No es éste un titular para épater le bourgeois. A Claude Shannon, padre de la teoría de la información, le gustaría: un robot ya es capaz de escribir noticias partiendo de un amasijo de datos y sirviéndose de un algoritmo. Aunque parezca una mala noticia para una profesión en horas bajas, a largo plazo la inteligencia artificial permitirá al periodismo reinventarse y aportar un mayor valor añadido.

Narrative Science ha creado un software capaz de redactar artículos periodísticos. Los artículos redactados por esta herramienta son indistinguibles de los de un humano. No los podemos considerar alta literatura pero están al nivel de la información periodística más habitual. Bastará una prueba: en Forbes ya lo utilizan para escribir algunos de sus artículos.

La tecnología de Narrative Science integra inteligencia artificial y análisis de datos para transformar, mediante un algoritmo, una gran cantidad de información en textos. Según afirma la compañía, el sistema permite generar mensajes tan cortos como un twit o tan largos como un extenso artículo periodístico. Dicen ser capaces de adaptar el tono, el estilo y la complejidad del texto en función del público y discriminar entre los diferentes aspectos de una historia para resaltar lo más relevante, dejando en un segundo plano los detalles menos interesantes.

Es una buena noticia para el periodismo

Aunque pueda parecer lo contrario, a largo plazo la aparición de este tipo de herramientas –Narrative Science no es la única empresa que empieza a ofrecer soluciones de este tipo- es una muy buena noticia para la profesión periodística. La automatización de cualquier trabajo tedioso y repetitivo y su elaboración por parte de máquinas forma parte del progreso de la humanidad. El objetivo es y debería ser siempre aumentar el bienestar del ser humano.

Muchos pensarán que un texto escrito por una máquina no puede ser tan bueno como el de un buen escritor. Si hablamos de literatura o ensayo es muy posible que tengan razón, pero en la inmensa mayoría de los artículos que encontramos en prensa, no: se limitan a desgranar una serie de sucesos en el orden adecuado, destacando aquello que el periodista considera más relevante. Simple redacción funcional.

¡Ojo! No le estoy restando mérito a la redacción periodística, pero depende siempre del contexto en el que lo juzguemos. En la España del siglo XIX, ser capaz de redactar un texto neutro, coherente y funcional aseguraba un mínimo sustento –cuando no una desahogada posición- para toda la vida. Pero en sociedades plenamente alfabetizadas escribir un texto aceptable ya no es una ventaja. Es cierto que abundan los analfabetos funcionales y que incluso en las redacciones de los mejores periódicos trabajan auténticos berzas, pero escribir un texto mediocre –en el sentido no peyorativo del término- hoy día es normal. Cuando algo es normal, pierde valor… porque deviene precisamente mediocre.

Ahora bien, si las noticias las redacta una máquina ¿qué hace el periodista? Pues aquello que mejor debería saber hacer: investigar, gestionar las fuentes, documentarse, recoger y ordenar los datos, marcar unas pautas de redacción, priorizar pero, sobre todo, aportar su criterio, su discernimiento profundo acerca de la noticia. Eso sólo sabe hacerlo una persona. No nos engañemos: que una máquina sepa escribir no implica que sepa pensar. Que hayamos desentrañado algunos entresijos de la textualidad y los hayamos convertido en algoritmos no significa que hayamos descifrado las claves del raciocinio por mucho que éste sea esencialmente verbal. La herramienta de Narrative Science es un autómata muy sofisticado, pero al fin y al cabo tan autómata como aquellos juguetes del siglo XVIII que tan bien imitaban la vida. Eso no lo degrada a mero pasatiempo mecánico, al contrario: nuestra colosal potencia de procesamiento de la información es ya en sí misma un factor cualitativo.

Imagino que a los profesionales del periodismo se les estarán poniendo los pelos de punta. Si tenemos en cuenta la miope gestión de los directivos de los medios españoles en los que trabajan, no les culpo: pensando que un buen trabajo periodístico podía hacerlo cualquiera, esos directivos han terminado contratando a cualquiera. Que dichos don nadie salgan de una facultad de Comunicación no resuelve nada, tal es la sobreabundancia de titulados que se gradúan cada año. La universidad enseña la técnica y ofrece herramientas, el talento y el oficio corren por cuenta de cada cual.

En un momento en el que las herramientas empiezan a sustituir a las personas incluso en aquellas actividades que considerábamos exclusivas del ser humano, ¿qué camino nos queda? Pues precisamente aquel por el que una máquina no puede transitar: el del talento y el oficio, el del valor añadido que la capacidad de discernimiento nos otorga.

Eso implicará que el perímetro del periodismo será más reducido en términos humanos, pero mucho mayor en el aspecto cualitativo y, a la postre, económico. A largo plazo menos profesionales podrán llamarse a sí mismos periodistas, pero muchos otros deberán trabajar en las nuevas herramientas para que estas funcionen. Es posible que dichas herramientas permitan cubrir noticias que hasta ahora pasan desapercibidas, que la capacidad de análisis y proceso nos permita encontrar la noticia dónde antes sólo veíamos caos o un volumen intratable de información.

Ignoro qué bondades nos depara esta nueva herramienta que confirma que nos hallamos en la Tercera Revolución Industrial; apenas en su infancia sólo hemos entrevisto una parte muy pequeña de su potencial, pero tengo muy claro que, como ha sucedido antes en otros muchos campos –agricultura, minería, industria- la automatización de buena parte de la prensa aportará valor a los buenos profesionales.

Recomiendo este artículo en Wired para saber más acerca de Narrative Science.

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional