Este artículo también podría titularse “Cuando el Nobel no protege de la tontería”. ¡Uy lo que he dicho! Pues si, me reafirmo, y en este caso la tontería la ha dicho Mario Vargas Llosa. Se lo ha soltado a Raúl Rivero, quien ha entrevistado al escritor peruano. Rivero precede la pregunta con una larga introducción que no omito, porque permite vislumbrar bajo qué prisma discurrió la entrevista. Dice el poeta cubano:

Como no estamos dispuestos a convertir el diálogo en una colección de obituarios amables ni en una convocatoria a la tristeza permanente, le hablo a Vargas Llosa de su periodo (a los 16 años) de redactor de mesa y ayudante en el diario La Crónica, de Lima. Lo incluyo en la lista de los pocos inadaptados que vamos quedando todavía por el mundo con el ruido de las imprentas, el olor a tinta y la melodía de los teletipos con su escándalo acompasado y el peligro latente del saturnismo. ¿Será verdad que se acabarán los libros de papel y los periódicos?”

A lo que responde Vargas Llosa:

Espero que no ocurra, porque si se acaban los libros de papel y se impone el libro digital va a haber un empobrecimiento de la literatura. No es un prejuicio. Mi impresión es que la pantalla quiere llegar siempre al mayor número. Abarata, banaliza tremendamente los contenidos como lo ha demostrado la televisión. La televisión, por una parte, es un recurso extraordinario de comunicación y, por otra parte, la pobreza de su contenido, desde el punto de vista artístico y creativo, es gigantesco. Espero que no ocurra con el libro de papel, pero si el libro de papel llegara a desaparecer o a pasar a la clandestinidad, yo creo que con el libro digital reinando y tronando habría un gran empobrecimiento de lo que entendemos hoy día por literatura”

Bonita estampa nostálgica: un mundo desaparece y del que apenas quedan dos náufragos que charlan al atardecer de su grandeza. No discutiré la valía literaria de nadie –no estoy facultado para ello- pero sí debo denunciar ciertas imposturas intelectuales que sueltan sin rubor un par de autores a los que se les supone capacidad de sobra para discernir mas allá de lo obvio. Si esta entrevista hubiera tenido lugar hace cinco o diez años lo vertido hubiera sido disculpable. Pero hace ya tiempo que se habla del asunto. Como tengo por costumbre, analizaré los aspectos más relevantes de la respuesta de Vargas Llosa:

Espero que no ocurra, porque si se acaban los libros de papel y se impone el libro digital va a haber un empobrecimiento de la literatura. No es un prejuicio”

Pues sí es un prejuicio, claro que lo es. ¿El paso de la arcilla mesopotámica al papiro egipcio fue un empobrecimiento? ¿El pergamino fue un competidor indigno del papiro hasta superarlo a finales de la Antigüedad? ¿El ubicuo y barato papel denigraba la letra que soportaba mucho más que el pergamino? ¿Empobreció la imprenta la cultura o bien fue una herramienta fundamental en la alfabetización europea? La tecnología no es empobrecedora por sí misma, todo depende de cómo se use. Eso muestra que Vargas Llosa se basa en un prejuicio.

Mi impresión es que la pantalla quiere llegar siempre al mayor número. Abarata, banaliza tremendamente los contenidos como lo ha demostrado la televisión. La televisión, por una parte, es un recurso extraordinario de comunicación y, por otra parte, la pobreza de su contenido, desde el punto de vista artístico y creativo, es gigantesco.”

Menuda confusión entre medio y mensaje. Mario Vargas Llosa critica la misma política comercial que le permitió a él vender millones de ejemplares y llegar a ser premio Nobel. El cambio experimentado por la edición en la segunda mitad del siglo XX se basa en la misma mercadotecnia que vende detergentes por televisión. Que el contenido sea más culto –o sólo lo parezca- no cambia el concepto: si tiramos de la lengua a los editores más veteranos o ya retirados, nos dirán que en sus tiempos –años cincuenta, sesenta y, con suerte, setenta- las editoriales todavía no habían sido tomadas por ejércitos de directores financieros. Nos dirán que la debacle vino cuando dichos directivos –ayudados por ciertos agentes literarios- empezaron a pensar en la rentabilidad y no en la calidad. O no sólo en la calidad. ¿Debemos recordarle a Mario Vargas Llosa que él fue uno de los beneficiados por esa época de cambios? ¿Que gracias a eso él es un superventas? Carmen Balcells confesaba en esta entrevista que el fenómeno de los escritores iberoamericanos de los años setenta fue una operación comercial perfectamente orquestada:

