, la tirada media fue menguando y, con ella, la rentabilidad por ejemplar. Solución: en vez de abonar las devoluciones, ese dinero se convertía en ventas de nuevos títulos. El sistema se sostenía porque siempre había más títulos nuevos y en cada nuevo título los libreros inyectaban dinero fresco en una espiral perversa: con los títulos entraba el dinero necesario para seguir hinchando la burbuja que les permitía ir aumentando la rentabilidad. Entre editor y librero había un colaborador necesario, el distribuidor, dispuesto a mantener en marcha la burbuja porque le proporcionaba pingües beneficios aplicando márgenes aquí y allí, jugando de paso con el flujo de caja.

¿Cuál es el efecto sobre la librería? Aumentó la rotación, se amplió el espacio dedicado a los libros más comerciales y de salida más fácil y se redujeron los títulos de fondo. Globalmente empezaron a venderse menos libros pero, como todavía se vendían bien los de mayor rotación, que a su vez dejaban mayor margen a cada uno de los actores, el invento se sostuvo… un tiempo más. Así fue como llegamos a la crisis económica con una red de librerías enorme basada en unos endebles mimbres; muchas –el 21% mencionado- no soportaron ni un ligero descenso de ventas.

Industria turística. Hablar de turismo en un tema como éste puede resultar absurdo, pero viendo el número de librerías que facturan menos de 150.000€ (47% del total) una posibilidad es que muchas de ellas sean estacionales. Según el Mapa, este tipo de librería es habitual en las localidades de menos de 25.000 habitantes. Cuadra tanto para aquellas localidades sin turismo en las que la librería vende de todo, como aquellas en las que su población se multiplica por diez o por veinte en temporada alta.

Obviamente la oferta de estas pseudolibrerías está muy determinada por lo que pide su público: best-seller, entretenimiento y libro turístico y/o de regalo, es decir, alta rotación. Alguien podría argüir que la compra de libros por parte de los turistas es marginal, pero ojo: según el Instituto de Estudios Turísticos en 2012 se registraron más de 57 millones de pernoctaciones de turistas extranjeros (una pernoctación no equivale a un turista, lo habitual es que cada turista pernocte más de una noche en España). Si sólo el 1% hubiera generado una compra eso hubiera significado la venta de 570.000 ejemplares. Multiplicado por el precio medio de un libro (14,52€) eso arroja una facturación de más de 8 millones de euros. Sólo con que un 5% de pernoctaciones hubiera generado una venta –un porcentaje plausible- estaríamos hablando de 2.850.000 ejemplares y un negocio de más de 41 millones de euros. Repartidos por las aproximadamente 2.000 mencionadas pseudolibrerías, tocarían a 20.691€ cada una. Luego habría que sumar el negocio de los turistas españoles, el de los habitantes del lugar y el de otros productos diferentes a los libros y fácilmente tendríamos los entre 30.000 y 150.000€ de negocio.

Apresuradas conclusiones y arriesgados pronósticos

Resumiendo, hemos llegado a ser campeones del absurdo porque nuestra legislación blinda los precios, no permite rebajas ni incentivos, protege los márgenes del librero, fomenta el establecimiento defensivo, anticompetitivo e ineficiente de precios por parte del editor, no penaliza la ineficiencia del distribuidor ni el demencial volumen de devoluciones y ha fomentado una burbuja editorial basada en un dinero flotante, que no existe y de dudosa liquidación; para postre, nuestra industria turística vende una cantidad marginal de libros pero, teniendo en cuenta las distorsiones antes indicadas y el enorme volumen de turistas extranjeros, rinden pingües beneficios a muchas pseudolibrerías y las mantienen abiertas, al menos, una parte del año.

El resultado del delirio es una red de librerías enorme, dividida entre las de verdad y las pseudolibrerías; al final la Ley del Libro ha fomentado la supervivencia de miles de establecimientos enanos de sonrojante oferta y nula función cultural. Una red que ya no puede sostenerse porque el mercado ha dicho basta, incapaz de comprar más libros porque no tiene tiempo de leerlos y que, además, ni siquiera puede sostener el mismo ritmo de compra porque sufre una crisis económica muy profunda.

El dinero huye de los mercados en recesión. Hace años que le sucede a la edición española. Los editores no tienen dinero para liquidar las devoluciones, el librero ya no tiene dinero para comprar nuevos títulos, los lectores no tienen dinero para comprárselos al librero. Cada vez son más los libreros que sólo aceptan los libros en depósito. Muchos editores no pueden permitirse trabajar a depósito, no están bien capitalizados y en el banco se tronchan de risa cuando les ven entrar por la puerta.

Hace tiempo que sostengo que la digitalización se impondrá en España cuando se hunda la red capilar de librerías de papel. Pese a que los datos del Mapa podrían indicar que la red es más robusta de lo esperado, es justo lo contrario: no es lo capilar que debiera, la oferta está demasiado concentrada en pocos puntos, la mitad de la red está formada por establecimientos cuya oferta y facturación podemos considerar discretas –siendo misericordiosos. La eficiencia brilla por su ausencia, con una red tan demencial es imposible mejorar la distribución y los editores se las ven y desean para entender a qué puntos de venta deben prestar atención –aunque voces respetadas por el que suscribe afirman que en España sólo hay unas 500 librerías independientes dignas de tal nombre.

Paradojas de la crisis: si tuviéramos las suerte que las librerías que cerraran a partir de ahora fueran las adecuadas, es decir, aquellas que permitieran mejorar la ratio de librerías por habitante, mejorar la eficiencia en la distribución conservando la capilaridad, podríamos afirmar que a la red librera le queda mucho trecho de mejora. Pero no hay forma de forzar la suerte. Están cerrando las que van peor, lo dejan los libreros que tiran la toalla, los que se jubilan, los que no pueden seguir subiendo la persiana cada día. Mientras tanto miles de establecimientos venden libros como si fueran tomates o pelotas de playa.

¿En España hay 5.556 librerías, de las cuales 4.336 son librerías independientes? Sí y no. Sí, ateniéndonos a la definición del Mapa. No, si nuestra noción de librería es la de un negocio cultural especializado. Como, al fin y al cabo, lo que mide el Mapa son los puntos de venta de libros, daremos por buenas estas cifras. ¿Cuántas librerías deberían cerrar en España para equipararnos con Italia, un país con un índice lector y un tamaño comparables? Deberían cerrar algo más de 2.600 librerías. Si entre 2008 y 2012 cerraron en España unas 1.500, al mismo ritmo todavía nos quedarían ocho años de contracción de la red hasta alcanzar una ratio equiparable a la italiana, todavía por encima de la sueca y la alemana, pero mucho más saneada que la actual. Eso supondría una larga, amarga pero controlada contracción hasta 2020, especialmente si tenemos en cuenta que los índices de consumo del 2007 no volveremos a verlos en mucho tiempo… si es que vuelven algún día.

Claro, eso sería suponer que nos esperan ocho años de calma chicha, de atribulado pero suave planeo sin demasiados sobresaltos ajenos a la red, un cierre racionalmente ordenado –¿por la milagrosa mano invisible de Adam Smith?-, un descenso de la producción editorial hasta niveles sostenibles, una reforma legislativa bien hecha y a tiempo, para despertar un día en una Arcadia librera en la que vivir frugal y dignamente de la venta de libros (sonido de arpa y fundido a negro).

Siento tener que despertarles, lo que yo preveo es una pesadilla: van a cerrar las librerías inadecuadas, en los lugares inconvenientes, al ritmo equivocado, la lectura y venta digitales seguirán aumentando, la sobreproducción editorial no menguará o no lo hará como debería, la distribución seguirá a su bola y la legislación española no se reformará a tiempo. Pasaremos de una red hipertrofiada a otra profundamente disfuncional. Una legislación pensada para fomentar la cultura acabará convirtiendo los libros en productos banales, vendidos en miles de tiendas banales y en unos pocos cientos de dignas librerías. ¿Este es el escenario que queremos?

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

5 Comments

  1. […] – Puede que no sepamos nunca cómo hemos llegado a ser los líderes europeos del absurdo, pero necesitamos explicar el desaguisado en el que estamos metidos. A la vista de los datos podemos estar bas…  […]

  2. Ese es el escenario hacia el que podemos ir. En cualquier caso, me mantendría atento a lo que sucede en la periferia del sistema que es donde suelen darse las disrupciones iniciales.

  3. […] editorial son muchos y algunos de ellos se arrastran desde hace años (véase un buen repaso en una entrada del imprescindible blog de Bernat Ruiz Domènech), pero la feroz competitividad y la vorágine de […]

  4. […] Como afirmé hace tiempo en relación con los datos del Mapa de Librerías de CEGAL, es posible que en España sobren hasta 2.600 librerías –de las 4.336 independientes y del total de 5.556– para entrar en ratios de media europea. Además, tal como se desprende del análisis de los datos del Mapa, la mitad de las librerías independientes apenas alcanza una facturación de 150.000 € anuales. El tamaño, por si solo, no significa nada y una prueba de ello está en las pequeñas pero magníficas librerías que han abierto en Barcelona y Madrid. Un pequeño establecimiento con un librero muy comprometido puede facturar menos de 150.000 € y salir adelante con una oferta y servicio de admirable calidad. […]

  5. […] scripta manent (Mapa de librerías independientes en España (1): las demasiadas librerías y Mapa de librerías independientes en España (2): líderes del absurdo) que me han llevado al Mapa de Librerías Observatorio de la Librería en España Año 2013 […]

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