Imagen: Jot Down

Los escritores profesionales –los que viven de escribir- tienen muy poco meditada su propia profesión. Eso es evidente si uno atiende a lo que algunos dicen acerca del libro digital. Parecen hechizados por la tecnología analógica y anteponen la pluma y papel, cuando lo importante es aquello que escriben, no el método. Cierto que este último deviene hábito, pero cuando se es incapaz de cambiarlo es que ha pasado a ser un culto intelectualmente estéril.

Juan Manuel de Prada no es de mis escritores periodísticos preferidos: estamos demasiado lejos en lo ideológico como para que dicha distancia no sea importante. El último de sus artículos que he leído trata sobre el libro digital. Recomiendo su –desagradable- lectura. No sé si el escritor zamorano es un completo ignorante o un torpe y pequeño malvado. Paso a mostrar y comentar lo más destacable de su artículo:

Nunca dejará de sorprenderme la actitud suicida adoptada por las editoriales ante el libro electrónico. En otros sectores de la industria cultural, la plaga del pirateo digital se encontró con el terreno allanado: música y cine llevaban ya mucho tiempo comercializándose en formatos digitales –CD, DVD, etcétera– que favorecían su duplicación; y quien pirateaba una película o un disco obtenía una copia en calidad óptima, que además podía distribuirse en el mismo soporte que la propia industria había elegido previamente para su negocio.

Llegando a 2012 este párrafo es incomprensible. Leyendo sus palabras me viene a la mente una idea de Lawrence Lessig: La industria de la música ganó todas las batallas en los juzgados, pero perdió la batalla del público. Lessig la escribió hacia el año 2006 y el trágala de la industria musical ya era un hecho. Nadie duda que el negocio de la música no sólo no ha muerto sino que goza de buena salud, se ha sabido reinventar e incluso ha optimizado su cadena de valor. Una vez derrotada en el mercado, una parte de la industria supo reinventarse. La que no supo hacerlo, murió.

Quien deseaba piratear un libro, en cambio, tenía previamente que escanearlo: la copia resultante de ese escaneo distaba de ser óptima; y, además, para leer esa copia menesterosa debía utilizar un artilugio electrónico que en nada se asemejaba a un libro.

Artilugio electrónico. Ignoro por qué Juan Manuel de Prada prescinde de palabras tan castellanas como computador u ordenador si no quería usar PC. Manierismos a parte, lo que dice no es cierto: un libro bien digitalizado puede ser mejor que su original en papel. Todo depende de la tecnología OCR que se use y del tiempo disponible para afinar el texto. En cuanto al uso del artilugio: muchos profesionales lo usan para trabajar sobre sus textos; es evidente que él no. Así lo hacen profesionales del Derecho, la Historia, la Traducción y la Filología, por citar sólo algunos. Las universidades hace años que editan sus libros en formatos para ser leídos y trabajados en artilugios,concretamente en PDF.

En la expansión de la piratería, como en el comercio de réplicas e imitaciones, interviene muy poderosamente el factor psicológico: quien compra un bolso o un reloj falsos que imitan un bolso o un reloj `de marca´ lo hace porque tales falsificaciones reproducen minuciosamente su diseño y aspecto exterior. Nadie compraría un bolso o un reloj con un evidente aspecto cutre o de baratillo, por el mero hecho de que tal bolso o reloj ostenten el logotipo de tal o cual marca de moda; pues quien adquiere un bolso o reloj de imitación desea, ante todo, que esa réplica pase por auténtica.

Ni pajolera idea del por qué la gente hace lo que hace. Si uno se da un garbeo por cualquier mercadillo o top-manta se topará con sinceras imitaciones. Son remedos claramente deudores del original, pero ni por asomo intentan acercarse a él. De ahí que entre el vulgo circulen marcas ficticias como Trolex –por los falsos relojes- o Delmon –del montón del mercadillo. Una buena parte de los compradores de imitaciones saben lo que compran e incluso lo reconocen divertidos. Hay quien lo asemeja al cutrelux.

