Carlo Maria Cipolla afirma en Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Allegro ma non troppo, Ed. Crítica 2005. Pag. 66) que un estúpido es aquél que perjudica a otros sin obtener ningún beneficio a cambio o, incluso, perjudicándose a sí mismo. Siguiendo esta elegante definición, hoy veremos como la dirección del diario La Vanguardia ha cometido una pasmosa estupidez en beneficio de Telefónica. Según Cipolla eso pone a la operadora en la posición del malvado, aquél que perjudica a otro en beneficio propio.

(Nota: ver actualización al final del artículo)

La Vanguardia ha censurado un artículo del blog de Lali Sandiumenge alojado en www.lavanguardia.com en la que la periodista hablaba de un conflicto laboral en Telefónica. A diferencia de otros casos, en esta ocasión la palabra censura no es un eufemismo o una exageración. Es importante tener en cuenta que el artículo, titulado Luchamos contra Telefónica en su propio terreno y puede consultarse en su nuevo blog Guerreros del Teclado, no es insultante ni denigrante para Telefónica; toma partido por los trabajadores en huelga de hambre, pero no es incendiario ni incita a nadie a tomarse la justicia por su mano. Es, se mire como se mire, un legítimo artículo de opinión bastante prudente en el que se exponen unos hechos y se invita a la reflexión. Lo cuenta la misma periodista en su nuevo blog (extracto del original):

Una huelga de hambre de seis trabajadores es noticia […] más si cabe si su lucha es contra un gigante como Telefónica, que reparte dividendos a sus accionistas al mismo tiempo que reduce su plantilla.

Hay que informar y eso hice. Los visité el viernes 9 de noviembre y colgué dos días después […] una entrada sobre ellos en el blog que tengo en el portal de La Vanguardia, Guerreros del Teclado. Los huelguistas y los que les apoyan están utilizando internet para romper lo que califican, con razón, como “cerco mediático” y el uso de la red como herramienta de lucha y diseminación de la información es, precisamente, el tema sobre el que escribo.

La dirección de La Vanguardia decidió censurar la entrada el lunes y la eliminó. Me llamaron para notificármelo, con franqueza. […]

Sandiumenge prosigue su artículo diciendo que no le pidieron que dejara el blog, alojado en La Vanguardia, pero que la única salida que le quedaba como periodista era dejar de colaborar con su portal por una cuestión de principios.

No comprendo por qué La Vanguardia comete una torpeza de este calibre. No conozco el desarrollo de los acontecimientos, aunque hay dos posibilidades:

  • Censura previa: ¿la dirección de La Vanguardia reaccionó exageradamente ante el contenido del artículo y, temerosa de recibir represalias por parte de Telefónica, decidió eliminar cualquier posibilidad de conflicto? A eso se le llama ser más papista que el Papa o, también, ser la voz de su amo.
  • Censura: ¿algún directivo de Telefónica, al ver el artículo en el blog, presionó para conseguir su retirada? Eso es gestionar la comunicación al estilo de una republica bananera o, sencillamente, abusar del poder de compra y usarlo contra la libertad de expresión.

Inadmisible en ambos casos. La prensa lleva, desde hace tiempo, el sambenito de estar a buenas con los poderosos. Cuesta encontrar en los periódicos noticias negativas acerca de empresas como Banco Santander, Repsol, El Corte Inglés, La Caixa, BBVA o la misma Telefónica, entre muchas otras. Sólo sabemos de sus problemas cuando son realmente gordos y es imposible ocultarlos y, aún así, no se les da mucho pábulo. Ignoramos si se trata de prudente y mojigata autocensura de los medios o si, por el contrario, estos sufren la amenaza de sus mayores anunciantes. El efecto, en cualquier caso, es el mismo: sufrimos un déficit democrático.

El efecto Streisand

La Vanguardia y Telefónica pueden estar a punto de sufrir el efecto Streisand. El más perjudicado será el diario del Grupo Godó, pues su principal activo es su credibilidad y prestigio. En cambio para Telefónica será un caso más de abuso, tan acostumbrados están a ser los malos de la película y a usar la zancadilla como argumento.

Conocí la noticia cuando vi a vuelapluma un twit de Escacc enlazando a un artículo que hablaba del asunto. De ahí pasé al nuevo blog de Lali Sandiumenge y, de ahí, al artículo que están ustedes leyendo. De no ser por la censura, nunca me hubiera enterado, pues desconocía a la periodista y su blog y no sabía nada del citado conflicto laboral. De no ser por la censura, yo nunca hubiera escrito esto. Eso ya es un pequeño efecto Streisand.

Es evidente que todo periódico debe tener su línea editorial. Es evidente que todo medio, en función de su línea editorial, ficha a sus colaboradores. Es de sobras conocido que todos los medios escritos avisan, en algún lugar, que no tienen por qué estar de acuerdo con el contenido de los artículos publicados, especialmente los de opinión. Eso es todavía más importante en el caso de los blogs de los medios, pues quienes los escriben escapan a la disciplina habitual de las redacciones profesionales. Todas estas herramientas permiten, de manera legítima, introducir el sesgo ideológico adecuado para acercarse a un tipo de público y no a otro, imprescindible si entendemos un periódico como un producto. Estas son las reglas del juego. Pero estas reglas no permiten censurar a nadie y todavía menos a un colaborador que aporta contenidos mediante su blog. De la línea editorial a la censura hay un universo de posibilidades. Viajar de un extremo a otro expone al medio que lo haga al desprestigio y a la pérdida de credibilidad, antesala de la irrelevancia.

La Vanguardia no debería censurar a nadie –al menos no de forma tan descarada y poco inteligente- pero Telefónica no debería caer en torpezas propias del matón de la clase. Si Telefónica quiere posicionarse como empresa tecnológica en Internet no puede caer en estas estupideces, exponiéndose a un daño desproporcionado en su reputación corporativa en comparación con el contenido censurado. Impedir la difusión del artículo de Sandiumenge sólo servirá para hablar más de él y para darle la razón cuando habla de cerco mediático. Ignoro si había cerco mediático, pero ahora seguro que lo hay. Y artículos como el mío están aquí para romperlo.

Ayer me levanté desconociendo el caso y hoy me iré a dormir sabiendo que Telefónica se ensaña con los débiles y que La Vanguardia es el mamporrero que le hace el trabajo sucio. Como yo, supongo que a otros les ha pasado y les pasará lo mismo los próximos días, pasando de la ignorancia al estupor y de éste a la indignación. Siempre he tenido una pésima imagen de Telefónica y esto sólo servirá para confirmarla. De La Vanguardia, en cambio, tenía otra idea; fiel lector durante veinte años, en ocasiones todavía lo compraba, pero ahora será todo mucho más difícil. Suficientes problemas tiene la prensa como para ir disparándose en el pie, ¿no?

Actualización: la propia Lali Sandiumenge, en su blog, informa que La Vanguardia ha restituido el artículo original a causa de la polémica suscitada en la red. A eso me refería cuando hablaba del efecto Streisand: La Vanguardia ha perdido reputación, Telefónica también y lo que se pretendía ocultar ha visto la luz como nunca.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional