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En mi anterior artículo hablé de los lectores y de la actitud que como editores podemos adoptar hacia ellos. En este me centraré en los autores y sus motivaciones. No hablaré de literatura, sino de ensayo y libro académico. Para hacerlo tomaré como referencia un artículo de Daniel Cassany, filólogo, doctor en filosofía y profesor titular de Análisis del discurso de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, publicado en el diario El País el pasado 17 de abril.

Cassany comienza su artículo, titulado Confesiones de un autor pirateado, con los siguientes párrafos:

Vayamos primero a los hechos. Desde hace dos o tres años es corriente encontrar copias piratas de algún libro de mi autoría en los repositorios digitales. En enero del 2012, había en Scribd cinco textos completos en varias versiones, que sumaban un total de 8.000 descargas. Estaba Enseñar lengua, de 576 páginas, escaneado página por página, con el sello en varios lugares de la biblioteca de la Universidad de Concepción, en Chile. Mi asombro inicial se convirtió poco a poco en cabreo, más tarde en un cierto orgullo y finalmente en un “lo mismo da” y “déjalo estar”.

Por supuesto, avisé a mis editoriales, que escribieron al administrador norteamericano del repositorio y a los pocos días se habían eliminado dichas copias. Pero meses después se habían subido otras. O sea, esto es como las verrugas, que las quemas pero salen de nuevo. Algunas de mis editoriales han contratado los servicios de una empresa —”carísima”, dicen—, para limpiar la red, pero no parece que sea muy efectivo.

El artículo de Cassany, con el que estoy bastante de acuerdo, diagnostica con acierto la cuestión, pero no entra al trapo; al final se limita a decir que él es escéptico, que la edición tradicional se muere, se hunde. Como en la película E la nave va, una sociedad decadente y decrépita se precipita hacia su final sin que nadie quiera, pueda o sepa hacer nada. Él tampoco, aunque está acostumbrado a pensar sobre el lenguaje como herramienta y está familiarizado con el libro –ha escrito siete y ha colaborado en muchos otros- como vehículo de contenido y conocimiento. Sin embargo de ahí no parece haber sacado ninguna idea clara de lo que implica publicar un libro; no parece tener respuesta –o se la guarda- para una pregunta muy sencilla pero muy poderosa: ¿Por qué –o para qué- escribimos?

Hay varias respuestas a esa pregunta. Soslayando las más cercanas al ego, a veces una monografía es publicada como libro de ensayo más o menos divulgativo; otras, ve la luz como obra académica; las editoriales especializadas encargan libros con la intención de armar manuales universitarios. Las motivaciones de la literatura suelen ser más sencillas –aunque de fondo vital más torturado- pero lo vertido aquí también les aplica.

Pongamos que Cassany escribe por dinero. Crea, reúne, ordena y ofrece contenidos útiles y de aplicación directa en la profesión de muchos. El propio Cassany reconoce en su artículo que lo que él escribe […] tiene fecha de caducidad, como las enciclopedias o las guías telefónicas. O los yogures, esos que Arias Cañete se come caducados. Los libros también se pueden leer después de la fecha recomendada para su lectura y no pasa nada.

La remuneración por derechos de autor se parece mucho a la lotería, a la ruleta de un casino o a las subastas benéficas del Domund. Es una forma muy poco seria de valorar el trabajo del autor. Cuando nacieron los derechos de autor, a principios del siglo XVIII, tenía cierto sentido ofrecerle una parte de los beneficios del impresor –que hasta entonces hacía lo que le venía en gana- porque había muy pocos autores, el Estado los consideraba valiosos y deseaba proteger y fomentar su obra. La primera ley moderna que protegía sus derechos es el Estatuto de la Reina Ana y establecía un período de sólo 14 años, tras los cuales la obra pasaba al dominio público (pronto esos 14 se ampliaron a 14 más, hasta llegar al desaguisado actual). La idea era que el autor pudiera ganarse la vida a la vez que se le invitaba a seguir publicando, o de lo contrario en pocos años se quedaría sin ingresos derivados de sus obras. O pedaleaba o se caía de la bici. También se protegía al impresor-librero –la figura del editor estaba en mantillas- que decidía apostar comercialmente por la obra. Todavía faltaban un par de siglos para que los familiares del autor, a menudo poco más que una corte de aprovechados, pudieran vivir a su costa una vez muerto.

Hoy en día la situación se ha invertido: vamos más que sobrados de autores con talento en cualquier género. Ganarse la vida sólo escribiendo libros está al alcance de unos pocos privilegiados con más suerte que talento. No niego su capacidad, pero si se ganan tan bien la vida es porque en la moderna cadena del libro el ganador se lo lleva todo, el que consigue colocar un best-seller tiene muchos números de colocar el segundo, el tercero, el cuarto… etc. Es decir, que a la lotería de la remuneración se suma la ruleta del éxito, estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado, con el libro conveniente. No lo critico, sólo lo expongo. La inmensa mayoría de autores debe conformarse con ventas inciertas y ganancias tristes, convencerse que escriben por vocación y compromiso con lo que hacen, para aportar algo de luz en las sombras de la ignorancia humana. Al ego le va bien, pero la nevera no se llena con autoestima.

Citaré otro párrafo de Cassany:

Pero me gustaría seguir escribiendo y publicando en papel y en digital, en editoriales con proyección y buena distribución en todo el mundo. No es tanto el dinero que gano —alguna editorial hace ya dos años que no puede pagar—, como la posibilidad de lanzar un producto más elaborado, maduro y atemporal, que llegue a otros lugares y a audiencias distintas. Pero cada día está más difícil, porque las editoriales se tambalean, cierran las librerías, el libro digital no despega y cada año se venden menos libros…

Asombroso. El propio Cassany relata, unos párrafos antes, que sus libros se piratean en universidades y otros foros profesionales, esos mismos lugares a los que pretende llegar. Pero ahora nos dice que bueno, que vale, que tampoco es por dinero, que es para llegar más lejos y mejor a mucha más gente y más interesante; si algo demuestra la distribución ilegal de su obra, es que ésta ya llega donde él quiere. Entonces, ¿en qué quedamos? No hay ninguna relación directa entre la posibilidad de lanzar un producto más elaborado, maduro y atemporal y cobrar por ello. No suele ser necesario ganar más dinero para escribir mejor, que es lo que se desprende de las palabras de Cassany. Para escribir mejor u ofrecer un producto más elaborado lo que se necesita fundamentalmente es tiempo y de algo podemos estar seguros: ningún sistema de remuneración compensa a (casi) ningún autor por el tiempo que ha invertido en su obra ¿Necesita tener detrás una editorial potente, capaz de defender sus derechos de autor, capaz de distribuirle hasta en el fin del mundo y pagarle más que bien, para escribir mejor? Pues, desgraciadamente para él, las cosas ya no funcionan así. No me alegro por ello, me limito a describirlo.

La digitalización separa el éxito de público del éxito económico. Es el caso de Daniel Cassany: teniendo en cuenta que escribe para minorías, la difusión de sus obras –algunos libros se han reimpreso hasta siete o nueve veces- es admirable. El problema es que parte de dicha difusión se realiza al margen del sistema legalmente establecido y eso le perjudica económicamente… según el sistema de remuneración actualmente en boga. Cassany tiene un trabajo a tiempo completo por el que percibe un sueldo y los libros son un complemento. Por cierto, lo que él no menciona es que si puede escribir esos libros es, en buena parte, porque su trabajo está relacionado con el mismo tema con lo cual… es imposible saber qué parte de los libros escribe como autor independiente y cuáles los escribe como profesor de la UPF. Obviamente es imposible separar una cosa de la otra, esa mezcla forma parte de las reglas del juego y eso enriquece la obra de millones de autores. Dichos autores, como Daniel Cassany, deberían empezar a exigir el cobro por pieza, por encargo, dejando a la editorial que se gane la vida vendiendo los ejemplares, sean estos muchos o pocos.

Quizás debamos empezar a separar el hecho creativo e intelectual –escribir un libro- de su explotación industrial –editarlo y distribuirlo- porque con el cambio de paradigma ambos aspectos no siempre casan bien. Puede que los autores pierdan la posibilidad de recibir grandes e improbables ganancias, pero obtendrán la certeza de una remuneración segura. La lotería les toca a muy pocos. La mayoría se conforma –debe hacerlo- con mucho menos. Aunque no quiera.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

7 Comments

  1. Interesantísimo, pero ¿cobrar a tanto alzado?. Se supone que parte del sueldo y del tiempo de un profesor universitario está destinado a que investigue, y en el caso de las universidades públicas me parece que lo lógico sería que el resultado de esas investigaciones fiesen de dominio público y accesibles con la mayor facilidad posible. Otra cuestión es cómo va a poder financiar su investigación quien no es profesor universitario. Existen algunos blogs interesantísimos sobre historia, por ejemplo, que deben plantearse cómo financiar las investigaciones cuyos resultados publican, porque esas investigaciones conllevan a menudo viajes que de algún modo deberán financiar. Como dirían en México, “está pensativo”.
    El caso del ensayista es un poco como el del músico con los archivos de sonido o el poeta con los recitales, el libro puede reportarle prestigio y abrirle puertas a conferencias, cursos, etc.
    Por otra parte, y al margen de las cuestiones centrales, tengo mis dudas acerca de que las repeticiones casi sistemáticas de best séllers sea tan clara (miro la lista de premiados con el Planeta y me basta para ser escéptico respecto a eso).
    Y ya concluyo, pero Kobe Bryant juega a baloncesto porque le apasiona, no me cabe duda, pero nadie pensará que no debe pagársele para verlo jugar (sea en el estadio, sea a través de la tv).