Este mecanismo psicológico, tan evidente en el comercio de réplicas e imitaciones, también explica el éxito de la piratería cultural: si películas y discos empezaron a ser pirateados a mansalva era porque previamente existían los soportes digitales que permitían disfrutar de tales películas y discos en igualdad de condiciones con quienes los adquirían en una tienda.

En igualdad de condiciones, no. Las únicas copias pirata iguales a las legales son aquellas hechas a partir de un máster de producción sacado de tapadillo. La calidad del resto está entre algo peores que las legales o directamente mendaces, como esas grabaciones ilegales hechas en un cine. Por lo tanto: poca piratería conoce J.M. de Prada. Encomiable, pero poco útil si quiere hablar del asunto.

Este mecanismo psicológico no funcionaba en el pirateo del libro, pues un libro pirateado no podía `volcarse´ sobre papel impreso y encuadernado; y por esta razón el comercio de e-books no funcionó durante años o décadas: pues quienes leían un libro en estos artilugios tenían conciencia de estar leyendo de forma subalterna o sucedánea, frente a quienes lo hacían en papel.

De risa: que les digan en Sudamérica que un libro pirateado no puede volcarse en papel impreso ni encuadernarse. El zamorano desconoce que uno de los graves problemas allí es la piratería en papel. También ignora que la piratería del libro nació con la imprenta, que las primeras leyes de copyright, como el Estatuto de la Reina Ana, nacieron para proteger al autor e impedir el comercio ilícito de sus obras, pero no consiguieron sus objetivos en todo el siglo XVIII. Paradójicamente, fue la introducción en las imprentas del siglo XIX de una nueva tecnología como el vapor la que permitió fabricar libros tan baratos –a quien podía permitirse esa tecnología- que asestó un golpe a la piratería de papel. Vaya por donde: Juan Manuel de Prada debe su sustento a un tecnólogo y a su invento: Friedrich Koenig y su imprenta a vapor inventada en 1812 y perfeccionada en 1818.

Y aunque durante años o décadas los fabricantes de e-books no cejaron en su empeño de impulsar la lectura electrónica, tenían que comerse con patatas sus artilugios: porque la imitación solo adquiere carta de respetabilidad si `da el pego´; y un e-book se parece a un libro lo mismo que una mortadela a un jamón serrano.

Para troncharse: hace diez años la idea de libro digital circulaba entre muy pocas personas. Apenas sí asomaba la idea en algún suplemento tecnológico de algún periódico. Hace diez años casi no había fabricantes de e-books. La sola alusión a las décadas muestra en que desconectado mundo analógico vive Juan Manuel de Prada.

Nadie podía presumir ante las amistades de poseer una biblioteca de libros electrónicos; y viajar en tren o autobús con un libro electrónico en las manos resultaba casposillo. El mecanismo psicológico sobre el que se funda el negocio de la réplica busca `sociabilizar´ a quien la porta; y el e-book lograba el efecto exactamente contrario: señalaba y, en conclusión, excluía.

Viajar con un libro electrónico hace décadas era imposible y hace sólo un lustro era heroico. Apenas hace dos o tres años que los dispositivos y la edición digital han madurado lo suficiente como para hacer de la lectura digital algo parecido a la lectura analógica. Sobre el delirante mecanismo psicológico que menciona poco hay que decir: aunque la música pueda disfrutarse en sociedad, poco puede hacerlo un libro. Un libro siempre se lee a solas, a lo sumo puedo prestarlo para que otro lo lea también a solas para posteriormente reunirnos y comentarlo. Quizás a nuestro inefable escritor le guste más que le lean en voz alta, como en la Edad Media.

Pero la fascinación tecnológica propia de nuestra época acabó engatusando a la industria editorial, que pensó ingenuamente que, si el uso del libro electrónico se generalizaba –si empezaba a `sociabilizar´ y no a excluir–, podría desarrollar una nueva `vía de negocio´.