El invento de la palabra boom no fue para constituir una fraternidad de amigos, para relacionarse afablemente e irse de excursión al campo con las familias. No, no, no… Aquello era un lobby, algo que tiene que ver con el poder literario. Con vender, ¿comprende? Vender. Y, tantas décadas después, aún funciona el invento. Venden millones de ejemplares. Son excelentes escritores. Hay intentonas de imitar aquello, de crear grupos aquí y allá. Pero los que venden son los chicos del boom: Gabo, Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes, Donoso, Allende…”

Si hubiera tenido que confiar en la simple calidad, Mario Vargas Llosa sería un gran escritor pero mucho menos vendido, rico, famoso y premiado. Por cierto, la propia Balcells cree firmemente en el libro digital afirmando que “el libro nunca morirá”.

En España se editan más de setenta mil libros al año. Si convertimos eso en horas de lectura, sospecho que nos saldrán bastantes más que las horas de televisión producidas en este país. Ya sé que retorcer los datos de esta forma es un poco feo, pero no deja de ser cierto. El libro de papel ya está masificado. Su digitalización quizás tendrá el efecto de masificarlo todavía más, pero gracias a las herramientas de búsqueda e indexación, muy pronto será posible buscar contenidos no entre setenta mil libros, sino entre millones. Hoy en día ¿cómo demonios puedo filtrar de manera útil la producción de libros de papel en España? Simplemente: no puedo. Prefiero producir setecientos mil libros digitales y poder buscar entre ellos que tener setenta mil mamotretos de papel muertos de risa en miles de estantes. Pero sigamos con Vargas Llosa:

Espero que no ocurra con el libro de papel, pero si el libro de papel llegara a desaparecer o a pasar a la clandestinidad, yo creo que con el libro digital reinando y tronando habría un gran empobrecimiento de lo que entendemos hoy día por literatura”

Ahí lleva parte de razón, pero al propio Mario Vargas Llosa le sorprendería darse cuenta de por qué. La novela moderna es un género nacido en el siglo XVIII y desarrollado en su forma actual durante el XIX. En sus inicios, la novela fue un género considerado inculto y vulgar, literatura irreflexiva, lectura para mujeres –ese era el prejuicio dieciochesco, no mi prejuicio. Tan sólo la revolución romántica del siglo XIX consigue convertir a escritorzuelos despreciados en autores consagrados por el pujante público burgués. Entonces ¿con el libro digital habrá un empobrecimiento de lo que entendemos hoy día por literatura? En parte sí, pero sólo en parte. Del mismo modo que no hemos tirado por el retrete de la historia a grandes clásicos anteriores a la novela de masas –seguimos respetando a Maquiavelo, Dante, Shakespeare, Cervantes, Voltaire, etc.- la digitalización del libro no nos hará olvidar a Mario Vargas Llosa, Carmen Martín Gaite, Camilo José Cela o Josep Pla. Lo que sí hará la digitalización será promover nuevos autores para nuevos públicos, porque la tecnología permitirá a la gente expresarse y consumir cultura de formas diferentes.

Me preocupa la incapacidad de los escritores por pensar en el libro como concepto más allá del objeto. Que eso ocurra con escritores ocasionales puedo entenderlo. Pero que eso les ocurra a escritores consagrados que se ganan los laureles, la fama, el pan y la fortuna escribiendo, es algo que me sorprende. Sólo puedo intuir alguna razón más allá de la simple impostura intelectual: el sector es tan conservador que lo único que perciben sus autores es miedo, un miedo cerval, a diluirse en la galaxia digital.

Posted by Bernat Ruiz Domènech

Observador activo de la industria editorial. Diletante y curioso vocacional / Observador actiu de la indústria editorial. Diletant i curiós vocacional