  2. Supongo que la solución no puede ser tan sencilla porque la editorial también está implicada en el proceso de creación. Quizá con un ensayo el autor puede trabajar solo, pero hay muchos libros académicos escritos por diversos autores que están coordinados por un editor, por lo que en estos casos no se puede decir que la editorial se limita a la explotación industrial. Además, sé que hay autores que sí cobran por el encargo, con independencia de lo que se venda después.

    Y ahora voy a hablar como estudiante universitaria. He leído muchos libros académicos pirateados (más bien, fragmentos de libros). Sé que no está bien, pero hay que ponerse en mi situación: he pagado un dineral por créditos y otro dineral por los materiales de la propia universidad. Aun así, todos los años me encuentro con que todavía hacen falta más libros que no siempre están en la biblioteca. Comprarlos, además de un gasto que quiero evitar, sería poco útil porque lo que realmente tengo que leer son solo algunos capítulos y es probable que, una vez terminada la asignatura, no vuelva a tocar ese libro. Además, muchas veces lo que tenemos que leer son libros descatalogados por la editorial; si no tenemos lector digital, ¿qué alternativa tenemos a la piratería?

    A mi parecer, el problema está en la relación entre la editorial y la universidad. Si la universidad trabajara bien, podría comprar esos libros a la editorial o pagar un porcentaje por difundir fragmentos entre los alumnos. Con lo que pagamos por materiales, ya podrían hacerlo, desde luego. He encontrado algún profesor que lo hace y en ese caso pudimos disfrutar de un libro adicional sin pagar más por materiales. Lo que no puede ser es que los alumnos (que se supone que tenemos poco poder adquisitivo) tengamos que pagar créditos y materiales al matricularnos, y luego, al empezar las clases, comprar libros académicos carísimos de los que solo vamos a leer unas páginas. Otra opción sería potenciar el uso del lector digital en las universidades y poner los libros seleccionados para cada asignatura a un precio especial para estudiantes (la ganancia por ejemplar sería escasa, pero se venderían muchos ejemplares). En fin, estoy segura de que existe una solución para que el autor siga ganando algo sin que los estudiantes tengamos que gastarnos un dineral que no tenemos.

    Un abrazo.

    1. Ah, y quiero añadir que muchas veces los libros académicos que se nos “recomiendan” son los que ha escrito el propio profesor de la asignatura o los que se han publicado en la editorial para la que trabaja, algo que puede levantar sospechas. Ellos nos lo dicen entre risas (“No penséis que os lo recomiendo para ganar dinero yo, ¡je, je, je!”), como para quitarle importancia, pero la cuestión es que a veces esos libros se convierten en básicos para aprobar la asignatura. Entiendo que el profesor-escritor quiera ganarse la vida, pero esto tampoco puede ser, creo yo.

  3. Me gusta la idea, pero -si lo he entendido bien- sospecho que los editores únicamente ofrecerían pagar por adelantado a aquellos escritores u obras sobre las que pudieran sacar un claro rendimiento económico, con lo que no sé si la situación mejoraría mucho.

    Tal vez podría exigírseles algo parecido a una Responsabilidad Social, como empresas vinculadas al sector cultural, y exigirles anualmente una dotación presupuestaria para la edición de títulos “educativos”. Claro está que con la picaresca que nos caracteriza, nuestro mercado literario acabaría clasificando los libros de cocina o la historia del Real Madrid o el Barcelona, que tanto da, como libros “educativos”…

  4. a ningún arquitecto le pagan derechos por copiarle una fachada (y conste que no han dejado de intentarlo, jeje)… mucho menos, los tataranietos del copión habrían de pagarle derechos a los tataranietos del arquitecto por hacerlo… es que los arquitectos no viven (y algunos espléndidamente) de su trabajo? …el cambio de paradigma, como muy bien expone el sr Bernat, ha de plantear un cambio del modelo de retribución, aplazado sine die por una estéril aspiración de que las cosas no cambien… y es que ya han cambiado

  5. Ríos de tinta electrónica 26 abril, 2013 at 15:38

    Muy bueno el artículo.
    Si tenéis la oportunidad de leerlo, una serie de recomendaciones para mejorar la actual legislación en materia de derechos de autor. Entre lo más interesante, reducir la duración del mismo y mejorar el registro para evitar el creciente número de obras huérfanas.
    http://arstechnica.com/tech-policy/2013/04/five-ways-congress-should-improve-the-copyright-system

  6. […] ¿Lo peor de la literatura son los lectores? (2ª parte) | verba volant, scripta manent […]

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