Apple ha decidido rechazar la aplicación Sony eReader en la App Store. De hecho ha decidido rechazar cualquier aplicación mediante la cual el usuario pueda comprar cualquier cosa sin que Apple se lleve un pellizco que puede ascender al 30%.

La App Store es un chiringuito propiedad de Apple. En dicho chiringuito Apple vende lo que le da la gana. Y lo que no, pues no lo vende. Esta manzanera decisión ha despertado todo tipo de suspicacias y, a esta hora, el caso debe haber dado ya algunas vueltas al globo. O al sistema solar. O a la galaxia. Pero a mi me parece una noticia sin la menor importancia.

Parece que le dé importancia al asunto por el simple hecho de hablar de él. No es así e intentaré demostrarlo: lo que quiero decir es que basar el uso de contenidos y dispositivos en un sinfín de aplicaciones es un callejón sin salida en lo tecnológico y en lo económico. Haciendo una comparación garbancera, es como fabricar gafas sólo para leer y sólo para leer los libros de según qué editoriales. Alguien se imagina tener unas gafas diferentes para cada editorial? Serian necesarios miles de tipos de gafas y, siendo optimista, los que leemos con asiduidad necesitaríamos tener decenas de gafas en casa para hacer una sola cosa: leer libros. Durante un tiempo los fabricantes de gafas vivirían su edad de oro, pero a largo plazo se estarían disparando en el pie. Pues a eso nos conducirán todas estas nuevas apps tan chulas: a ningún sitio. Al menos en lo concerniente a la edición. Supongo que en otros muchos negocios pasará lo mismo, pero al menos en el de la edición el estándar de facto ya existe.

No, no es el EPUB. Tampoco es Mobi ni el formato de Kindle AZW. Ni tan siquiera es PDF, al que auguro una larga vida, al menos mucho más larga de lo que algunos insisten en pronosticar. ¿Cuál es entonces el formato estándar? HTML 5, definido por la W3C. Sobre HTML podemos jugar con XML, CSS, etc. No necesitamos nada más que un navegador. Bueno, sí, algo más sí necesitamos: estar conectados a la nube. Pero lo que seguro que NO vamos a necesitar será bajarnos o instalarnos cientos de apps para hacer muy pocas cosas: leer, ver vídeo, escuchar audio, escribir, producir vídeo, producir audio; subir todo esto a algún sitio, ver i escuchar todo esto en algún sitio. Fin.

¿Cómo se sostiene económicamente esto? Mediante suscripción. Me debería poder suscribir a un artículo de una revista, a un capítulo de un libro, a una revista, a un libro, a una editorial entera, a la obra entera de un grupo editorial… un multimillonario chiflado debería ser capaz de acceder a toda la cultura de pago suscribiéndose, VISA mediante, a una serie de proveedores. En cuanto a la protección de derechos: nombre de usuario y contraseña. No estoy inventando nada. Lo que me sorprende es que ciertas industrias se dejen tomar alegremente el pelo.

¿Para qué queremos los usuarios, a largo plazo, miles de aplicaciones? Para nada ¿Para qué querrán las industrias culturales esta ingente cantidad de aplicaciones? Para encarecer el producto con eslabones ineficientes en la cadena de valor. Cuando leo o escucho que los editores se lanzan al iPad desarrollando aplicaciones a medida se me ponen los pelos de punta. Es como fabricar unas gafas que sólo sirvan para leer los libros de una sola editorial.

¿Tenemos apps para rato? Seguramente, pero al final se pondrá de manifiesto que es una estupidez estructural. A largo plazo, u ofrecen algo realmente único, o serán tan sólo una piedra en el zapato. Por eso no comeré de manzanas envenenadas, porque quiero leer libros, no bajarme apps.

 

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional

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