Abordaré esta tercera parte exponiendo un caso personal. Hace algo más de un año tuve la idea de empezar a experimentar con la edición digital. Como no tenía ninguna obra propia digna de ser publicada en forma de libro -de un blog a un libro va un buen trecho- me propuse publicar obras de terceros.

Primero pensé que lo mejor sería mejorar las mendaces versiones gratuitas y libres de derechos de grandes obras de la literatura que erran por Internet. Pero con ello no estaba aportando nada. Decidí que, puestos a hacer experimentos, los haría con autores a quien nadie hubiera publicado nunca, para darles un empujón y que, al menos, tuvieran algo más o menos adecentado que mostrar. A cambio, yo no percibía dinero.

Inicié mi experimento con una antología de relatos de un buen amigo. Me ocupé de todas las labores editoriales y de diseño. Finalmente, a pesar que la idea era digital, por expreso deseo del autor imprimimos una corta tirada de 600 ejemplares que él se pagó de su bolsillo. A día de hoy ha cubierto gastos y ha conseguido que una pequeña editorial comercial le publique otro libro de cara a 2012.

La verdad es que esta primera experiencia me gustó y esperanzó mucho. A mí me sirvió para abrir mi microeditorial colaborativa digital y al autor le sirvió para ganar confianza; con ver la cara que se le puso ante su obra bien presentada supe que el esfuerzo había valido la pena: fue entonces, sobretodo tras ver que el libro tenía salida, cuando él se atrevió a llamar a la puerta de editores comerciales. Por mi parte, misión cumplida. Me hubiera gustado publicar más títulos suyos, pero todavía me gustó más ver que mi modesta aportación rendía hasta el punto de despertar el interés de un editor de los de toda la vida.

No debería haberme puesto tan contento. Hace un año que trato con diversos autores, autores conocidísimos en su casa a la hora de comer y admiradísimos por sus tías y abuelas, pero de momento no he conseguido ningún nuevo título. Podría haber publicado un montón de porquería, pero una de las condiciones que me he impuse fue publicar cosas que susciten mi interés. Si lo hago por amor al arte y por experimentar, al menos tiene que gustarme. De momento tengo el proyecto en stand by.

Casi todos los autores se niegan a ser editados si a cambio no reciben nada. Aunque yo les diga que por el proceso de edición no cobro, se niegan. Prefieren seguir mareando la perdiz, mareándose ellos y a sus obras hasta la nausea, antes de dar un paso mínimamente valiente. Al final he llegado a pensar que, o bien les gusta ser el eterno rechazado -autor maldito e incomprendido- o bien no se atreven a que nadie les conozca. También es posible que no entiendan la propuesta y me tomen por un chiflado que trabaja gratis. Y, claro… nadie vende duros a cuatro pesetas. Creo que el problema está en lo que un autor espera cuando escribe. De la idea que los autores tienen de sí mismos y de sus obras. ¿Saben los autores qué es un autor? Sospecho que no.

¿Qué es un autor?

Lo más obsceno del comportamiento de muchos editores asustados por la digitalización es la victimización interesada de los autores: Pobrecitos autores, que se van a quedar sin su pan, que no podrán calentar sus míseras buhardillas donde pergeñan sus manuscritos en papel raído, no podrán costearse la mortecina lumbre que les permite escribir sobre esa carcomida mesa. Ya, bueno, disculpad mi escepticismo. Soy un desalmado, lo confieso. Lo que pasa es que me niego a que me victimicen. Y es que yo soy autor.

Aquél que ahora lea estas líneas también es un autor. El primer lugar en el que aparecerán publicadas -ignoro si el único- será mi blog. Si yo soy su autor, no parece posible que tú, lector, seas también un autor. Pero sí, puedes ser también el autor de este blog. Puedes comentar este artículo, puedes hacerlo con argumentos sólidos que desmonten todo lo que digo -prometo publicarlo- o bien puedes hacerlo con argumentos poco sólidos pero de forma cortés -también lo publicaré. Puedes hacerlo mediante el insulto, con lo cual me reservo el derecho a publicarlo o no, en función de lo soez que seas. Lo siento, si es mi blog, mías son las reglas. Pero te aseguro que si lo que tú aportas añade valor a mi blog -insultos ingeniosos incluidos- tú serás tan autor como yo.