La fascinación tecnológica propia de nuestra época empieza, en el caso del libro, a mediados del siglo XV y se industrializa completamente a principios del XIX de la mano del ya mencionado Koenig. La literatura ya era un fenómeno social a mediados del siglo XVIII en algunos lugares de Europa y entre ciertas clases sociales, mientras que a finales del XIX el volumen de lectores empezaba a contarse por millones. A la industria editorial española no ha conseguido engatusarla nadie: sólo se ha puesto en marcha –honrosas excepciones a parte- cuando ha visto asomar las orejas del lobo tras el Atlántico.

Y la vanidad característica de los escritores, siempre codiciosos de aumentar su parroquia, acabó de joder la marrana: creyeron ilusamente que el artilugio electrónico `crearía´ nuevos lectores de la nada, y empezaron a demandar a sus editores que, junto a las ediciones en papel de sus libros, lanzaran `ediciones electrónicas´ de los mismos, que en su particular cuento de la lechera duplicarían el número de sus seguidores.

Los escritores como colectivo –Juan Manuel de Prada es un ejemplo extremo- han puesto todas las dificultades al desarrollo del libro digital en España. Nadie ha pensado nunca que el libro digital duplicaría el negocio: lo digital no se sumará a lo analógico, no estamos sumando la tele a la radio, estamos sustituyendo una cadena de valor por otra. Para entendernos: un Gutemberg digital está sustituyendo a un amanuense libro de papel.

Y así, una vez `legitimado´ el libro electrónico por la propia industria editorial, los vanidosos escritores han descubierto que sus lectores siguen siendo los mismos, solo que ahora cada vez son más los que no pagan un duro por leerlos; y las editoriales que ponen a la venta sus libros en formato digital descubren que de inmediato son pirateados.

Exactamente es al revés de cómo Juan Manuel de Prada dice que es. El libro digital se vende. Lo compran, pagan por él y lo hacen ya millones de personas en todo el mundo. Las editoriales que ponen a la venta libros digitales descubren que es la única forma de impedir que la piratería prolifere. Nunca podremos impedir que un libro sea pirateado –en cinco siglos nadie lo ha conseguido- pero si ofrecemos los libros en unas condiciones óptimas, la experiencia nos muestra que la gente los compra.

Da pena y asco leer a escritores como este. Pena porque ha decidido escribir desde la sólida trinchera de sus prejuicios y asco porque su propia ignorancia no le ha impedido sentar cátedra en cosas que desconoce. Juan Manuel de Prada es uno más de esos obsoletos petulantes que pueblan España, dignos herederos, por su necedad, del famoso “que inventen ellos”.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

  1. Muy interesante el artículo y muy instructiva la serie sobre los escritores y el ebook ¿para cuando uno sobre Lucía Etxevarria? 😉

    1. Pues mira, ya está colgado! Te adelantaste, ya estaba rumiando dedicarle unas letras.

      Gracias!

      Bernat Ruiz

  2. Hola Bernat, muy interesante tu blog, te felicito, estoy echando en él horas entretenido con tus artículos.

    En cuanto a las declaraciones de Juan Manuel de Prada hay poco que decir, él mismo se apea del camino del progreso con sus declaraciones. Seguramente en la época de Gutenberg sería un copista promulgando la herejía de la imprenta, y afortunadamente el progreso pasa por encima de este tipo de personas.

    Algo difícil de comprender es ese odio visceral contra todo lo digital (aunque se podría resumir en odio hacia todo lo moderno o lo que implique un cambio). Supongo que su editor, llegado el momento, le hará entrar en razón toda vez que el público digital aumente en número suficiente, y tendrá que adaptarse al cambio de los tiempos, aunque podría suponer que lo haría a regañadientes y no sin manifestar que ha llegado a ese punto obligado por el mercado y no por su propia voluntad, lo cual le dará ese aire de autosuficiencia pasada de moda que tanto le gusta exhibir.

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