Una cuestión que ha acompañado el debate sobre la digitalización del libro desde sus inicios es el de su enriquecimiento. Cuando se habla de enriquecimiento suele aludirse a la incorporación de material audiovisual producido –editado- ad hoc para determinada obra. Algunos pensamos que eso es, en términos generales, un disparate.

Tengo dos sobrinos, un niño de algo más de seis años y una niña de algo más de cuatro. A su madre –mi hermana- le gusta leer y quiere que a sus hijos también les guste leer. Por eso a menudo les regalo libros pensados para niños de su edad, libros muy ilustrados y con poca letra. Hay un tipo de libro que les gusta mucho: los libros con desplegables, aquellos en los que al abrir las páginas se construye un edificio, se levantan animales, etc. Si incluyen sonido, mejor. He observado que eso no les disuade de leer, al contrario: el poco texto que acompaña al despliegue mediático despierta su interés tanto o más que los libros convencionales. Pero también he observado otra cosa, algo que a mí también me sucedía de pequeño: esos libros desplegables son los primeros por los que pierden interés.

¿Por qué no hay libros enriquecidos para jóvenes y adultos? Posiblemente sus editoriales lo sepan mejor que yo, pero se me ocurren dos causas probables:

a/ Caros de producir: todo el enriquecimiento de esos libros requiere mano de obra, mucha más que los libros planos. Por el mismo motivo también requieren más tiempo de producción y es más difícil el escalado y la optimización de procesos. Están profusamente ilustrados, con gramajes más pesados, acabados extra para evitar que se deterioren fácilmente, chips electrónicos en el caso que incorporen sonido, etc.

c/ Público selectivo: en función de la experiencia que busque el público, este se decantará por un tipo u otro de medios. Para una inmersión profunda en un tema, nada mejor que un libro predominantemente textual. Para un barniz básico pero completo, nada mejor que un buen documental. A medio camino encontraremos libros ilustrados como, por ejemplo, las excelentes colecciones de Osprey –que vende sus ebooks en formato PDF.

¿Alguien cree que el libro digital cambia mucho este panorama? Yo creo que, en lo esencial, no. Seguirá habiendo obras textuales que incorporen las ilustraciones imprescindibles –ni una más- y también colecciones ilustradas para las que habrá que elaborar diferentes tipos de gráficos, interactivos cuando sea posible, amén de la habitual compra de fotografías. Pero a largo plazo no tiene sentido que las editoriales elaboren contenido enriquecedor para sus ediciones, por los siguientes motivos:

a/ Porque no es lo que mejor saben hacer: Jeff Jarvis dice en su libro “Y Google, ¿cómo lo haría?” que en la nueva economía del hiperenlace uno debe concentrarse en lo que mejor sabe hacer, enlazando todo lo demás. Eso no implica dejar de comprar fotografías ni elaborar gráficos, eso significa que habrá que saber cómo sacar partido a la montaña de material audiovisual existente sobre, prácticamente, cualquier tema. Eso puede implicar llegar a acuerdos con los propietarios de los derechos, pero eso siempre será más barato –o debiera serlo- que producir un documental desde cero, por ejemplo. Como beneficio añadido puede contarse con que enlazar a una fuente prestigiosa aporta prestigio a la propia edición.

b/ Porque es estructuralmente prohibitivo: a no ser que dicha editorial se convierta en una productora multimedia… pero entonces estamos hablando de otro negocio. Sólo un puñado de grupos empresariales pueden jugar a eso: Planeta, Bertelsmann, etc. Esos sí están trabajando en estrategias de 360º -y ya veremos como les va- pero, precisamente por eso, han dejado de ser editoriales de libros para pasar a ser grupos editoriales de, prácticamente, cualquier tipo de contenido. Eso sólo puede hacerse si uno es un gigante y por definición puede haber muy pocos.

c/ Porque es materialmente suicida: para enriquecer regularmente mis libros puedo crecer en estructura o bien puedo subcontratarlo todo. La segunda opción me permitirá mantener unos costes fijos razonables, pero cada edición enriquecida me saldrá por un ojo de la cara y no está claro que el aumento de prestaciones justifique el aumento de precio. No está nada claro porque el público no es tonto, sabe quién hace mejor cada cosa y cada vez es más fácil encontrar contenido multimedia legal en la red, sea gratuito o de pago.