Si hacemos caso a la industria de la conserva literaria y aceptamos que todo autor tiene derecho a vivir de su obra, resulta que por cada comentario valioso que tu hagas en mi blog… ¡te estoy estafando! Ah no, pero espera: es que mi blog es una conversación que yo he decidido poner en marcha, soy yo quien te ha invitado a charlar conmigo -y con quien quiera sumarse- sin más cortapisa que un mínimo -y laxo, te lo aseguro- respeto por los demás.

La mayoría de autores con los que me he puesto en contacto no entienden esto tan sencillo. No ven ninguna ventaja en abrirse camino poniendo en orden alguna de sus obras para ofrecerlas al público y, si quieren -no pongo cortapisas- ir a venderla a un editor de papel. Quieren cobrar, de lo contrario no se sienten escritores -cuando me soltaron esa perla no pude disimular mi pasmo. Cuando les pregunto si conocen el funcionamiento de una editorial, el escaso número de ejemplares de cualquier primera tirada de un autor desconocido y la nula rentabilidad para éste, la mayoría dice que no. Cuando les pregunto si son conscientes que para ser comerciales deberán adaptar su obra a los gustos del público -de algún público-, sólo hallo resistencias numantinas de su visión del mundo –weltanschauung, creo que lo llaman algunos. Ojo, claro que se pueden obtener raquíticos beneficios sin modificar tu producto, pero para ganarse la vida, para vivir sólo de lo que escribes sin dedicarte a nada más, no. Al menos, no de entrada, para eso se necesita tiempo o padrinos y ese tipo de autores se niegan a darse lo primero y carecen de lo segundo.

Al final concluyo que estos autores noveles -y no tan noveles- han sido secuestrados por el star system literario, aquél que condena su ego al fuego fatuo de editores engreídos, de popes investidos -no sé por quien- de la facultad de decidir quien entra o no en el Olimpo literario. Un Olimpo donde no hay dinero. Un poco ridículo.

Autor es aquél que garabatea sus ideas en el margen de cada página de un libro enriqueciendo su copia, sea ésta digital o analógica. Autor es quien posee y enriquece una biblioteca -privada o pública- con la voluntad de convertirla en un corpus de conocimiento; puede que no escriba nada, pero creará orden y coherencia intrínsecos, creará valor. Autor es quien tararea una melodía a su modo, con sus notas, con su voz. Autor es aquél que re-dibuja una ilustración por el simple gusto de pasar el rato. Autor es el hablante, que junta letras y palabras y frases y compone un discurso al que otro otorga valor y quizás lo añade con otras letras, palabras y frases o bien lo ofende y lo refuta con argumentos mejores o más convincentes. Autor es quien piensa con ánimo de comprender y así modifica su comportamiento y con él el de otros. Autor es incluso quien destruye, pues también el desastre tiene un responsable. Pero ninguno cobra ni paga nada por ello.

No quiero dar la impresión de bucólico despreocupado. Ganarse la vida escribiendo es lícito. Pero hacerlo por amor al arte, también. Respetemos ambas opciones que no se excluyen, no despreciemos a aquél que escribe bien aunque no pida nada más a cambio que su disfrute. Reformemos la industria para dejar de tener conserveros de la palabra y volver a disfrutar de editores. Recuperemos, en suma, el placer de escribir por el disfrute de hacerlo. ¿El dinero? Si debe llegar, con esfuerzo, dedicación, acierto y cierta ración de suerte, llegará.

Post Data: algún día tendremos que hablar de la responsabilidad de los autores, como colectivo, en la miopía de las editoriales ibéricas. Da para mucho, muchísimo.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

3 Comments

  1. A ver ese día cuando llega, que lo leeré muy gustoso.

  2. No había leído este artículo, ha sido un verdadero placer. Comparto en su totalidad.
    Un saludo, Bernat

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