¿Debemos enriquecer los libros? Sin ninguna duda. Pero no como demasiadas veces se sugiere, sino enlazando aquello que otros hacen mejor que nosotros. Si edito un libro sobre la Guerra Civil y deseo enriquecerlo, ¿debo producir mi propio material o llegar a acuerdos con los propietarios de material audiovisual disponible? Creo que la respuesta está clara.

¿Cual es el problema? el actual formato de los libros electrónicos y su DRM. Me explico: un ePub –u otro formato similar- es una caja cerrada que contiene una serie de contenidos. La idea es poder leerlos sin necesidad de conexión a Internet. Debo bajármelos a algún dispositivo para poder abrirlo y leerlo. Eso no impide enriquecer el libro, pero deberé meterlo todo dentro del ePub para que funcione como tiene que funcionar. Un esquema muy analógico para un invento tan digital. Eso es un problema por motivos muy diferentes:

a/ Almacenamiento: un ePub que sólo contenga texto ocupa un espacio ridículo en un servidor. Podemos almacenar miles, decenas de miles de ePub, a precios muy bajos con la condición que sólo tengan texto. Pero si deseamos almacenar ePub profusamente enriquecidos la cosa se complica. Donde antes almacenábamos decenas de miles de libros, ahora podemos almacenar sólo unas decenas de ellos, acaso unos centenares si se nos va la mano con la compresión de gráficos –con el consiguiente perjuicio para la calidad.

b/ Descarga: todo servicio de venta de contenidos en Internet debe dimensionar sus servidores de modo que la velocidad de bajada que puedan soportar sea competitiva. También es importante el número de solicitudes que puedan atender de forma simultánea. Mayor dimensión, mayor coste. Y es un coste estructural con tendencia a aumentar, no a disminuir, pues de lo que se trata es de ampliar el catálogo, no de limitarlo.

c/ Derechos: podría enriquecer un ePub con contenido audiovisual de terceros pero, en tal caso, ¿qué tipo de compra de derechos debo realizar? Pues una compra de derechos muy parecida a la del libro de papel aunque no pueda saber cuantos libros voy a vender. Necesito saberlo porque los propietarios de dichos derechos deberán autorizarme a envasar y distribuir un contenido y para ello, hoy en día, es necesario declarar cuantas unidades se van a imprimir. Pero al no imprimir ningún ejemplar, es imposible saberlo.

¿Cuál es la solución a todo eso? El libro en la nube. El libro que yo no me bajo, sino al cual subo:

a/ El peso en bytes del libro es indiferente, pues está distribuido en cada una de sus fuentes.

b/ El propietario de cada contenido paga por su almacenamiento en su propio servidor. Pagaré el almacenamiento del contenido que yo haya editado directamente, no el del contenido enlazado.

c/ Es más barato enriquecer publicaciones pues, de lo que se trata en este caso, es de encontrar el mejor contenido multimedia ya existente disponible para cada caso.

d/ Como editor pagaré por el uso que mis lectores hagan del contenido enlazado pero no más. Si incluyo un fragmento de un documental, sólo deberé pagar derechos si mi cliente, el lector, clica sobre él y lo ve. De lo contrario el lector no habrá visto nada de modo que no hay “venta” posible (habría la posibilidad de pagar una tarifa por derecho de enlace, pero esa es otra historia). Si 5.000 lectores compran el derecho de acceso a mi libro pero sólo 2.500 acceden al mencionado fragmento, sólo debería pagar derechos por esos 2.500 –y el negocio de la SGAE a hacer puñetas, claro.

Más allá de todas estas cuestionas hay una que es fundamental: ¿Quién es el responsable del enriquecimiento de un libro, el autor o el editor? Mi opinión, siguiendo el ejemplo del libro de papel, es que en primer lugar es el autor quien debe hacerlo pues conoce mejor las fuentes de información sobre dicho tema. Obviamente será trabajo de la editorial hacer el ajuste fino, gestionando todo lo relativo a la compra de derechos, implementación técnica, etc. Pero del mismo modo que un editor no aporta la bibliografía a un autor, no tiene ningún sentido enriquecer una obra de un autor para el cual es tan poco importante hacerlo.

Los libros de papel ya están enriquecidos e hiperenlazados. Lo que sucede es que su enriquecimiento es asincrónico: citan otros libros, revistas, películas, documentales y música de un modo analógico; la red analógica referenciada está compuesta de objetos que sólo puedo disfrutar accediendo físicamente a ellos. Ahora puedo ir más allá de manera muy sencilla. No nos compliquemos la vida: tenemos mucho que aprender del libro de papel. Ante todo, su sencillez y sentido común.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional